|
A mi Esbart Teatral le dan la Creu de Sant Jordi
Teresa Berengueras
Hoy estoy muy contenta, a veces los frutos de un trabajo realizado años atrás, sin pensar, se recogen años más tarde, tantos que ya lo has olvidado. Voy a hablarles de un retazo de mi vida, un trozo del que hoy me siento muy orgullosa por haberlo vivido intensamente. Aquí en esta columna ya he explicado en otras ocasiones que nací en Castellar del Vallès, un pueblo situado a treinta kilómetros de Barcelona, y a ocho kilómetros de Sabadell y diez de Terrassa donde viví en mi más tierna infancia el “boom” del textil en la comarca del Vallès, un imperio industrial que mantenía a tantas personas empleadas, una industria que durante años fue el puntal de muchas familias en Catalunya. No en la mía más cercana, mi padre era cuidador de un bosque llamado Cadafalch y mi madre cosía a destajo para una empresa que hacían uniformes laborales. Mi abuelo materno vendía y compraba leña en el sur de Francia, tenía un capital importante de dinero pues su negocio fue durante muchos años boyante pero, cosas de la vida, se lo dejó todo en las mesas de juego pues, desgraciadamente, padecía una enfermedad llamada ludopatía, debido a ello mi abuela materna vivía en casa sin trabajar pues, sobre el tapete, nunca le haría falta, la hija se hizo cargo de ella a pesar de que mi abuelo se había pateado nuestra herencia y salir de pobres con lo que él nos dejara era imposible. La realidad fue que cuando el abuelo estuvo enfermo vivió en casa con nosotros hasta el día de su muerte costeándole su inmediata familia, es decir nosotros, su enfermedad, larga, muy larga.
El abuelo postrado en el sillón de mimbre
Recuerdo a mi abuelo Juan en la cocina sentado permanentemente en un sillón de mimbre, era el lugar de la casa donde nos citábamos la familia, el abuelo nunca estaba sólo, todos sabíamos que era mejor que tuviera compañía, conmigo tenía un trato acogedor, me contaba cuentos y me hacía reír, mi abuelo Juan me parecía un pozo de sabiduría, a mi madre, sin embargo, le causaba muchas preocupaciones pues no sólo había sido ludópata y había dejado el dinero de la casa y de sus negocios en las mesas de juego sino que también se dejó en las timbas las escrituras de casas que jamás pudimos habitar, además, para mayor gloria suya, nunca le fue fiel a mi abuela y tuvo, que se sepa, un hijo fuera del matrimonio que jamás quiso reconocer, cosa que sí hizo mi madre cuando se enteró de este asunto. A pesar de todo esto mi abuelo siempre tuvo su lugar en la casa de alquiler que teníamos en el pueblo.
Aquellos felices cerdos.
Los abuelos paternos, muy humildes también, vivían según lo que les daba la vida, eran los guardeses de una casa de payés situada en las afueras del pueblo y se ocupaban de cuidar las tierras y el ganado. Ir a casa de mis abuelos paternos era muy divertido para mi, allí mi diversión favorita era dar de comer a los cerdos que me parecían unos animales muy simpáticos aunque sucios hasta la médula, agradecían que les diera su comida, hasta parecía que reían, hacían carantoñas, a los caballos, que en realidad me deberían haber impuesto cierto respeto, los montaba a pelo, mi abuelo Isidre me enseñó que eran animales nobles y que tratándoles con cariño ellos respondían sin malas artes.
Familia sobria pero alegre
Esta era mi infancia, muy sobria, faltaba de todo pero había mucho amor y comprensión, la familia, de corazón limpio, me enseñó los puntales de la vida, tirar para adelante y luchar con alegría, tanta fue la alegría que me insuflaron que de pequeña nunca derramé una lágrima, ni cuando iba al médico que era un mes tras otro, ni cuando entraba en el quirófano para ser sometida a las intervenciones preceptivas para que me recuperara de la poliomelitis que había sufrido. Siempre cantaba, tanto era el alborozo que organizaba en casa que mi madre en muchas ocasiones me mandaba callar.
