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Opinión
· Artículo de opinión
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| Una lanzada |
| Extracto de la novela de Ángel Ruiz Cediel |
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“Los días de Gilgamesh” (Cap.11)
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—Bueno, ya que usted parece tan ilustrado, tal vez quiera compartir con nosotros algo de todo eso y decirnos, según su juicio, cómo y quién era.
—Un hombre: era un hombre a secas —se explica don Gilgamesh, hablando desde el fondo de su alma con ciertas inflexiones de recóndita ternura en su voz, y, acaso, según el momento de su exordio, de resentido rencor—. Comía, orinaba, sufría, gozaba y estaba sometido a los fuegos y fríos de la vida, igual que lo está usted o yo, o cualquiera de los aquí presentes. Era un hombre, nada más, que se convirtió en Dios por una lanzada...: ¡por una lanzada! Aquella lanzada era su destino, porque le encumbraba, le elevaba a los altares de cierta eternidad, consumando el fin para el que había nacido, pues de otro modo ni sus Escrituras se hubieran consumado, ya que le hubieran quebrado las piernas y hasta tal vez hubiera pedido clemencia porque sufría, sufría mucho, desdiciéndose como Dios potencial, Aquél que, al menos en teoría, Todo lo puede. Que la lanza penetrara su costado, segándole de cuajo la vida, era su destino, ¡qué curioso!, ¿verdad? Era un hombre bueno, justo, sabio si usted quiere, pero desafortunado, porque todos los suyos, incluso el Elí que le había engendrado, le abandonaron en la hora grande de la verdad y tuvo que encarar su muerte en la más terrible de las soledades, siendo su inenarrable sufrimiento, por añadidura, objeto de cruel burla por este gremio de ignorantes en que viene a dar el pueblo y sus fes de chicha y nabo, a quienes vino a rescatar del peor mal de todos: de la animal idiotez. Nada en él era especial, salvo su humanidad; pero no era una humanidad cualquiera, sino una firme, sin dobleces, de hombre verdadero que ni se conmueve inútilmente ni tirita en vano. No era sensiblero, ni acomodaticio, sino cabal, seguro... hasta donde podía. Clamó, y no le oyeron; se explicó, y no le entendieron; lloró..., y no se compadecieron. Tal vez en su cadena de ADN hubiera cuatro hélices, o tal vez las ocho divinas; pero su piel era de hombre, sus brazos eran de hombre, sus deseos eran de hombre..., su amor, no. Fue el héroe, el que sabe que su destino es morir y muere por los demás, el que muestra el camino o protege la retirada, el que ilumina, ya que no con la vida, con la muerte, para que la palabra de vida quedara. Pero el héroe era hombre y sufría con el tormento, sangraba, de sus llagas manaba aguadija, de su corazón, dolor.
Dolor por él, como hombre; dolor por los demás, como hombres. Tenía miedo de hombre, tenía sed de hombre, deseaba la paz como ningún otro hombre..., pero trajo la guerra de la idea.. y murió en la peor batalla, en la traición de los suyos, en el antipático escarnio, en la soledad..., en la ignorancia de los inocentes..., de los corderos. Días sin comer ni dormir, tormentos indescriptibles, tumefacción, carne desgarrada por el látigo y el acero, huesos que descarnados amarillean al fondo de las heridas... Huele a sangre, huele a cuero tundido, huele a lluvia inminente, huele a muerte lenta, reposada, carnicera. La madera cruda del patíbulum, las astillas que se clavan en los hombros escariados, los clavos que penetran duros, firmes: todo duele enormemente. Se escuchan alaridos de dolor y pánico sobre las risas de la muchedumbre, golpes de maza sobre los insultos de los creyentes en otros dioses, súplicas de piedad sobre las órdenes de los centuriones. El Gólgota se entenebrece, la tiniebla cae sobre Jerusalén; pero no es ningún eclipse o la sombra impenetrable de una tormenta devastadora, sino la vista que falla, la razón que trastabilla en el terror más ciego. Nada se oye ya, sino un mundo vertiginoso que se aleja con su tumulto allende los sentidos, y se queda