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España: ¿qué España?
Ángel Ruiz Cediel
Cuando la infame casta política que nos gobierna se refiere a España, no sé a qué España se refieren, porque hay una España que llora y otra que ríe, una que ama y otra que odia, una que sestea indolente y otra que esforzadamente trabaja, una que goza y otra que sufre, una que agravia y otra que es agraviada, una que manda y otra que obedece, una que roba y otra que es robada, una que apenas si sobrevive y otra que dilapida haberes que sisó a las desgracias de los otros, una que es honrada y otra que aprovecha la crisis para forrarse, una que se desmaya en las colas del desempleo y otra que especula en bolsa, una que canta y otra que gime, una que reza y otra que blasfema, una que se desespera y otra que espera, y así hasta prácticamente en el infinito, que son casi 46 millones de Españas.
España es un nombre que equívocamente uniforma o homogeneíza a una población heterogénea que en poco o en nada se parece, ni siquiera en lo que aspira. En unos aspectos se reúnen algunos que en otros se separan y hasta se enfrentan: si hermanados en la desgracia del desempleo, se distancian en la esperanza que depositan en un partido o en un sindicato; si congregados en torno a una aspiración de porvenir, se combaten en la forma de conseguirlo; o si aunados en una desdicha común, cuando la suerte les sonríe a los unos abandonan a su suerte a los otros, y los olvidan o los ignoran. En todas las Españas se ha aprendido, por imitación de los políticos y los poderosos, que aquí cada uno va a lo suyo, y sabemos que cuando que si dicen que esto está bien, es que les va bien a los pocos ellos, y si que calma o que paciencia, sabemos que es una amenaza contra la rebeldía.
España, todas las Españas, es un conglomerado de individualidades asociadas en el descrédito recíproco y en la falacia. No fuimos nunca un país porque siempre hubo luchas intestinas; ni un Imperio, sino una herramienta alemana que sólo ponía la sangre y el esfuerzo del carnicero; ni siquiera tuvimos una o muchas Guerras Civiles, sino episodios de veda abierta a la venganza, de militones sangrientos masones o tradicionalistas, de romanos o cartagineses, de moros o cristianos, de carlistas o fernandinos, de carcundas o liberales, de izquierdas o de derechas, de nacionales o republicanos y de tirios y troyanos; pero siempre para buscarnos la sangre y saldar las cuentas pendientes contra el bardal de un cementerio o la soledad rural de algún camino. Nuestros políticos de entonces, de después
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