Pandilla desde los once a los cincuenta
El hecho de vivir en un pueblo hace que la gente se mezcle, yo iba con una pandilla de amigos que conocí en el colegio, ya en la preadolescencia sentíamos la necesidad de ser útiles a un pueblo que un día se nos antojó que estaba dormido e intentamos despertarlo a través del semanario La Forja, el único que había en el pueblo, y que dirigía el cura del pueblo con un equipo de redacción cuya media de edad era de cincuenta años. Un grupo de nosotros decidimos presentar un proyecto para dar vidilla al semanario, queríamos que la gente joven tuviera voz en el mismo, el cura nos escuchó, era un cura avanzado a pesar de que todavía vivía Franco y en lugar de darnos la espala y la callada por respuesta decidió unirse a nosotros. Creamos el “Racò Juvenil”, una sección en la que participaba todo el que lo deseara y fuera joven aunque este último requisito se medía ampliamente e iba desde los once años hasta los cincuenta. Nuestro objetivo no era encerrarnos en la edad de las personas sino que las personas que tuvieran ganas de aportar ideas y trabajarlas estuvieran ahí, por lo tanto lo de la edad era una mera excusa.
Racò Juvenil
Me encargaron que coordinara “El Racò Juvenil”, lo hice con ganas y un año después decidí ser periodista, en mi familia no había tradición literaria, no había ni dinero para comprar libros y tampoco el periódico , pero mi madre quería que aprendiera cosas y tuviera una base cultural y se ocupó de que en mis largas estancias en la cama leyera, ¿cómo? En el pueblo no había Bibliotecas públicas, Castellar tenía en esos momentos cuatro mil y pico habitantes, un pueblo grande pero sin soportes culturales. Mis padres tenían un amigo que amante de la cultura poseía una biblioteca envidiable, hablaron con él para que nos prestara libros con el fin de que yo me entretuviera en los largos meses que pasaba en la cama. Así tuve mis contactos con la literatura, ajena a la que imponían las monjas y a los textos escolares que llevaba cabo en el colegio.
La inquietud compartida
Mi inquietud era compartida por muchas más personas a pesar de que, generalmente, en un pueblo estas iniciativas no gustan a la mayoría, por lo tanto trabajar en esa dirección nunca fue fácil, si se aceptó la colaboración juvenil en el semanario, entre otras muchas historias fue porque era una sección ajena totalmente al aburrimiento, se tocaban muchos palos y debido a las distintas colaboraciones se plasmaban diversos puntos de vista. El arranque de esta sección supuso para el grupo levar anclas y tirar proyectos hacia delante, nuestro siguiente objetivo fue hacernos socios de todas las entidades del pueblo, de todas, es de todas, desde la SEAC (Secciò Excursionista Ateneu Castellarenc) hasta de la Penya Barcelonista, pasando por el grupo Pessebristes de la Mare de Deu de Montserrat, era una forma de tomar parte activa en todo.
Chicos y chicas mezclados
Algunos de nosotros todavía estudiábamos, otros ya trabajaban, otros sólo estaban a tiempo parcial y veían al grupo para algunas cosas concretas. Ya no sólo paseábamos los domingos acera arriba y acera abajo, los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, con estos avances y proyectos culturales conseguimos que chicos y chicas nos agrupáramos conjuntamente. De aquellos años recuerdo que dí conferencias sobre la amistad entre chicos y chicas. Era una firme defensora de que un hombre y una mujer no sólo hablaban entre ellos para casarse y formar una familia sino que también era posible tener una relación de amistad, ignoro si convencí a alguien pero al menos estábamos todos juntos, en las fiestas del pueblo nos paseábamos por la feria todos y la noria, las barcas y los autos de choque los disfrutábamos sin comprobar si éramos chicas solas o chicos solos.
Jornades de Juventut
Este avance fue lento pero seguro, en la vida alguien tiene que abrir la puerta para que se sienta todo el mundo invitado a pasar. En mi casa no había horario ni de entrada ni de salida, todo el mundo entraba y salía y nos echábamos unas risas, discutíamos y decidíamos actividades que llevar a cabo. Fueron tiempos bulliciosos, pasaron rápido, cuando ya todos estábamos instalados en el pueblo y queríamos que en éste todo el mundo se lo pasara bien o tomara parte de muchas actividades pensamos que si montábamos unas Jornades de Juventut seria la señal de salida para arrancar a la gente de sus casas, el cura estaba entusiasmado, era un cura joven y nos ayudó en todo, al margen de que los numerosos componentes de la organización y de esta idea fueran o no a misa, daba lo mismo, en este caso concreto las creencias religiosas quedaban en segundo plano.
