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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Poder y sadismo


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 13 de abril de 2011, 09:07
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A veces es la impaciencia por precipitar un fin loable el que le hace incurrir al poderoso en técnicas sádicas, sin que su ansiedad le haga percibir que la cantidad de crueldad gratuita y dolor general que causa es, quizás, equivalente en parte al bien que produce. Tal sucedió el año pasado con aquella sádica campaña de la DGT que, so plausible capa de reducir la mortalidad en el tráfico, empleó técnicas sádicas que nos hicieron sufrir gratuitamente a casi todos, simplemente porque alguno de nuestros seres queridos usaba su automóvil y, en ese ínterin, sonaba el teléfono de la casa o el móvil. Un fin encomiable, sin duda, que usó el abyecto camino del pánico y el dolor, convirtiendo los abrazos en asfixiantes presas sádicas.

Otras veces, acaso por falso protagonismo o por manía personal, es la incompetencia y la mentira la que se disfraza de sadismo, tal y como sucede con el tabaco, sin ir más lejos, y esta campaña que ha desatado el desorientado Ministerio de Sanidad (mejor diríamos algunas ministras que no son fumadoras o un partido que pretende husmear y coartar cualesquiera libertades individuales y civiles), convirtiendo las cajetillas de tabaco -se supone que productos legales aptos para el consumo- en expositores de un horror que sólo pueden habérsele ocurrido a un perturbado con serios trastornos de conducta. Y esto es así porque, primero, no está demostrado en absoluto que el tabaco y el cáncer tengan relación directa, más allá de la incidencia en la salud de algunos productos usados en el cóctel que insertan las tabacaleras en los cigarrillos que actúan como coadyuvantes para el desarrollo de la enfermedad, si bien estos elementos deberían ser controlados por ese aparentemente celoso Ministerio por nuestra salud, cosa que no hace por dejación de funciones. Es decir, que incumpliendo su obligación de velar porque los productos de consumo sean realmente aptos para el consumo, por incapacidad de sus responsables cargan tintas contra no contra los productores o contra sí mismo, sino contra el consumidor, y, por si esto fuera poco, le aterra al consumidor con imágenes rebuscadas por mentes enfermas, no se sabe si con intenciones sádicamente disuasorias o si, por imitación psicológica, procurando que el consumidor somatice o se autogenere el una enfermedad semejante, toda vez que hoy sabemos por la Física Cuántica y la llamada causalidad descendente que la realidad física la crea la conciencia, de modo que si la conciencia asume como cierto el sofisma de que el tabaco produce cáncer, quien vea estas imágenes una y otra vez machaconamente, termine por generar la enfermedad. Sadismo entre los sadismos, ya se ve, o bien por causa de la incólume ignorancia de los titulares de Sanidad, o bien por un tic natural de quienes ya nos tienen acostumbrados a imponer a la sociedad sus gustos particulares, aunque para ello tengan que recurrir a métodos tan reprobables que tal vez debieran facultar la actuación de oficio de la Fiscalía.

Sin embargo, para las cosas que sí que producen contrastados severos daños -aceptados como tales por la totalidad de comunidad científica- los poderosos políticos no hacen nada. Contra ellos mismos, por ejemplo, prohibiéndose por su propia incompetencia; contra la contaminación ambiental, obligando a las oligarquías industriales a no contaminar; o contra la radiactividad, verdadera y única causa del cáncer, prohibiendo o denunciando por activa y pasiva a quienes usan la energía nuclear ya sea con fines militares y/o pacíficos. Nada de esto hacen, adempero, sino que nos mienten de forma regular aduciendo que tal o cual cantidad de tóxicos son admisibles o tolerables por el organismo humano, cosa que no es sino un aberrante sofisma. Es cierto que toleramos sin mostrar daños visibles una cantidad de mercurio, por ejemplo, siempre que no rebasemos esa cantidad en toda nuestra vida y no en una sola ingesta, como falazmente el Ministerio de Sanidad nos quiere hacer creer. De este modo, por incompetencia del Ministerio y sus titulares, alimentariamente nos están envenenando de forma tan legal como masiva. Y esto mismo vale para la verdadera y más que contrastada causa única del cáncer: la radiactividad. La infinitud de pruebas atómicas y los habituales escapes de las centrales nucleares –pregunten a los trabajadores de éstas si conocen a alguno-, los cuales ni siquiera ven los titulares de la prensa, ha depositado en tierra, aires y aguas tal cantidad de isótopos radiactivos que no importa los hábitos sobre el tabaco o la alimentación que tengan los ciudadanos, pues por igual tienen la posibilidad de contraer un cáncer, tal y como lo demuestran las cifras reales del propio Ministerio, siendo que la mayoría de las personas que mueren de esa enfermedad nunca o desde hace muchos años fuman, y acaso ofreciendo la versión contradictoria de que el tabaco en algunos casos actúa como un protector contra el cáncer, al modo y manera como es un protector contra el escorbuto, sin ir más lejos.

Las mentiras nos asolan de forma cotidiana, y se oculta por intereses económicos que la inmensa mayoría de nuestros males de hoy son causados por la radiactividad, el mercurio y otros tóxicos que producen las grandes e intocables industrias, desviándose mentirosa, sádica e interesadamente la responsabilidad de estos atropellos contra los propios consumidores. La alimentación vegetariana, tan defendida hoy en día como tan sana, por ejemplo, es una de las formas más fáciles de conseguirse un genuino cáncer de lo que sea, toda vez que los vegetales y las frutas no tienen riñones y otros órganos que depuren o contengan los isótopos radioactivos que están, como digo, en aguas, tierras y aires. Ahí tienen a esos lugares donde hace cuatro decenios cayeron algunas bombas atómicas en un accidente aéreo y cómo los productos que llegan desde allí al mercado contienen dosis de radiactividad que, acumuladas, son casi con seguridad letales a largo plazo y aún afectarán a las sucesivas generaciones.

Pero en fin, ya digo que cuando la incompetencia alcanza un grado de analfabetismo en un poderoso coyuntural, suele travestirse de sadismo con la excusa de procurar el bien general. Lejos de liberar, condenan. En cualquier caso, ya vemos que contra los seguros intoxicadores que atentan contra la salud de la población –ejércitos, energéticas, fabricantes de artefactos radiactivos, etc.-, no hacen nada, y sí que lo hacen con extremado sadismo contra los consumidores. Poco importa si se fumigan en masa a la población, y tanto más si es humilde, tal y como sucedió con lo el Aceite de la Colza, por ejemplo. En España, ya se vio, matar por intoxicación a miles de personas y dejar lisiadas a decenas de miles, apenas tiene unos añitos de cárcel; robar un paquete de cigarrillos, como también hemos visto en el caso de Miguel Francisco Montes Neiro, puede costarte, por el contrario, toda una vida en una penitenciaría. Y mientras, los poderosos siguen envenenándonos entretanto el Ministerio es incapaz de aplicar los métodos necesarios para garantizar la salubridad de los productos de consumo, tal y como es su obligación, escondiéndose tras de imágenes que culpabilizan al consumidor de su propia incompetencia y de la perversidad de quienes hacen fortunas contra la salud de la población. Sadismo en estado puro, en fin.

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