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Y la esperanza...se renueva
Rafael Pérez Ortolá
“¿Por qué la belleza nos arrastra de ese modo?”. J.A. Valente
Es una verdad de la buena, mucho se habla del pluralismo; es una palabra afortunada, de reinado contundente entre los actuales estilos de comunicación. Sin embargo, se utiliza con un vicio ajeno a su definición y silenciado de tapadillo, aunque es evidente su presencia; se proclama el pluralismo condicionado por una exigencia, todos han de pensar lo mismo. Cómo no, se celebra la libertad expresiva, cada quisque puede pronunciarse; lo de tener en cuenta sus ideas resulta menos evidente. Se trata de un canto muy generalizado. Escojan ustedes sus sector preferido, su temario predilecto; las divergencias razonadas no se miran con buenos ojos. Desde los terrenos vulgares hasta los universitarios, la modorra en los debates es la regla debido a sus escasos contenidos. No nos engañemos con la primera impresión, se anuncian actitudes, pero se practican INHIBICIONES.
Sobran los ejemplos; con la fuerza de su insistencia llegan a hacernos dudar de las formas diferentes para apreciar las cosas. Los apaños legislativos o los procedimientos sibilinos empleados, no siempre consiguen la uniformidad pretendida. Pese al cariz de esa pluralidad uniformada, no desaparecen los numerosos INTERROGANTES. ¿Son congruentes los beneficios bancarios con las ayudas del gobierno a los bancos? ¿Quién generó la crisis? Aunque fueran legales las gestiones llevadas a cabo por el señor Chaves en Andalucía, sobre todo en torno a las empresas relacionadas con sus hijos, ¿La interpretación del ciudadano medio referida a estos hechos atenderá a los mismos criterios oficiales? Algo similar podemos plantearnos con los patrimonios del señor Bono y familia. Como mínimo, resurge una pluralidad de interpretaciones divergentes, distantes de las valoraciones reglamentarias y/o legales. La distorsión es manifiesta según se entiendan los comportamientos. Si están basados en las triquiñuelas o legajos de difícil comprensión; o se centran en el sentido de un equilibrio ciudadano adecuado, a la valoración de cada persona.
La perspicacia de J.A. Valente irradiaba la suficiente sensibilidad para destacarnos la vacuidad de los lenguajes empleados a diario. ¿Sabemos de qué hablamos? ¿Detectamos los matices de vital importancia? Según el foco parlante, se desplaza el sentido de las palabras empleadas. Así, el mismo vocablo pasará a significar conceptos muy distanciados entre sí. Los Derechos Humanos, la Justicia, la transparencia informativa o la honradez; bailan al son de los MUÑIDORES de turno. Los versos de Valente nos trasladan a un relato que insiste en la comunicación de los sentimientos, hurgando en los niveles de mayor autenticidad. Sin alcanzar a su poético “lenguaje de los pájaros”; nos fascinaría un diálogo que transcurriera por senderos de mayor respeto y consideración, sin tergiversaciones deleznables.
Hemos alcanzado el colmo de la sinrazón; de tanto razonar, sí, por ese exceso, apenas conseguimos algún razonamiento convincente, se nos escapan con la vorágine. Vean sino las circunstancias de los diversos ambientes. Ahora la realidad se manifiesta en las pantallas, apenas se tiene en cuenta lo que no se refleja en las imágenes; da lo mismo que se hable de candidatos, deportistas, artistas o instituciones. A lo sumo se exponen los coloridos llamativos o los hechos discordantes. Ahora bien, ¿cuánto de verdad arrastran? Ni se suele llegar a lo fundamental. Como sucede con la parte visible del ICEBERG, es la mínima expresión de toda la sustancia y cualidades del bloque. No parece propio el olvido de los interiores ocultos; mucho menos, si nos centramos en las múltiples realidades personales silenciadas. ¿Se podrá lograr alguna meta importante con el peso de esos olvidos? Sólo recobramos un hálito de esperanza si la mirada se dirige al conjunto, aunque sean protagonistas anónimos o sufridores, también tienen su corazoncito y algo más. Se trataría de una reorganización de los modos de mirar.
Por el contrario, las directrices modernas están orientadas al refuerzo del SISTEMA; acechan por todas partes las ramas organizativas de las grandes estructuras. Uno de los primeros componentes suelen ser los enormes “edificios” dispuestos con cientos de habitáculos, desaprovechados la mayor parte del tiempo, aunque sirven de filtro eficaz ante la proximidad del público. La diversidad de las “secciones” se visten con títulos pretenciosos; cuidados ecológicos, atención al cliente, sugerencias, área del transeúnte, proyectos artísticos, actividades lúdicas o centro de documentación. En general, no se caracterizan por la buena conexión entre sí, como si el ciudadano acudiera dividido en cachitos. Los verdaderos “beneficiarios” del entramado se refugian en los cargos de gestión nominal, muy bien remunerados, pero distanciados de las preocupaciones básicas de los ciudadanos. Por último, siempre se impone algún “requisito” para forzar a las personas, para que acudan a la gran institución. Ese requisito puede ser incluso de carácter cultural, se crea la corriente de opinión correspondiente. El ciudadano interesa que sienta la conveniencia del sistema. “Propagandas” machaconas, las que hagan falta.
Al respecto, José Jiménez Lozano nos ilustraba con una historieta entrañable, “El gran hombre”. Allí no faltaban ingredientes como los mencionados. Extenso jardín circundante, el chalet de tres pisos como residencia habitual del antiguo Premio Nobel, famoso, con cientos de libros en su haber, programas, películas y estatuas dedicadas a él. Se organizaban visitas periódicas de carácter cultural a dicha mansión, con grupos de escolares acompañados por profesores expertos. Se filmaban las entradas de los escolares…y, ¡Silencio! El gran escritor se aparecía sentado en la mesa del despacho, mientras una voz grabada estimulaba a los chicos, ¡Trabajad! Al final se les repartió a cada uno una fotografía firmada por el escritor. ¡Vaya mierda! Exclamó una niña al recibir el obsequio. Convendremos en la acertada PERCEPCIÓN de la niña. Efectivamente, la desfachatez de las componendas de ese estilo se perciben con prontitud. Hace falta no quedarse adormilados por las monsergas de uso habitual.
Cuando las servidumbres nos acogotan, la indecisión nos paraliza, no adoptamos posturas congruentes con los sentires interiores; vamos a remolque de las presiones ejercidas desde fuera. Reconforta la observación de ACTITUDES cabales, que no se pliegan a los mandamases de turno; pero ello, no por capricho, se posicionan con arreglo a sus razonamientos libres. De ahí, que se conviertan en un mito casos como el de Antígona, al enterrar a su hermano, pese a las órdenes políticas y de su propio padre. Son decisiones originadas en la misma esencia nuclear de la persona.
Tan en el fondo está ese manantial, que no se puede contar mucho de cómo se fraguan sus cualidades. El mismo interesado no alcanza de lleno esos niveles, tampoco encuentra las palabras ajustadas para una explicación convincente; no puede precisar los detalles. Y los demás, porque no lograrán ni el acercamiento a dichas honduras. Ahí radica el NÚCLEO decisivo para la renovación de la esperanza, nadie logra apoderarse de él y cada persona lo lleva en su interior. Mientras haya personas, habrá esa posibilidad de renovación. ¿De dónde le viene la fuerza a ese núcleo? Cada persona es libre de circular por la vía interpretativa que estime oportuna.
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