Montamos unas Jornades de Juventut en cuyo programa estaba todo proyectado para que nadie tuviera ganas de quedarse encerrado en casa. Se celebraron en el mes de mayo, un mes donde el sol aprieta pero no ahoga y sus rayos facilitan que la estancia en la calle sea más amable. En el programa se incluyó que tomaran parte el equipo de fútbol de pueblo con partidos gratis y el de baloncesto, partidas de ajedrez en el Ateneu Castellarenc, exposiciones de de pintura, escultura y fotografía, excursiones, pasacalles, bailes con orquestas, concursos para niños pequeños y meriendas y paseos para la gente de más edad, conferencias, etc. Trabajamos muy fuerte para que los castellarenses supieran que vivían en un pueblo apto también para la cultura y la diversión, se programaron sesiones especiales de cine forum, actuaciones especiales de cantautores catalanes, y en aquellas jornadas desempolvamos al Esbart Teatral, una entidad ahora ya centenaria que hacia años yacía entre las paredes del Ateneu. Esta entidad durante años había conseguido grandes éxitos muy especialmente con las representaciones de “Els Pastorets” pero los vaivenes políticos del Estado Español y otras circunstancias hicieron que esta entidad tuviera muchos altibajos , nosotros decidimos darle aire y ponerla nuevamente en circulación, de hecho había gente para la que el teatro era el motor de su vida y su “hobby” y allí se encontraron un nutrido grupo de personas que pronto supieron cómo llevar adelante el Esbart Teatral.
Tolrà daba trabajo al 90% de la población
Por supuesto que formé parte activa de este resurgimiento, en aquellas Jornadas ya hubo representaciones, el primer director de aquella etapa fue Eduard Girbau que trabajaba como dependiente de la única tienda donde se podía comprar el algodón que se fabricaba en la fábrica Tolrá, propiedad en esos momentos de Valls y Taberner, el “padre padrone” del pueblo, el 90% de familias dependían del trabajo en su fábrica. Que yo recuerde, mientras formé parte activa del mismo, el Esbart Teatral se dedicó a representar obras, a buscar novedades para llevar a escena y a consolidarse en ese panorama amateur que gustó tanto en el pueblo, además de ir al cine a ver dos películas en el Cali ya había otra opción, de vez en cuando los del Esbart, montaban sus representaciones teatrales.
Reuniones nocturnas.
Al menos dos veces por semana nos reuníamos por la noche para deliberar sobre la obra que teníamos que representar y cuando ya se tenía decidida el trabajo era diario, siempre por las noches. Mi agenda bullía, tenía clases, médicos, recuperaciones y muy pronto, a los trece años, trabajé como periodista, además de la coordinación del Racò Juvenil escribía y formaba parte del equipo de dirección, una reunión cada lunes por la noche, también era la corresponsal en mi pueblo de las páginas salmón de El Correo Catalán, crónicas por las que cobraba, muy poco, pero cobraba y eso para mi y mi familia significaba mucho, las tardes o las mañanas o en horario partido trabajaba en una de las dos farmacias del pueblo y dejé el colegio de las monjas cuando empecé a trabajar para estudiar por la noche. Como se puede intuir no tenía tiempo para nada, pero vivía, lo más importante, vivía luchando para ser independiente, para sacar del aburrimiento a un pueblo y para aprender todo lo que deseaba en esta vida, pero siempre riéndome.
La señora Martin de La cantante calva
Eduard Girbau decidió que el Esbart Teatral tenía que poner en escena obras con una base más moderna, el teatro clásico estaba muy bien pero para las grandes compañías, el Esbart Teatral de Castellar del Vallès en aquellos momentos tenía que quitarse de encima el clasicismo imperante y estrenar obras de gente joven y desconocida y también de grandes autores conocidos que nunca habían llegado al escenario del Ateneu Castellarenc. Programó “La cantante calva” esa obra de Eugene Ionesco, teatro del absurdo que explica el sinsabor y la incomunicación en que vive la sociedad mediante la representación de la vida de dos matrimonios que no tienen nada que decirse.
Empezamos la lectura de la obra que se tenía que representar en catalán .El director, también conocido con el sobrenombre de “el noi del ca el calet”, igual que a mi me llamaban “la filla de la noia de ca el francés, decidió que Joan Sallent, miembro activo de muchas entidades de la población y nieto del único “mestre en gai saber” que tuvo la población, interpretara al bombero, Margarida Gubern, hija de uno de los dos artistas pintores de la población, representara a Mary la sirvienta, los señores Smith los llevaron a buen puerto María Rosa Gubern, hermana de Margarida y Daniel Rocabert cuyo padre antaño ya había formado parte del Esbart y de Dani se podía decir aquello de que de casta le viene al galgo, los Martin lo interpretamos Eduard Girbau y yo, para esta interpretación mi madre me hizo un pantalón amplio de flores y un bustier que me dejaba el ombligo al aire, como soy y era muy blanca de piel y al director le parecía que mi personaje tenía la piel más oscura me tuvieron que maquillar todo el cuerpo y mi larga melena peinarla en un semi recogido.
