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Opinión
· Artículo de opinión
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| Apocalipsis |
| Ángel Ruiz Cediel |
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Vivimos tiempos de pánicos globales, y, como si tal cosa, se ha pasado entre los poderosos de las habitaciones del pánico –esas zonas de la propia mansión donde mantenerse a salvo de potenciales asaltantes o ladrones- a contar con un moderno y aparentemente seguro refugio ABQ (Atómico, biológico, nuclear) para sobrevivir a los primeros embates de un potencial apocalipsis.
Algo, por otra parte, que comparten con los mismos Estados, los cuales desde hace algunas décadas están inclusos en un frenesí delirante por construir auténticas ciudades subterráneas capaces de sobrevivir, con un núcleo de población más o menos representativo del propio tipo de civilización, a una catástrofe planetaria que catapultaría a nuestra sociedad, tal y como la conocemos hoy, a la nada, a la Edad de Piedra o a ese holocausto zombi como el que con tanta película y tanta serie pretenden familiarizarnos. Unas inversiones desenfrenadas que, según no pocas autorizadas voces, han propiciado las estrategias de crisis como ésta que vivimos y que nadie ha sabido explicar satisfactoriamente todavía.
Los riesgos de que la civilización sufra un apocalipsis en los próximos meses (hay voces más que cualificadas que aseguran que no hay tiempo ya para usar la voz año en plural) son, desde luego, muy altos. Por una parte, tenemos el cambio climático, el cual está amenazando ya no sólo con cantidades intolerables de inestabilidad que producirán con toda seguridad hambrunas mundiales en los próximos años, sino que el incremento del nivel del mar debido a la desaparición excesivamente acelerada de los hielos polares (y, consecuentemente, de la liberación de las ingentes cantidades de metano que almacena el permafrost) hará que incontroladas masas de centenas o miles de millones de personas migren de las zonas afectadas, algo que llevaría aparejado riesgos de orden público, sanitario y estructural de tal magnitud que sin lugar a dudas supondría una lucha a muerte por la supervivencia, toda vez que la mayor parte de la tierra cultivable sucumbiría bajo las aguas saladas y, en consecuencia, se podría llegar sin demasiada inverosimilitud al canibalismo. El holocausto caníbal o zombi del que hablaba antes, ajustado al exceso poblacional y a la carencia alimentaria.
Para los creyentes de las distintas religiones que esperan para estos tiempos los dolores previos a la encarnación última de sus respectivos mesías o avatares, no es descartable un conflicto mundial debido precisamente a esas carencias alimentarias, a la escasez del petróleo (que igualmente lleva aparejada una hambruna mundial) o al hundimiento de las monedas tradicionales (dólar y euro) y la correspondiente reconfiguración de las potencias hegemónicas, lo que generaría, o sí o sí, un conflicto de exterminio por cuanto sería usando todo el potencial que tienen en los arsenales. Una vía que, habida cuenta de la cantidad de conflictos abiertos por causa de la apropiación de recursos (casi todos los países árabes –productores de petróleo- están en el punto de mira de Occidente), puede derivar en cualquier instante en un conflicto mundial generalizado, así que entre en el reparto o la apropiación China, Rusia, India o cualesquiera otra potencia nuclear.
El exceso de población de la Tierra (7000 millones hoy, que en 2050 serían 10000 millones y 14000 millones en 2100) hace de todo punto de vista inviable la relación humana con el medio, y tanto más al contaminar la industria del modo masivo en que lo hace, habiendo ya evidencias de que el planeta es incapaz de sostener a la cantidad de población que tiene en este momento, y causa y razón por la que en cualquier momento se pueden desatar conflictos de supervivencia. Un caso, el de la contaminación, que ha reducido a un simple estercolero tóxico aires, aguas y tierras gracias a uso irresponsable tanto de los metales pesados como de los radiactivos, tal y como hemos visto en Three Mille Island, Chernóbil o Fukushima, cuyos efectos, como todo individuo debidamente formado sabe, permanecerán haciendo mortalmente radiactivos los frutos que se obtengan de aquellas áreas por los próximos quince a veinte mil años, unas cuatro veces la actual aventura humana, y todo ello sin considerar que al resto del planeta ya lo han puesto estos tres accidentes nucleares contra las cuerdas de la contaminación radiactiva mortal, y que en el resto del planeta se han celebrado miles de pruebas nucleares con parecidos efectos a aquéllos y cientos de fugas y accidentes en las plantas nucleares que nunca alcanzaron los titulares.
Profetas, augures y mitos han fijado estas fechas que vivimos en sus calendarios como los días del Apocalipsis. Más allá de que los mayas fijaran en su aparentemente acertado calendario la posibilidad de que nuestra sociedad sucumba por los efectos de un sol severamente alterado, una parte no menor de la comunidad científica acepta que nuestro astro rey está entrando en una fase de actividad tal que no es inverosímil que alguna emisión de plasma del tipo X termine por freír nuestros sistemas satelitales y/o eléctricos. Si una de estas emisiones coronales de plasma llegara a la Tierra con tan funestos resultados y no fuéramos capaces en dos o tres semanas como máximo para hacerlas funcionar de nuevo, en ese mismo tiempo habríamos regresado los 7000 millones de almas a la ley del más fuerte. Los días serían una lucha cruenta por la supervivencia, pero las noches serían dramas interminables en las que la población menguaría en proporciones incalculables, sumida en auténticas orgías de sangre y crueldad. Un panorama contra el que no podrían luchar ni los estados, porque los mismos estados colapsarían por hacerlo sus comunicaciones y sus recursos.
