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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
La II República


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 15 de abril de 2011, 08:54
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El hastío generalizado hacia las déspotas clases feudales o reales que dominaron en sus tiempos los estados, propició que a lo largo de la Historia surgieran distintos movimientos políticos y filosóficos que, considerando al hombre el centro y cúspide de la creación y de la sociedad, procuraron derribar las monarquías para imponer sistemas de gobierno más ajustadas a los intereses de todos los ciudadanos. Un hombre, un voto, aunque el hombre sea un asno o un desalmado.

Desde Platón hasta los masones, pasando por la Roma clásica, los intentos fueron muchos y variopintos por darle forma a la república, pero sólo los masones norteamericanos, primero, y los masones franceses, después, lograron establecer en la realidad su modelo republicano en la forma que todos lo conocemos hoy, si bien usando los segundos métodos tan crueles como expeditos (eliminar físicamente a todo adversario y, después, limpiar su imagen ejecutando a los promotores de las matanzas).

Desde ambos polos, incluso ya contando con psudorrepúblicas monárquicas como Gran Bretaña que servían intereses masones, se difundió por todo el mundo el sistema republicano, en un escenario en el que España quedó un tanto aislada en todo Occidente.

En España, como es natural, los masones, en el afán de contar con apoyos que impidieran un eventual derrumbe en su proclamación republicana, optaron por la vía francesa, y, más concretamente, por la jacobina, la sangrienta. No voy a extenderme aquí sobre los detalles de los movimientos masones (a quien le interese puede encontrar sobrados datos en “Sangre Azul (El Club)”, la cual pueden leer íntegra y gratuitamente en mi web), pero sí diré que la idea general que animaba a estos jacobinos españoles que proclamaron ilegalmente la II República hace ahora ochenta años, significó el baño de sangre que deseaban tan íntimamente, si bien les salió horriblemente mal porque convirtieron su ideología en venganza, que fue ni más ni menos en lo que derivó aquel enfrentamiento civil que pretendieron revolucionario y que terminó por ser simplemente encentar el jamón del genocidio al que, por respuesta o por supervivencia, se sumó la otra España, dando cuerpo a las negras páginas de la Historia que todos conocemos.

Sería un error no sólo de bulto, sino de inteligencia, considerar que la II República en España tuvo algún aspecto positivo, por mínimo que éste fuera. Desde que comenzara su andadura no sólo se dedicó con absoluta y total impunidad a destruir y matar a mansalva (el tiempo de las cuadrillas y los pistoleros), sino que las divisiones internas tan tradicionales en España entre los grupos masones que conformaban a los partidarios de las llamadas reformas, procuró severos enfrentamientos entre ellos, a veces extremadamente sangrientos, como fue el caso de Arnedo, que propició el PSOE para encender en la sociedad la mecha de la revolución socialista; la muy cruenta Revolución de Asturias, en que el PSOE se levantó en armas contra la república; o el de Casa Viejas, promovido por los anarquistas. Curiosamente, en algunos de estos casos, como en el de la Revolución de Asturias, los encargados de restablecer el orden constitucional fueron militares entonces todavía leales a la república que, andando el tiempo y ya cuando el desmadre general convirtió en peligrosamente habitable este país, derribaron a la misma república.

Un caso que no sólo afectó a la mayor parte del Ejército que aún sobrevivía, sino que fue filtrándose también entre la más enjundiosa proporción de intelectuales y pensadores que, aunque habían sido partidarios del nuevo sistema republicano, terminaron, como Ortega y Gasset, diciendo a coro: “No era esto, señores: no era esto.” En un ansia revolucionaria de los más radicales por darle a la república la forma bolchevique (que también estaban dirigidos por masones como Marx, Lenin, etc.), habían no sólo atentado físicamente, sino también legislado contra toda organización social distinta de la suya, desde el Ejército a lo más íntimo de los credos religiosos o las costumbres, exaltando lo más animalesco y aberrante de la condición humana, a veces de forma tan ridícula como fusilando imágenes religiosas, pero siempre como advertencia a la sociedad en pleno de aceptar este caos o sufrir en las propias carnes la represión más atroz, ya fuera con una muerte inmediata como sucediera con las quemas de iglesias, conventos, escuelas y museos del 31, ya con la multitud de ajustes de cuentas que se dieron hasta el 36, o ya con la abusiva proliferación de checas que de la mano de los radicales izquierdistas comenzaron a aparecer por doquier, donde multitud de personas entraban y nunca más se sabía de ellas, y en las cuales, años después, aprendieron los nazis algunos avanzados métodos de tortura. Querían revolución jacobina, una excusa para liquidar a todos los adversarios e implantar su sistema, y la tendrían, aunque tuvieran que poner el país patas arriba.

