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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Ribera del Marco

Álvaro Valverde
Redacción
miércoles, 16 de febrero de 2005, 01:24 h (CET)
AHORA que las obras de demolición del puente de San Francisco me han obligado a buscar nuevos lugares de aparcamiento, puedo ahondar cada mañana un poco más en el manantial inagotable de un Cáceres extraño para mí, pero que cada día me seduce más.

Uno, habitante ocasional de esa "ciudad feliz", que diría el periodista Alonso de la Torre, desconocía no poco sus encantos. Reprochable, pero cierto. En especial, y a pesar de lo previsible, los de su parte monumental o antigua (como siempre se ha dicho); tan distinta, por tantas cosas, de la más deslucida, pero también más viva, de mi melancólica ciudad natal.

La fortuna de trabajar en una de sus plazas más singulares y el esfuerzo consiguiente de tener que cruzarla en distintas direcciones (pero por cuestas semejantes) para llegar hasta allí o para salir de ella, me ha permitido obtener un conocimiento de ese original territorio del que, ya digo, carecía. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Pero no es a ese espacio fuera del tiempo, tan atractivo a la par que extraño, al que quiero referirme ahora. No es ésa la fuente inacabable a que aludí más arriba. El motivo de mi asombro es un paisaje urbano al que había permanecido completamente ajeno durante años. No parece verosímil, pero es verdad. Hablo de lo que se conoce como la Ribera del Marco, esa línea sinuosa que sigue el curso aproximado de un arroyo con respetable vocación de río. Hacia ella mira un poderoso costado de la mencionada parte antigua formado por torreones y restos de muralla, palacios y muros de conventos, una mole terrosa salpicada de vivos tonos blancos y verdosos. Colores de la cal y las palmeras. Me encanta contemplar desde abajo ese abigarrado conjunto de casas que arman viejos barrios con calles escondidas cuyos nombres evocan otra época. Tampoco pierdo ocasión de observarla desde arriba, desde las altas ventanas de San Jorge.

Entre otras muchas cosas, esa zona compone un sencillo elogio del agua y su cultura; un modesto milagro en estas tierras secas.

Es un placer, al menos para mí, observar las huertas y jardines abandonados, los restos de pesqueras, molinos y fábricas que allí han resistido la fuerza arrolladora del mal llamado progreso; un humilde paraíso vegetal alimentado por las aguas subterráneas procedentes, según dicen, de las fuentes kársticas de El Calerizo.

Cada vez que miro esa porción de naturaleza civilizada lo hago con la conciencia de quien siente su inminente final. Quizá porque lugares así no pueden soportar la lógica utilitarista y especuladora que nos domina. Eso, qué duda cabe, da a esa visión una cualidad única. La intensifica, diría. La hace, al cabo, necesaria.

Uno está acostumbrado a mirar las cosas con el triste toque de provisionalidad que las define. Eso no obsta para que a veces se lamente de lo injusto de esa muerte anunciada. Puede que sea el caso. Aunque no conozco al detalle todas las reformas proyectadas en Mira al Río y la Ribera del Marco; venciendo el pudor de opinar sobre algo que compete, antes que a nadie, a los vecinos de Cáceres, presumo que una ciudad Patrimonio de la Humanidad que aspira a ser (todavía no sé con qué convencimiento) Ciudad Europea de la Cultura en el año 2016 debería haber acometido con todas las garantías y el mayor consenso posible (ni una ni otra cosa, al parecer, se han dado) una obra de esa envergadura.

Estamos hablando de una zona única, con un gran potencial, clave para el desarrollo del turismo cultural cacereño.

Cuando uno oye a un concejal mencionar la palabra "modernizar", se echa sin remedio a temblar. De ese afán "modernizador" han surgido los mayores desastres del urbanismo moderno. El que se llevó por delante la arquitectura tradicional de nuestros pueblos y ciudades, ésa que ahora se intenta recuperar, siquiera sea a costa de transformarlos en pulidos decorados de parque temático.

Es posible que la desaparición del puente de San Francisco o, mejor, de su amputación para reconvertirlo en elemento decorativo de una rotonda, no importe tanto por lo que supone de pérdida de una obra de dudoso valor arquitectónico cuanto por lo que esa destrucción parcial simboliza: el primer paso de un proceso que empieza ahí y sigue, por ahora, hasta Fuente Concejo.

Cuando a primerísima hora de la mañana paso a su lado y, tras franquear el Arco romano del Cristo, o Puerta del Río, acometo la cuesta que me conduce al trabajo, no puedo evitar reproducir mentalmente el paisaje ameno que acabo de dejar atrás. Ojalá, me digo, las próximas generaciones puedan seguir viendo las llamativas imágenes de ese insólito paraje sin tener que recurrir a las secuencias de un documental o a las lujosas páginas de un libro.

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