La obra se estrenó en los jardines del Ateneu Castellarenc y tuvo un éxito apoteósico, la verdad es que con la asistencia de la familia y los amigos ya se llenaba el recinto, fue la primera y última vez que estuve en directo sobre un escenario teatral ya que todo mi trabajo posterior en el Esbart fue de organización. Tocaba muchos palos laborales y los ensayos requerían más tiempo, además había mujeres mucho más capaces para la escena, así lo vemos en la historia de este Esbart que ahora, celebrando su centenario, ha visto hace pocos días como la Generalitat valorando su trayectoria y el trabajo que ha hecho en el mundo del cultura le ha otorgado la Creu de Sant Jordi de este año. Creu que recibirán el próximo día 27 de este mes.
Llorenç Genescà un presidente inteligente
Me han dicho que el Presidente actual, LLorenç Genescà, es un chico muy inteligente que borda su trabajo cono director de las obras y que el Esbart Teatral está muy bien constituido. Es hijo de unos charcuteros del Paseo donde mi madre iba a comprar y yo le acompañaba cuando era una niña, son una familia divertida y trabajadora con sentido familiar, los padres de Llorenç, Pere y Montse, tuvieron seis hijos y la mayoría de ellos están trabajando en la medicina o bien en la investigación, Pere y Montse, ya cerrada su tienda, siguen activos Montse con sus colaboraciones como asesora gastronómica a través de Radio Castellar y Pere colaborando en el Archivo histórico del pueblo.
Castellar ahora un pueblo con muchas ofertas
Me alegra que mi pueblo haya crecido y ahora disponga de tantas ofertas de todo tipo. Castellar es un pueblo mucho más importante y poblado que cuando yo me fui, tiene 23.000 habitantes y la mayoría de ellos valoran positivamente la evolución vivida. En los tiempos en que yo era corresponsal de El Correo Catalán estaba mal visto que escribiera que a las calles les faltaba asfalto, o que no había suficiente iluminación o que la plaza del pueblo, clasificada como zona verde, había sido destinada sin ninguna explicación para construir pisos, todo un escándalo, hablar y escribir de estos problemas locales estaba muy mal visto por los componentes del Consistorio que un día alegando que me iban a informar de la agenda para el año me citaron en su despacho y delante de todos los representantes de las fuerzas vivas del pueblo me hicieron un juicio público atacando furibundamente a la libertad de expresión, eran otros tiempos, por suerte eso cambió.
Cena del centenario
Como supondrán no me muero por una cena, ni por ir a una fiesta, ni a un cóctel ni a la inauguración de una tienda, pero cuando recibo invitaciones, aunque sea pagando, contesto a todo el mundo, a veces puedo asistir, otras no, tengo agenda, a veces muy llena, otras muy vacía, me he enterado que en Castellar recientemente se celebró una cena para brindar por el centenario del Esbart Teatral, personas con las que tengo contacto me han dicho que yo no había podido asistir a la cena. Es cierto, no fui a esa cena, nadie me lo dijo, me enteré de que existió el jueves pasado al mediodía, al parecer alguno de los presentes dijo que yo, previamente avisada, excusé mi asistencia por tener otras cosas qué hacer. Eso no es así, cuando alguien de mi pueblo me llama siempre que puedo intento asistir y si no puedo porque es imposible mando una carta o una misiva vía alguna red social para estar presente de alguna manera.
Siempre mis raíces
Castellar son mis raíces aunque voy poco por allí, con mi familia hablo por teléfono y si me necesitan acudo, pero voy a casa de los míos, nadie más se tiene por qué enterar, ahora bien no es justo que usen mi nombre en balde, seguro que no hay mala intención, pero no me gusta que se diga que no he podido asistir a un acto cuando nadie me ha avisado. Duele más, al menos a mí, cuando se trata de una entidad a la que estuve tan ligada.
El año pasado los del Hockey de Sentmenat me llamaron para que acudiera a un acto importante, el hockey fue un deporte del que escribí mucho en aquellas páginas salmón de El Correo Catalán y no podía deshacerme de tres compromisos que tenía a la misma hora, se lo dije y les mandé una carta. Está ahí. Yo no me desligo ni reniego de mis raíces, nunca lo hice ni lo voy a hacer y por lo tanto nadie es propietario de una respuesta mía si nadie me ha formulado le pregunta.
|