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Lecciones, elecciones
Están las calles ya liberadas de colas de parados gracias a los artificios de Internet
En las plazas de los mitines, los grados del alcohol, el delirio de los narcóticos o la efusión de la mentira empujan a la elocuencia a dibujar planos fantasmagóricos de utópicos paraísos ubicados en remotos universos paralelos. Escuálida, la realidad se agazapa en un rincón, meciéndose ovillada en un vaivén enajenado, aturdida y asustada por los vítores de los correligionarios asistentes, fervorosos talibanes de su unívoca doctrina sectaria.
El presente brilla, según proclaman las soflamas de los líderes político-religiosos, destella el porvenir con un aura de alcanzaduras milagrosas y rutilan los dioses ateopolíticos de esmerado talento que propician la transformación de este ejido en un sin par reino o una república de mucho banano. Todo es posible por un voto, todo es alcanzable por cuatro años más de sibarita trapichear a la sombra del abrevadero, al menos en las palabras.
Las calles, fuera, extienden su geografía urbana exentas ya de mendigos no porque la mendicidad haya sido vencida o derrotada la pobreza, sino porque ahora se la esconde en muladares o en campos de concentración de pordioseros. Afea mucho la indigencia, apesta con sus paños de excusa y su séptica hedentina, y los cartones de sus casas itinerantes son baldones para una ciudad con sueña con el cielo de la opulencia y unos ciudadanos para quienes la solidaridad es una práctica de conciencia que se ejercita sólo con los pobres de países remotos que no incordian con sus peticiones limosneras o sus plañidos y lamentos, que no huelen, que no estorban, que se conforman, miserables, con los gestos.
También están las calles ya liberadas de colas de parados gracias a los artificios de Internet. Los sindicatos ya hicieron con ellos bolsa, y verlos en las calles les removería en la conciencia su latrocinio. Efectivamente, desde los púlpitos de los mitines los teopolíticos puede mostrar esta infame clerecía un país vistoso y dicharacho, seguros de que quienes van a aplaudirles están lejos de visitar los mechinales de la probretería o los feudos del desempleo, porque buena parte de ellos ya han sido colocados a la sana y lustrosa ubre del Estado, ya como funcionarios de carrera, ya como prejubilados de lujo. Ellos, ni saben de estrecheces ni entienden de sudores. El oneroso salario les cae como el milagro de los panes y los peces, sólo por estar ahí y escuchar y aplaudir a su dios de plastilina. Ellos son los que conforman las caravanas y los atascos para ir a divertirse o a disfrutar los fines de semana, los que con gesto bonachón aplauden que se escondan los mendigos, que Internet oculte las filas de la desesperanza, que los sindicatos colaboren en la debida asepsia social y esconda a los parados que los enriquecen, los que, siendo apenas unos cientos de miles, consiguen con sus vítores que millones de ciudadanos se sometan al látigo y a la injusticia. Ellos son los militantes o los militones o los militaristas o los sectarios, los protagonistas de la fiesta, los buenos, los fieles, la Iglesia Negra.
El país está adquiriendo una pátina de relumbre que ciega las almas, todo límpido y vistoso, con espléndidas avenidas que niegan la miseria que encenaga millones almas. Hermosas fachadas, luminosas plazuelas y seductores bulevares floridos son el ámbito en que resuenan las consignas partidarias, escenario que ni pintiparado para acusar a los otros, a los demás o a las conjuras enemigas de las aberraciones propias. En vano será esperar una voz que discrepe entre ese auditorio, en vano se aguardará a escuchar una voz altiva y honrada que recuerde los actos liberticidas, la miseria que se esconde bajo el mármol de las fachadas o la corrupción que aparta apestado el sol de la honestidad de las auras de sus próceres. Nadie habrá que no aplauda no importa qué consigna o que no ría no importa qué chiste sin gracia. Están ahí para ovacionar, y ovacionan; están ahí para jalear, y jalean; están para ahí para construir unos cuántos años más su chiringuito privativo con los haberes de todos, incluso de los otros, los enemigos, los de la beata ultraderecha ésa tan socorrida en las elecciones.
Es inútil esperar una mácula de ética de quienes carecen de ella, honradez de los tramposos o libertad de quienes imponen las cadenas. El verbo es reflexivo para acusar a los demás de los propios agravios, para botar balones fuera, escondiendo que la Justicia es ya una burla, que la educación es impartir doctrina, que el derecho un lujo o que la libertad un sueño quebrantado. Nadie habrá en esta parroquia que tenga memoria para los millones de almas que fueron empujados por ellos a la miseria, ni para recordar que se pusieron de parte de la sangre y contra los que fueron ensangrentados o murieron, ni aun para los que se enriquecieron con los haberes ajenos convirtiendo al país en un campo de prisioneros en que los ciudadanos trabajan forzosamente para los guardianes.
Son pocos, apenas doscientos mil en un país de cincuenta millones, pero tienen una voz única, una mentira única, un Pope enajenado por el delirio que les ha conducido a todos a su paraíso, desnudando de valores el país para montar su tinglado. Y los sectarios están agradecidos, contentos con su botín de mentiras que han rendido tan excelentes réditos, haberes y resultados. Resuenan pomposas las jaculatorias de esta secta de cruces invertidas, y su misa de confusión y hostias negras es tan delirante que es posible que arrastren a muchos agnósticos a las urnas para regalarles su voto y que puedan seguir siendo verdugos cuatro años más, no importa a quiénes o a cuántos sacrifiquen en su tétrica eucaristía.
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