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Opinión
Etiquetas:   La vida desde dentro  

Las niñas de mis ojos

Santiago González
Redacción
lunes, 14 de febrero de 2005, 01:08 h (CET)
Tus ojos son la patria del relámpago y la lágrima', escribió en su día Octavio Paz. En los ojos nos anidan el genio y la piedad y más nos vale cuidarlos porque, al decir de una campaña sensibilizadora de hace muchos años, los dos que tenemos 'son para toda la vida'. Como todo lo que tenemos a pares, por otra parte, y aun los apéndices más singulares.

La expresión sería algo más discutible desde que se generalizaron los trasplantes, aunque en todo caso es preciso convenir que las piezas originales funcionan mejor que los repuestos, al menos es lo que se desprende de la estadística general.

O sea, que al flaquear de la vista, uno antes se iba al oftalmólogo, un médico especialista de la cosa, cuya clientela se ha visto mermada por las ópticas, gracias a los modernos ingenios de optometría con los que personal especializado nos calibra las miopías, hipermetropías y las presbicias si las hubiere, que de todo padecemos los mortales. También están capacitados para detectar glaucomas o cualesquiera otras anomalías en la vista, que requieren de la necesaria intervención de un oftalmólogo.

Héte aquí que algunas ópticas de la comunidad autónoma vasca carecen del personal titulado que requiere el delicado cometido de calibrar los defectos de nuestros globos oculares. Suelen sus propietarios contratar a un titulado para abrir el negocio y lo despiden al cabo de seis meses.

¿Pondríamos nuestra vista en manos poco expertas? Es seguro que no, por mucho que el refranero sentencia que, ojos que no ven, corazón que no siente, sentencia el saber popular. Valle Inclán no concebía esa razón. «El ciego se entera mejor de las cosas del mundo. Los ojos son unos ilusionados embusteros», decía Max Estrella en 'Luces de Bohemia'. Machado lo puso al día: «el ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas,/ es ojo porque te ve».

El doctor Fassbender, personaje que encarnaba el actor Peter Sellers en la película 'What's new, Pussycat?', hacía la síntesis de ambos pensamientos: «Papá era oculista. Su actividad profesional hizo que se quedara ciega media Viena. Pero como él decía ante el tribunal deontológico que juzgó su caso: 'Total, para lo que hay que ver...'»

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