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Europa, con más motivo

Alejandro Sánchez
Redacción
miércoles, 16 de febrero de 2005, 01:24 h (CET)
Hay que reconocer que nos cuesta trabajo estar en la modernidad. Es una constante de nuestro vivir colectivo. No hay más que echar un vistazo al pasado para vernos apartados durante demasiado tiempo de las formas económicas y democráticas imperantes en los países más avanzados de nuestro entorno europeo. Como si tuviéramos alguna incapacidad para ello.

Lamentablemente, no es asunto del pasado; corremos el riesgo de que se ponga otra vez de manifiesto la vieja propensión a encerrarnos en nuestros límites. Al menos es lo que se desprende del escaso entusiasmo que, al decir de las encuestas, muestra la gente por la Constitución Europea. Algo que tampoco debería sorprendernos demasiado. ¿Cómo van a estar pendientes los ciudadanos del valor de Europa y de lo que ésta puede representar en su vida cotidiana si resulta que se le está distrayendo machaconamente con esa monserga de los intereses pueblerinos, cuando no del despreciable nacionalismo étnico?

Parece mentira, pero nos salen de nuevo al encuentro los viejos fantasmas del casticismo tratando de llevarnos al pasado. Claro que, en este caso, se nos muestran con nuevos rostros y ropaje -con los que les visten hoy grupos como el PNV, ERC, BNG, EA o Nafarroa Bai, entre otros-, si bien con su misma veneración a las tradiciones e idéntico mensaje rancio y aldeano que, al tiempo que perpetran constantes escaramuzas disgregadoras, dificultan el avance. La verdad es que poco pueden impulsar ni el desarrollo ni los proyectos colectivos quienes se pasan el día hablando de sus pueblos y de sus orígenes, cuando no renegando de una España a la que tratan de asociar de manera inapropiada con el franquismo de cara a allanar el camino de la secesión. Se les pudo ver el pasado 1 de Febrero con ocasión del debate celebrado en el Congreso sobre el Plan Ibarretxe. Ni en sus mensajes ni en los tonos empleados se revelaba compromiso alguno con la actualidad. Todo lo contrario; se limitaron a servirse, como nos recuerda Francisco Umbral, de una «didáctica parlamentaria provinciana e irritada de señores y señoras que siguen hablando desde la provincia».

Por supuesto que no se hizo así la España moderna. Su incorporación a Europa en 1985 es el resultado de una vieja propuesta que, huyendo del casticismo y «del complejo de inferioridad del español en lo internacional» (Fernando Morán), trataba de acercarse a los países más avanzados de su entorno. Comprometidos con la transformación del país, las minorías intelectuales de tendencia progresista entendieron, allá por el último tercio del siglo XIX, que la solución al deterioro español no se encontraba en sus tradiciones; pasaba por la educación y por adoptar nuevas formas de organización social. Y a ello se entregaron. Efectivamente, además de reclamar un mayor esfuerzo en educación -resultan reveladoras las palabras de López Morillas: «se pusieron manos en la tarea de rehacer España desde abajo, esto es, mediante la educación de las generaciones jóvenes»-, buscaron la manera de poner a nuestro país en contacto con los países europeos. Lo observamos ya con alguna claridad en los miembros de la Generación del 98. «Ven en Europa -como recuerda Pedro Salinas- un surtido de afinadas herramientas con las que se podría reparar la maquinaria mental española». Con las que superar la España del desastre.

Y lo advertimos con mayor nitidez si cabe en los novecentistas; aquellos intelectuales que en la segunda década del siglo XX se agrupan en torno a Ortega y Gasset y abogan por la modernización de España a través de su europeización decidida, sin pizcas ya del casticismo que en ocasiones asomaba la oreja de algún miembro de la Generación anterior.

Cuajaba, pues, este afán internacionalista en la sociedad española. De ahí que no sea de extrañar que, durante el franquismo, se identificaran libertades y bienestar con Europa. Y así se explica que, recobrada la democracia, fuera el ingreso en la Comunidad un objetivo primero. Logrado éste, se conseguía no sólo la homolagación con las democracias avanzadas, sino también compartir un proyecto económico y cultural de enorme alcance, y del que las CC.AA han salido enormemente beneficiadas. Resultan reveladores los servicios sociales. Aunque no es el ideal, sin duda, no es desdeñable que, al decir de los profesores Alesina y Glaeser, «el gasto social en Europa continental supone el 26% del PIB; en EE UU algo más de la mitad, el 15%».

Todo hace indicar, pues, que mereció la pena el esfuerzo realizado por las generaciones pasadas para librarnos del aislamiento internacional y acercarnos a la modernidad. Por eso resulta difícil de aceptar que se estén poniendo hoy en peligro estas conquistas colectivas. Que es lo que parece. Arrastrados por las viejas obsesiones internas, pronto hemos vuelto a encerrarnos en nuestros límites, despreciando así lo que ya parecía que nos unía a los demás países desarrollados. Eso sí; en este caso, los causantes de tal ensimismamiento han sido los restos de la España más arcaica; esos nacionalismos periféricos amarrados al terruño que tanto la rechazan, pero que al final no hacen más que lo que ella hacía: recrearse en sus historias y estarse preguntando permanentemente por su naturaleza. Vamos, como si hubiera vuelto a triunfar aquella arcaica concepción que tan alejados nos mantuvo de la modernidad y que tanto contribuyó a acentuar el pesimismo español.

Aun reconociendo que no es fácil enfrentarse a este estado de cosas que se está imponiendo, habrá que convenir en que no hay mejor forma de hacerlo que recuperando el entusiasmo para revalidar nuestra presencia en Europa. El referéndum sobre su Tratado Constitucional es buena oportunidad para hacerlo. Porque, si desde hace ya tanto tiempo se la viene considerando el espacio donde compartir el desarrollo, con más motivo si cabe hoy cuando corremos el riesgo de regresar al aislamiento más empobrecedor. No tenemos muchas más alternativas. Para los españoles, Europa es el lugar apropiado en el que participar de un proyecto de futuro; un proyecto que, basado en las formas democráticas y en los valores del humanismo, pretende el logro de objetivos fundamentales para el bienestar de los ciudadanos: aquellos que van del progreso económico y el avance científico a la solidaridad entre los Estados miembros, sin olvidar asuntos de tanto relieve como la cohesión económica, social y territorial.

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