Nos queda, todavía, que Betelgeuse, la estrella del hombro derecho de Orión, al convertirse en supernova de tipo A nos afectara con su radiación de rayos Gamma, lo que sería un final rápido e incruento, o el que sea cierto lo que según muchos están ocultando los gobiernos de las potencias y causa por la están construyendo a mansalva y a toda prisa ingente cantidad de refugios subterráneos a grandes profundidades: Nibiru. De ser cierta la existencia en el interior de nuestro Sistema Solar de este planeta y de repetirse los efectos que de él refieren las tradiciones del todo el mundo, desde la judaica de la Biblia Kolbrin a los mitos aborígenes de China, Australia o América, las placas tectónicas se verían libres de moverse (con los escatológicos movimientos sísmicos que pueden suponerse), los océanos se desbordarían invadiendo los continentes, y la civilización, en apenas unos instantes, desaparecería, reinstalándonos en aquella misma Edad de Piedra en la que parecen terminar, como una fatal Estación Términi, todos los augurios.
Hay algo en la psiquis colectiva que parece apuntar a un escenario parecido, de forma semejante a como la población, y especialmente los artistas y almas sensibles, se anticiparon siempre a catástrofes de gran trascendencia, fuera algo mínimo como el hundimiento de un barco insumergible como el Titánic o grandes conflictos como las Guerras Mundiales. Algo hay, sí, y, como escritor y alma sensible, aunque tanto la temática como mi estilo han estado siempre orientadas a la literatura social, también he percibido que algo terrible en el horizonte inmediato que me ha empujado a escribir obras como “Los días de Gilgamesh”, en el que refiero una extinción de la especie por causas biológicas, y aún “Tetragrammaton”, donde el meollo de la novela se centra en la extinción de la civilización por causa de Nibiru. Sin ser un escritor de ciencia-ficción, que no lo soy en absoluto, no pude resistirme a este impulso incontrolable. Ambas novelas están a disposición de quienes les interese, total y gratuitamente en abierto, en mi web (http//www.angelruizcediel.es).
Cabe preguntarse, naturalmente, si estos pánicos apocalípticos son una moda o si acaso ese afán de los poderosos y los estados en invertir ingentes cantidades de recursos en la construcción de refugios de supervivencia son una argucia de algunos vivos para hacer caja ahora que el negocio del ladrillo está en crisis, quienes estarían propiciando la difusión de los miedos ancestrales por un perverso interés pecuniario; pero ¿y si hay algo o mucho de verdad en todo ello? En tal caso, lo que nos dicta un análisis frío de todo esto, es que si fuera verdad que nos enfrentamos a alguno de los escenarios descritos la supervivencia en un refugio sería cuando menos cuestionable, si es que se vieran involucrados en ese apocalipsis movimientos de placas, porque sería multiplicar las posibilidades de que los refugios fueran, en realidad, tumbas, además de que tarde o temprano sus habitantes tendrían que salir de él, una vez consumidas las reservas acumuladas, y tendrían igual que enfrentarse a un mundo sin mercados, sin orden, sin campos en los que plantar, sin animales, sin herramientas y probablemente teniéndose que defender de cualquier otro grupo de seres humanos animalizados. Más allá de la única utilidad de sobrevivir a los primeros embates, queda claro que la supervivencia se presentaría igualmente como una cuestión particularmente difícil, especialmente para esas personas que cuentan con muchos recursos económicos pero no con la agresividad necesaria para enfrentarse a un medio salvaje en el que todo, absolutamente todo, sería un peligro letal.
Una peligrosidad tal en la que es obvio que más posibilidades tendrán de sobrevivir quienes se hayan organizado previamente en grupos lo bastante numerosos como hacer frente a las distintas y más apremiantes contingencias (alimentación, sanidad, seguridad, etc.), hayan sido capaces de prepararse para un después muy combativo y sangriento, y hayan sido lo bastante previsores como para garantizarse cierta continuidad, acumulando, además de lo necesariamente inmediato, los conocimientos suficientes como hacer frente a un mundo extremadamente hostil no sólo en las cuestiones alimentarias que aseguren la verticalidad, sino en un ámbito en el que un simple dolor o un resfriado pueden ser, nuevamente, causa de muerte. Lo urgente, en tal caso, no dejaría espacio para lo necesario, y, mientras los hombres, como los antiguos homínidos, volverían a desparasitarse en las cuevas que habitaran, toda la cultura y genialidad humana acumulada durante milenios, se perdería para siempre. Como digo en mi novela “Los días de Gilgamesh”, el Libro de la Vida habría quedado, entonces, en blanco para siempre y se haría preciso comenzar a escribirlo de nuevo.
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