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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Intimidad, siglo XXI

Andrés Neuman
Redacción
viernes, 18 de febrero de 2005, 08:49 h (CET)
EL otro día la prensa contó un caso que, si no fuera siniestro, sería de lo más cómico. En la provincia norteña de Savona, una niña de trece años necesitó atención médica después de haberse pasado una frenética temporada escribiendo al menos 100 mensajes de móvil diarios. La exhausta paciente tuvo que recibir tratamiento de un especialista ortopédico, seguir una receta de antinflamatorios y guardar reposo manual. Para colmo, la curiosa noticia la cubrió antes que nadie el diario Il Messaggero. Ya se sabe: en Italia, 'la donna è mobile'. A lo mejor hasta la tenía grabada en su teléfono.

Según los medios italianos (y cito literalmente), los médicos del país han advertido a la población, y especialmente a los más jóvenes, de que teclear con furia en los teléfonos móviles puede producir tendinitis aguda. Lo primero que a uno se le ocurre es casi una obviedad: en lugar de un fisioterapeuta, ¿esa niña no necesitaría un buen psicólogo? Más que analgésicos, ¿no necesita alguien que la escuche? La susodicha, a quien por discreción llamaremos S.M.S. (Señorita Móvil de Savona), no es la única que padece tan actual adicción: según un estudio reciente, la 'cobertura' del problema afecta a más de un tercio de los niños italianos. La irritabilidad y los cambios de humor son los síntomas asociados al uso demasiado frecuente del móvil. Si se hiciera una investigación parecida en España, a más de uno le daría un síncope total de baterías.

Así que cien mensajes, uno detrás de otro, día a día, como una náufraga en tierra. No faltará quien le eche la culpa a los pequeños aparatos, como se le puede echar la culpa a la banda ancha, a la posmodernidad filosófica o a la corriente eléctrica. Pero tal vez el conflicto esté en otra parte: más allá de la pena que produce pensar en tanto entusiasmo literario desperdiciado, me pregunto si la pobre S.M.S. no se sentía sola. Si tan febril afán por comunicarse a distancia no obedece a un parejo sentimiento de incomunicación familiar. Teniendo en cuenta la clase de asistencia que buscaron sus padres para calmarla, no me extrañaría que así fuera: es como si a tu hijo le da por gritar como un poseso durante una semana entera, y tú lo llevas al otorrinolaringólogo para que le recete un jarabe. Antes de llevarnos las manos a la cabeza (a las orejas no, que seguro que terminamos hablando por teléfono), antes de hacer diagnósticos apocalípticos sobre la juventud del futuro, seamos sinceros: S.M.S. pertenece a una generación que ha sido educada con más cables que palabras. Muchos niños de los últimos años crecen a solas viendo la tele que sus padres les dejan encendida como una hoguera hipnótica, se hacen adolescentes jugando silenciosamente a la consola que mamá y papá les han comprado para Reyes, y completan sus estudios frente a una pantalla de ordenador del que sus mayores nada quieren saber, porque eso algo muy complicado y yo no entiendo de esas cosas. ¿Tan raro es entonces que nuestra lesionada S.M.S. pertenezca a una generación de sofisticados robinsones?

Por lo demás, el mecanismo de los teléfonos móviles, al igual que el del vilipendiado chat, es tan antiguo como las muñecas: se basa en el principio del amigo invisible. ¿Quién no ha hablado en soledad, dirigiéndose en voz alta a un interlocutor ficticio o, siendo niño, incluso a un personaje con nombre y carácter inventados? La tecnología, para bien o para mal, no hace más que encauzar nuestros mejores sueños y nuestras peores pesadillas. Les da vuelo a nuestras esperanzas y también poder a nuestros demonios. A estas alturas de la energía, niños y adultos, menores y padres, hemos desarrollado una cierta dependencia fisiológica de nuestros aparatos cotidianos: ordenador, móvil, agenda, televisión, contestador. Dependencia que, intuyo, tiene que ver más con nuestras compulsiones clásicas que con los últimos inventos de la astuta tecnología. Toda nuestra era, de hecho, se basa en la persecución sofisticada (pero no por ello menos animal ni instintiva) de un interlocutor constante. Se trata de la agónica lucha de unos seres como nosotros, que tendemos trágicamente al monólogo, por conquistar un diálogo. Es un asunto, en fin, bien complicado. Seguiría explicándome con mucho más detalle, pero ahora tengo que colgar. Me llaman por la otra línea y me quedan todavía un montón de e-mails por enviar. Nos hablamos más tarde. ¿Cómo? No, mejor al fijo: no se te escucha nada.

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