solo con su dolor ancho y desolado; sólo al aire se le escucha estrecharse para instalarse en sus pulmones... y algunos sollozos dispersos y desconcertados de otros condenados. Llora..., porque no muere, porque la vida se afana con fervor en retenerle, porque el instinto le impulsa a tensar músculos y tendones, prolongando aún más lejos la agonía. Trastabilla la fe, busca en su alma un argumento para tanto penar, para tan inhumana sevicia; pero está sólo, abandonado frente a una multitud que se goza enardecida de su suplicio..., ¡y entre ellos, con inefable amargura, puede contar a algunos inocentes, a muchos corderos que profieren insoportables balidos! Se derrumba, no ya sobre aquella carne que es un amasijo tumefacto y maloliente, sino sobre su propia alma; los esfínteres ceden, inundándole de inmundicias; el frío aire de los páramos, quema como azufre en sus pulmones; la visión se desvanece... Llora. Llora, no sé si el Dios o el hombre a secas, y, en una de sus últimas imágenes, ve al centurión a su frente, quieto, inefablemente conmovido, seguramente porque es un gran pecador que vio en él..., qué sé yo, a un Dios potencial o, quizá está nada más que aguardando fervoroso que Dios sea Dios y saque su genio. Le mira, se miran: se entienden. El centurión toma el pilum de un soldado, una lanza larga y puntiaguda, y se dispone a atravesarlo, poniendo punto final al sufrimiento: «No hay un Dios que te salve», le dice. Pero... como que no se atreve, como que no quiere hacerle más daño. «Más sufriré si no lo haces», le dice sin palabras el crucificado, «porque el mal ya está hecho y sólo resta tiempo de impenitente dolor, todo malo, muy, muy malo». Tiene ojos de niño, redondos, grandes, negros como azabache, inocentes y rutilantes pero constreñidos por el enorme sufrimiento y el pánico, ¡y es tan pavorosamente feo el miedo! «Ten piedad: hazlo», reza, rodando sus ojos y clausurándolos con un vencido caer de los párpados; «Hazlo, por amor de Dios... si es que existe.» Y el soldado, también emocionado, también llorando, sabiéndose también un héroe, no condenado a la muerte, sino a la vida, le lancea, atravesándole: igualmente ése era su destino, un capítulo más de su destino de ejecutor... o de verdugo. Un agitado jadeo, una boca ensangrentada que se abre, tensión de tendones que hacen crujir los cartílagos, tiesura de músculos que remueven los tres clavos... y un aliento final que se derrama al desplomarse vencido sobre sí el crucificado. El hombre llora, el hombre ha muerto: Dios, ha nacido.
Todos los presentes están hondamente perturbados, incluso Javier y Armando, quienes desde una prudente segunda fila han seguido atentamente la narración. Las mujeres, por ser mujeres, están al borde del llanto, sintiendo, quizás, que es su hijo aquel condenado a la cruz y a los clavos. ¡Conmociona tanto la muerte de un inocente!... El sacerdote tiene la cabeza reclinada sobre el pecho, meditando; don Flavio, la mirada perdida en una imposible distancia que no se puede medir en leguas; el César, por ser ciego, aún permanece en el Gólgota, tal vez viendo despertarse desde el corazón la furia de los Cielos, bramando. El silencio es tan denso que chorrea, amenazando con ahogarles a todos. Sólo la televisión continúa con su estridencia de rutina.
Don Gilgamesh se pone en pie, se dirige a la puerta y, al tomar el pomo, se detiene, se gira y les mira con los ojos por primera vez aguados en su presencia, por primera vez humillados. Doña Bárbara le mira fijo, muy fijo, se hunde en ellos, atisbando...
—No; no puede ser, es imposible —declara, desplomando su volumen de vacuno en el sillón en que él mismo estaba sentado apenas hace un instante, llevándose ambas manos a la boca y desbordándose de sus limos dos regueros de lágrimas—: usted…, usted es aquel centurión; usted es... Longinos.
—¡Longinos..., sí! —corea desde su impenetrable oscuridad don Damián, secundando el descubrimiento y rodando sus ojos tenebrosos desde su interior al techo.
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