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La inútil casta
Luis del Palacio
Es muy curioso que un pueblo como el nuestro, levantisco donde los haya, prefiera dar un mamporro a su amigo del bar de la esquina, por una cuestión de fútbol, que plantarse ante la arrogante e inútil “casta política” y decirles: “Hasta aquí hemos llegado; no contéis más con nosotros”.
Y no es necesario un bate de beisbol ni ningún otro objeto contundente; tan sólo la rebelión cívica que supondría, por ejemplo, boicotearles las elecciones: no abstenerse sino votar en blanco. Mientras funcione la llamada “ley de D´Hont”, el sistema democrático estará tullido ya que según este método, basado en el reparto proporcional de cargos según el número de votos obtenidos en un sistema de listas cerradas, cada ciudadano no genera un voto, sino porcentajes de él; equivalente a cuando las estadísticas nos dicen que cada mujer europea tiene 1,3 hijos o las africanas 4,2. Resulta un misterio –fácil de resolver, por otra parte- saber por qué ningún partido, salvo Izquierda Unida (la gran perjudicada), considera la posibilidad de instaurar el sistema de voto directo, que es el único realmente justo.
La desobediencia civil es la vía más eficaz para desarmar los tinglados de los políticos. He escrito “desobediencia” cuando, en realidad, sería más exacto decir “huelga”, “oposición”, negativa a seguir el caminito marcado. No se trata de incumplir la Ley y caer en el desacato, que es un delito; sino de negarse a participar en un juego que a ellos les beneficia y a nosotros nos perjudica. Voy a poner un ejemplo, a sabiendas de que muchos lectores “no fumadores” no estarán de acuerdo conmigo: Si ante la abusiva y antidemocrática Ley Antitabaco, los fumadores hubiéramos dejado de comprarlo durante, digamos, dos meses y hubiéramos dejado de acudir a bares y restaurantes durante un periodo equivalente, el Gobierno habría reaccionado ante las sustanciales pérdidas producidas por la merma en la obtención de impuestos provenientes de la venta de las labores de tabaco y por la crisis que se habría producido tanto en el sector tabaquero como en el de la hostelería. He elegido un ejemplo que puede ser polémico, aunque creo ilustrativo: la hipocresía con que actúa el Estado en materia de salud pública: los que nos gobiernan nos quieren bien y deciden vetar el tabaco en lugares que le son propios (bares y restaurantes) pero nos siguen vendiendo lo que según ellos es un veneno porque con ello obtienen pingües beneficios.
La desobediencia civil acabó con el Imperio Británico. Gandhi fue su artífice; su revolución pacífica fue mucho más eficaz que la terrible y cruenta Revolución Rusa. Lo que ocurre es que este tipo de plante ante el abuso de autoridad, la impostura o el latrocinio de los políticos requiere una enorme paciencia; no es algo que se logre de un día para otro, echándose a la calle.
Un lejano país como Islandia acaba de dar una lección de insumisión pacífica ante lo que su población ha considerado un abuso de poder, desde el Poder, en connivencia con los representantes de la usureros de nuestro tiempo –los bancos- al negarse a pagar una deuda no contraída por ellos, sino tolerada por los políticos. Este hecho, sin precedentes, ha supuesto una verdadera revolución sin armas, un “¡Hasta aquí hemos llegado!” que ha hecho caer al gobierno y ha obligado a una reforma constitucional.
Por aquí todavía estamos a años luz de organizar un plante que coloque a los políticos mirando a La Meca para, en esa postura, darles una buena patada en el culo.
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