La II República, en realidad, fue un formidable desmadre y verdadero peligro para todos los ciudadanos, en el que los derechos eran papel mojado y la libertad de expresión quedaba reducida a manifestarla cuando quienes se pronunciaban se sabían rodeados de partidarios, si es que no querían que fuera causa de muerte, tal y como muchos lo experimentaron en sus propias carnes, aunque fueran nada más que autores de teatro. Pensar era peligroso, pasear era peligroso e incluso llevar corbata podía ser y era causa de muerte, tal y como les sucedió a no pocos que terminaron sus días en los tapiales del cementerio de San Isidro después de una jornada laboral en el banco, por ejemplo. El país, de la mano de masones y radicales animalizados izquierdistas, había caído en una espiral de odio que sólo pudo resolverse en un conflicto armado, única vía que dejaron expedita a quienes no estaban dispuestos a dejarse matar sin defenderse, claudicar en sus credos o fes, o sencillamente aceptar como legal lo que a todas luces era una matanza organizada.

No fueron los que se levantaron contra la II República los responsables de la Guerra Civil, sino que ésta fue un fin perseguido por los llamados republicanos, siendo tan así que incluso hay constancia de que en Presidencia tenían sobrada información de cúando, cuántos y cómo pensaban levantarse aquel 18 de julio del 36, y no hicieron nada, seguros como estaban de que en aquel embate y en unos días iban a tener por fin su ansiada revolución, iban a poder exterminar con esta excusa a todos los adversarios de una tacada e iban a poder implantar la filial del estado bolchevique que anhelaban. “En la guerra, venganza, y en la paz, perdón”, dijo en las ondas aquel mismo día el infausto Azaña. Y tal que así fue, fusilando o matando a sangre fría, sin juicios ni mandangas, a quienes sobrevivieron a la sublevación del Cuartel de la Montaña, en Madrid, por ejemplo. Algo que se repitió de ahí en más sistemáticamente, llegándose a genocidios como el de Paracuellos, en el que llegaron a enterrar vivos a buena parte de los miles de presos que en aquellos días fueron ajusticiados en esa localidad, sin juicio, defensa o sentencia siquiera, o como sucedió con los cargos políticos del otro bando o con los religiosos que caían bajo el poder de los republicanos.

A muchos, especialmente a quienes tuvieron miembros en sus familias que participaron en la guerra del lado republicano y murieron en el conflicto, es natural que ansíen una revanchita y saldar cuentas en otra guerra de venganza como aquélla, e incluso es natural que los masones deseen ver establecido en España su sueño republicano, meollo político de su credo; pero el caso es que la España de hoy no es analfabeta como entonces, no es tan manejable ni tan sumisa a los torcidos intereses de los manipuladores y, desde luego, no desea volver a darse otro baño de sangre como aquél, cosa que inevitablemente sucedería si alguien intentara proclamar la III República.

El actual gobierno sociata, lo mismo que el anterior, está haciendo lo posible por volver sobre sus pasos para encenagarnos en otra aventura semejante, intentando crear el escenario necesario para tener una justificación con la que limpiar de adversarios el país. Sus actos de cada día para propiciar el caos, sus leyes coercitivas, su manipulación de la enseñanza, su debilitación de España para conseguir este fin, sus tejemanejes con los terroristas, sus acuerdos con los independentistas, la promoción del anticlericalismo, la retorcida Ley de Memoria Histórica y todas esas pintadas que, especialmente en universidades, hacen referencia a pasar por las armas a curas o a quienes consideran contrarios a sus intenciones y planes –“como en el 36”, rezan-, ciertamente, en su medida, son una réplica de aquellos otros actos con que fueron esforzadamente abriendo las puertas de un infierno en que metieron a todos los españoles. Incluso, ¡qué cosas!, las únicas banderas inconstitucionales que hoy flamean con auténtica impunidad y con el consentimiento del Gobierno sociata, son las republicanas o las separatistas, cosa que no sucede ni por pienso con las del águila nacional, por ejemplo.

Porfortuna, todo hace pensar que los inusitados esfuerzos por reavivar el cisco apagado de aquella infausta república están condenados al fracaso, por más que desde los ámbitos sociatas o masones se manipule la verdad con burdas mentiras y falaces argumentos. Sin embargo, y por si acaso, estaremos atentos.

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