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Con paso firme hacia el despeñadero
Ángel Ruiz Cediel
A los pensionistas –jóvenes y ancianos-, lo único que les interesa es que ahora que se han retirado alguien los mantenga, y, para eso, ya que la edad media nacional crece hasta prácticamente la senectud, les importa un ardite que el Estado prime los natalicios de los nacionales o que se traigan inmigrantes desde las cuatro esquinas de la Tierra. A los Estados, también les interesa que haya cada vez más contribuyentes, y, si los nacionales no caen en la animalada de reproducirse como conejos, pues se los traen de fuera, porque lo único que les interesa es seguir mamando de la teta patria aunque lo que mane de ella sea sangre. Sin embargo, todo nos indica que la superpoblación del planeta es tal que la turba está empujando las puertas del infierno con una presión tan excesiva que mucho antes de que lo que nos imaginamos nos vamos a estar comiendo unos a otros, y todas esas bondades que esperan jubilados y políticos, se van a volver contra todos.
El frenesí reproductivo de la población –unido a su irresponsabilidad (abortos, abandonos, abuso infantil, pederastia, etc.), está poniendo al planeta al límite de la destrucción moral, física y sistémica. El medio no es capaz de sostener a una población tan sobredimensionada como la que tenemos, y nuestra moral abyecta nos ha permitido establecer un sistema productivo basado en la contaminación salvaje y en la depredación abusiva de la naturaleza; incluso nuestra condición humana está basada en obtención de placer animal a cualquier precio y sin freno moral alguno, a la vez que nos empuja a la acumulación absurda y excesiva de bienes. Bienes que pueden obtenerse de la naturaleza, una naturaleza única y limitada que es incapaz ya de sostener la codicia y desprecio de una población ilimitada que siempre quiere más, acopiar más, viajar más, meterse más en todos los rincones, ensuciar más, consumir más: siempre más de todo. Y, por si fuera poco, el sistema que nos sostiene es tan frágil que si falla uno solo de los muchísimos pilares que lo sostienen, se caerá el tinglado sobre la población en su conjunto, aplastando a buena parte de ella: por ejemplo, que las radiaciones del sol lleguen a los cultivos, los trasgénicos, una guerra, una pandemia, Fukushima, carestía de petróleo, etc.
Actualmente, para que menos de mil millones de personas puedan derrochar como lo hacen (Occidente), cuatro mil millones de alma están afincados en la carestía y el hambre. No contentos con eso, Occidente ha pervertido la naturaleza con la manipulación genética, contamina cada ciudadano occidental por mil ciudadanos de cualquier otro confín y su tecnología está envenenando aires, aguas y tierras de tal modo, que ya prácticamente todos los frutos de la Tierra son tóxicos. La humanidad, especialmente Occidente, se comporta como aquel insecto que inventó el insecticida.
Por todas partes hay signos de que la naturaleza se rinde, siendo frecuente últimamente que algunos ejemplares de distintas especies se suiciden o mueran de forma científicamente misteriosa: pasó con la abejas, sucedió con el mirlo de cuello rojo, aconteció con el pulpo, con el cangrejo, con la estrella de mar, con las sardinas… Desde los grandes cetáceos a las aves del cielo, prácticamente cada semana una especie muy específica nos da muestras de rendición, sin que haya un solo científico que pueda comprenderlo porque en esos aires, tierras o mares no sólo vive la especie que muere, sino muchas otras, y, sin embargo, cada tanto aparecen los campos o las playas llenas de millones de cadáveres de una sola y única especie. ¿Acaso esto no es un alarido de la Tierra?..., ¿Acaso no es la violenta actividad sísmica un estremecimiento de la piel del planeta para librarse de esta peste humana que la está matando?... Fukushima fue una locura, como lo fue Chernóbil y cualesquiera otra central nuclear del mundo, pues que todas han tenido fugas que jamás fueron reconocidas, como todas podrán tenerlas y verter al aire y a la tierra y al mar su veneno milenario, causa de todos los cánceres, fumen o no las especies.
Es obvio que la naturaleza se rinde, y que cualquier día de estos, muy pronto, nos llegará el turno a los humanos de forma masiva. La codicia de las compañías de trasgénicos ha sido de tal calibre que aunque sobrevivan algunas especies a las plagas, éstas no podrán reproducirse porque sus semillas no valen de un año para otro y ya han contaminado los pólenes de las perversas la naturaleza misma de todos los pólenes naturales. Somos demasiados, y somos excesivamente codiciosos, angurrientos, nihilistas. No sabemos convivir con la naturaleza, ni sabemos escuchar sus aullidos de dolor y sufrimiento, y en todas partes grita con las voces que conoce: en los glaciares árticos y antárticos, en las montañas y los valles, en los mares y en la tierra, en las temperaturas y en los cultivos, y aun sacrificando a especies que nos den su mensaje de alarma terminal. Ahora o nunca, nos dice, porque las puertas del infierno ya están prácticamente abiertas.
Queda claro que ni a los jubilados ni a los políticos les interesa evitarlo, porque ellos viven mirándose el ombligo y quieren vivir bien incluso en el cementerio; pero la población es excesiva y se hace preciso limitarla, reducirla mediante control de nacimientos a menos de quinientos millones de habitantes. Y esto debe hacerse primando la responsabilidad y la moral: un hijo por pareja como máximo, hasta que la población se haya ajustado a las posibilidades del medio.
Pero al mismo tiempo, es preciso tomar conciencia de qué somos y para qué vivimos, de que somos los responsables de este planeta y todas las especies que contiene. Es necesario detener el desarrollo y la explotación, es inaplazable detener el consumo excesivo (aunque genere riqueza), es necesario comprender que la humanidad forma un único cuerpo, es imprescindible etiquetar como delito de lesa humanidad la manipulación genética de cualquier especie viva, y es irrenunciable aprender a vivir de otra manera o no tendremos otra opción que expirar como no deseamos, siendo los responsables de un genocidio de especies y de un suicidio colectivo de la propia. Los insectos que nos sobrevivirán, ya se están frotando las antenas.
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