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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Un hombre cualquiera


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 26 de abril de 2011, 09:42
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A la mayoría silenciosa, en general, y a los autores, en particular.

Fragmento de mi novela “El Autor prodigioso” Cap.2

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Aunque apenas si comenzamos ya habrá advertido el lector que en nuestro protagonista nada hay de heroico, ni en su vida, apenas dibujada a mano suelta y trazo liviano cual si tratara de un borrador, nada de ejemplar. Y está en lo cierto. Bonaz Porfirio Cantueso ni podría ni debería ser ejemplo para nadie, y, de no ser por lo que se refiere aquí de él, su vida habría terminado sin que ninguna de sus páginas mereciera la atención de nadie, excepto de sus más allegados (que hasta el diablo los tiene), y de la policía, pues que se trata de un delincuente.

Sin embargo, los grandes héroes de la Historia indefectiblemente sustentan su fama y gloria sobre estos y otros seres menores. ¿Qué laureles podría merecer un conquistador, pongo por caso, si no hubiera pueblos de gentes ordinarias a los que someter o masacrar?..., ¿a quién regiría un rey sin pueblo?... o ¿qué mérito podría tener un policía si no hubiera malhechores?... Así, más que aquéllos, estos seres ordinarios son los fundamentos sobre los que se levanta el edificio de la Historia, la argamasa que le une y la pez que lo sella.

Sí; mucho de fundamento y argamasa y pez son estos desconocidos; pero viven y laten, sufren y gozan, ríen y lloran, sienten y padecen, y tras cada uno de ellos, por insignificante que sea o pudiera parecer su existencia, hay una historia menor que merece ser referida. Si aquéllos, los héroes de ringorrango y laurel, los de estatua marmórea o los que sobre estáticos pero briosos alazanes de bronce cabalgan en la gloria de las plazuelas son lo florido de las fachadas, el perifollo, la jácara, el tritón, el grifo, el santurrón o el matamoros de esta construcción altiva y magnífica en que viene a dar el género, entre éstos otros los hay sufridos y sometidos, que vienen a ser los oscuros cimientos y la estructura, los que ocultos o ignorados cuando se les llama regalan su caudalosa sangre por el Dios de los primeros héroes o por su patria; los hay también buenos, temerosos y sencillos, que vienen a ser la masa contribuyente que figura la humilde fábrica, los que a la luz de la rutina impositiva sostienen el delirio de grandeza de quienes, con armiño o con sable y charretera, o con mucha mundicia y automóvil blindado, les pastorean y abrevan; los hay callados, conformistas y obedientes, siempre afanados en la higiene o la supervivencia, que vienen a ser el dócil yeso del enlucido, los que a quienes quisieran decir «¡Basta de esta cuerda!» aplacan y someten con caricias suaves y dulces complacencias; los hay, asimismo, mamomes o cachorros de cimiento, fábrica o enlucido que, con la inocencia de su pequeñez y la limpieza impoluta de su mirada, vienen a ser la madera de la puerta o la ventana por las que a sus mayores se les muestran accesos a otras posibilidades o vistas a imposibles paraísos o a inopinadas esperanzas; y los hay, en fin, aunque pocos, que vienen a ser la etérea pero firme dictadura de la física que da en la fatiga, el draconiano discurrir del tiempo que deriva en envejecimiento, quienes rompen la concordia impuesta por los tritones o los grifos de los aleros, por los corceles de bronce de las plazas o las marmóreas estatuas de los parques, por las áuricas coronas reales o las cínicas arengas del congreso o, aún, por las encíclicas numéricas de los bancos o los lujosos automóviles de la industria, y se rebelan contra éstos y aun contra los cimientos, la fábrica y la pez. Algunos de estos últimos, soñadores que con actos o ideas anhelan desemejantes edificios algo más armónicos, nadan a contracorriente, pugnando por modificar o cambiar o derruir para edificar, quién sabe si convirtiéndose entonces en novísimo e idolatrado mármol, bronce, armiño o pasajero de automóvil blindado; otros, como termitas, orín o contaminación, se meten por intersticios o se adhieren a los muros, estructuras y maderas, e indolentemente se alimentan de ellos procurando su derrumbe mientras gozan sin utilidad ni esmero; y los demás, desprenden esquirla a esquirla desde los cimborrios a los parques y las plazuelas, pedazos que no son suyos en su provecho. Entre estos últimos de los últimos, para algunos, se cuenta de pleno derecho nuestro protagonista; pero para otros, incluyéndose quien escribe esto, pertenece al nefando género de los soñadores, quienes, sin ser cimiento ni fábrica ni ornamento, son tan imprescindibles para el conjunto como un olor, una sensación o un eco.

No; no es Bonaz Cantueso, ya se puede comprender, ningún héroe que figure con mayúsculas (y aun con minúsculas) en libro alguno fuera de éste que el lector tiene entre sus manos. Algunos sostienen que no serviría ni como desvencijado papel de estraza; pero en todo ser vivo digo que siempre se contiene una historia, así, en miniatura, que bien merece nuestra atención. Nada hay en la Creación que fuera ideado sólo para embellecer, y todo, por módico o despreciable que parezca, tiene su razón de ser y existir: podrá agradarnos o producirnos rechazo, podrá deleitarnos o enconarnos, pero lo que no es preciso, sencillamente no es. Ningún ser está de más en este concierto magnífico que entre todos interpretamos, ya sea diminuta batuta, humilde triángulo o dulce cuerda, pues que hasta el mejor piano está incompleto sin una sencilla tecla. En esta novela lo veremos.

¿Qué hace que una criatura derive en virtuosa o perversa?... Hay quién sostiene que en ello tiene mucho que ver la genética, esa dictadora que nos fuerza a nacer ya con un pliego de órdenes enroscadas en cada célula; pero, si es así, ¿en qué peca quien obedece a lo está escrito en su ser desde que fuera concebido?..., ¿qué culpa tiene el personaje del papel que el autor le asignó, si lo interpreta bien?... Otros, sin embargo, aducen que es buena o mala por elección propia, por uso de la republicana libertad; pero, si eligió, ¿no será porque tuvo entre qué hacerlo, de lo que se desprende que la libertad misma exige la existencia previa del Bien y del Mal?..., y si estos extremos son imprescindibles, ¿en qué peca quien alimenta algo tan necesario para todos?... Veremos, sí. Hagamos sin miedo un poquitín de historia menuda, y conozcamos a nuestro hombre mejor antes de condenarle o darle premio.

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