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Quiméricos
Rafael Pérez Ortolá
Que los sentidos nos engañan con frecuencia es una realidad bien experimentada por cualquiera de nosotros; cuando creímos haber percibido unos detalles y comprobamos después la diferencia con la realidad. De por sí, es un recurso socorrido, los fingimientos y la poca base en los fundamentos se tachan de quiméricos o fantasiosos a la menor incomprensión; aunque notaremos enseguida las complicaciones para la precisión en el calificativo. No podemos esquivar las ilusiones fabulosas ni los fantasmas ocasionales; solemos presumir de una entereza alejada de dichas formas, pero nos resulta muy difícil ratificar la afirmación. Como veremos, regresan a diario las visiones fantasmagóricas.
Pienso que la FICCIÓN se ha constituido en un promotor enérgico de estas apariciones, inusuales o habituales, según las observemos. A través del arte literario o cinematográfico se perfilaron creaciones magníficas e inquietantes, estremecedoras en ocasiones. La calle Morgue adquirió popularidad a lo largo de dichas creaciones. Sus autores se convirtieron en clásicos. En esa línea fina entre los relatos de ficción y las experiencias de las personas, jugaron un papel esencial los muertos o medio vivos. Sin embargo, resulta curiosa la constatación del progresivo protagonismo de los vivos en dichas maquinaciones. Hasta el punto de una transformación de lo que fueran quimeras en fantasmas apegados a las acciones mágicas de pura creación humana, con engaños e inclinaciones basadas en los variados recursos disponibles. Simple fabricación, vamos; y observemos si no se trata de peores empeños.
Penetrados del orgullo cientifista y materialista, en los círculos sociales modernos se niegan de plano los fenómenos mencionados. Se achacan a la ignorancia de los antiguos y a la mala información cuando ocurren en fechas recientes. Con tantos conocimientos al alcance del observador se impone la presuntuosa EXPLICACIÓN, aplasta cualquier conato fantasioso, la fantasía no tiene sitio en los ambientes tan positivistas como los que nos circundan. Si algo queda fuera de las explicaciones al uso, de las consideradas correctas por la cultura dominante, se aparcan en la recámara. ¿Será suficiente con esa negación? ¿Tenemos futuro como avestruces al negar esas expresiones? Dominan las posturas intransigentes, cerradas a la diversidad de criterios. Se tiende a la unificación de los planteamientos, quizá por la incapacidad para afrontar unas situaciones llenas de incongruencias y misterios.
Sin embargo, aunque abundan los conocimientos, las quimeras se agrandan con una malicia que deja empequeñecidas a las descripciones antiguas. Si nos fijamos en el árbol de la persona humana, es frondoso, con multitud de RAMAS; tantas, que resulta difícil su enumeración completa. Citemos algunas de ellas, la del amor, el trato afable, la benevolencia, compromiso, ternura, solidaridad; junto a otras cuyo nombre prefiero no traer a colación. Se hace patente el empeño que hemos puesto en la eliminación de las mejores, las desvirtuamos con despreocupación e incontenible tenacidad; ya nos resulta complicado distinguirlas. De tal manera, nos hemos encontrado con el TRONCO PELADO, amputado de sus cualidades más lustrosas; con alguna excrecencia permisiva de ramones degenerativos y deformes. La imagen frondosa se tornó fantasmagórica, tétrica donde las haya, por el día y por la noche; terrorífica, sí, por que habla, se mueve, insulta, agrede y muestra sus inclinaciones perversas. ¿En qué quedamos, hay fantasmas o no? ¿Son esperanzadores o agobiantes? Por su frecuencia, estamos ante una invasión de troncos pelados con trazas de amenaza progresiva.
Otro rostro desfigurado con creces en los procedimientos actuales, con visajes y deformaciones preocupantes, es el del PORVENIR. No es que la seguridad o la claridad de ideas constituyeran sus principales características en el pasado, nunca lo fueron, pero se intuían los caminos, se preveían las labores conducentes a las buenas metas. Ahora no es raro que resulte invisible su cara, simplemente, no se avizora por ninguna parte. ¿Habrá porvenir? Si se tratara sólo de un vacío, el punto final acabaría con todo. Lo angustioso de ese rostro deforme del futuro es que lo pautamos con todo género de malos augurios. La codicia impera, las instituciones creadas van al beneficio de sus gestores y se desprecian las cualidades humanas reconfortantes y comunes; por eso asoma la cara feroz del porvenir. ¿A cuántas personas asustan estos gestos? ¿Las cosas fueron siempre así? ¿Debemos resignarnos a la evolución actual y permisiva con estas visiones?
Las manifestaciones quiméricas son camaleónicas, se adaptan con facilidad a los intereses creados por los sectores dominantes, por los manipuladores en general. Los fantasmas naturales y espontáneos quedan minimizados por las creaciones perversas de algunos individuos o agrupaciones. Como un ejemplo de muchas caras, se nos aparecen por doquier las FIGURAS COLECTIVAS GROTESCAS, con el principal disfraz abstracto de un interés colectivo. ¿De cada persona incluída en ese colectivo? ¡Qué va! Tienden a la exigencia de una anulación personal de sus componentes, en aras de esa figura imprecisa por lo de abstracta; que por eso mismo originan la presencia de unos supuestos iluminados para la dirección de la escena, la entidad colectiva se volvió un designio de los gestores. ¡Ahí topamos con el cordero principal! ¡El manipulador del contubernio! ¿Cuántas patrias aniquilan a multitudes en ese servicio al ente? ¿En qué quedamos, sirven al hombre o lo arrasan? Como decía, el concepto supremo radica en el control de la trama. Cada uno verá si ocurre o no esta deformación en religiones, materialismos, sindicatos e incluso en ciertas ONG. El fantasma “colectivo” acecha a la entidad original de cada humano en particular. ¡No por que se trate de un colectivo!, sino por ser una falsa colectividad ajena a sus componentes. ¿Qué requeriría el buen ensamblaje? Preocupa el comportamiento insensato de estos conglomerados inabordables y amenazantes.
No cabe duda, las apariciones fantasmales nos acucian con sus dimensiones y coloridos de largo alcance, con formatos de una enorme variedad. Aunque sorprendan, suelen estar alejadas de la espontánea naturalidad; son dirigidos desde las trastiendas, con ocultamientos sofisticados, generando la sempiterna pregunta, ¿Sometidos a qué intereses? El dilema nos sitúa ante una paradoja curiosa y pérfida a la vez. A fuerza de razonamientos nos indican el carácter imposible o utópico de la adquisición de unos conceptos o conocimientos consolidados por parte de cada sujeto. Se desencadenó así el APLASTAMIENTO RACIONAL, se nos escabullieron de las mentes las verdades y nos lo creemos por lo repetitivo de dichos mensajes. De ahí el carácter paradójico de la función, porque pretenden obligarnos al seguimiento de aquello que fue razonado por los jerarcas, eso si se hace valer por encima de los particulares raciocinios, pero sin el obligado debate plural. Nos dejan pasmados y aturdidos por los fenómenos increíbles; mientras el denominado como ente, no pasa de ser una representación de los integrantes de las fuerzas vivas ubicadas en cada sector social.
Estas sí que constituyen corrupciones radicales, son de gran calado y duraderas.
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