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Descrédito político
Octavi Pereña i Cortina
La hipocresía, simulación de cualidades de que se carecen, es una farsa. Con la hipocresía se pierde la espontaneidad de presentarse uno tal cual es realmente. Se pierde ser auténtico.
Es interesante conocer el origen de la palabra hipócrita. A los actores de la Grecia clásica se les llamaba hipócritas porque salían a escena llevando puesta una careta que representaba el personaje que interpretaban. Del escenario teatral pasó al escenario de la vida y empezó a llamarse hipócritas a quienes se ponían una máscara de bondad, de amistad, de religiosidad,…El escenario de la vida es muy ancho y son muchos quienes hacen el papel del que no son. El engaño no dura para siempre. La realidad de la persona que se ocultas detrás de la careta poco a poco se va descubriendo hasta que se prescinde de ella por no ser fiable. Un mal final le espera al hipócrita.
La hipocresía lo contamina todo por la sencilla razón de que allí en donde se encuentra una persona allí brota la enfermedad. Dada la condición humana es inevitable que la hipocresía infecte a la política. No debe extrañarnos que a muchos políticos más ponto o más tarde les caiga la careta de la ética que cubría su fealdad moral, y se produzca el descalabro, teniendo que abandonar la carrera que tanta honorabilidad les producía, viéndose obligados a tener que ceder el puesto a un sucesor. Se ha visto que la nariz se les había alargado más de lo normal.
Javier Gomá dice: “La comunidad democrática está abocada a producir buenas costumbres”, para romper el descrédito en que han caído los políticos. ¿Cómo se pueden cambiar las costumbres perjudiciales por otras que enaltezcan la política? Descartamos la educación académica porque la mayoría de quienes ostentan cargos públicos son personas que han obtenido titulación universitaria. Este tipo de educación en la mayoría de los casos lo que hace es cubrir la personalidad rapaz con una careta de respetabilidad hasta que la ausencia de ética termine estallando en las manos de los diplomados. Triste fin para algunos. Para el resto que fallecen llevando puesta la careta de la respetabilidad porque los hombres carecemos de la facultad de leer las profundidades del alma, no debe preocuparnos el aparente final feliz. Con la muerte les llega la hora de tener que comparecer ante el tribunal de Dios, a quien no se le puede dar gato por liebre. El Juez dará a cada uno según se merecen sus obras.
La capa de respetabilidad que proporciona la educación académica no puede cambiar la naturaleza rapaz del hombre. La utopía de que la educación superior puede producir buenas costumbres la desmiente el profeta Jeremías cuando escribe: “Cambiará el etíope su piel y el leopardo sus manchas?” Lógicamente NO. Ni el tristemente famoso Michel Jackson lo consiguió con todos los tratamientos que se hizo. La negrura de su piel aunque atenuada, siempre fue evidente. Sigue diciendo el profeta: “Así también, ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?” (13:23). Por más blanqueadores morales que se empleen para convertirse en personas de buenas costumbres no se podrá cambiar la naturaleza rapaz del corazón. El único blanqueador eficaz del alma es Cristo cuya sangre vertida en el Gólgota “nos limpia de todo pecado” (1 Juan1:7). Humanamente es imposible cambiar la tendencia del corazón de producir fieras que manifiesten la máxima salvajería en la política, las finanzas y las mafias.
Hablando en el nombre del Señor, el profeta dice: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos, y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas , y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios” (Ezequiel 11:19,20). Este es uno de los diversos textos que dicen que es Dios quien cambia los corazones para que los hombres habituados a hacer el mal hagan el bien.
El filósofo Javier Goma está interesado en encontrar una manera de que los hombres produzcan buenas costumbres. Saber como hacerlo está al alcance de todos, aceptarlo es harina de otro costal. Los prejuicios impiden tomar la medicina que cura la hipocresía.
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