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La ley electoral es para los grandes
Almudena Negro
Quede constancia que soy de las que piensan que el bipartidismo no tiene por qué ser malo per se. Ahí tienen los Estados Unidos. O Gran Bretaña, en donde las únicas veces en que no ha habido mayoría absoluta ha habido lío. Ahora con la entente cordial entre el liberal-conservador Cameron y el socialdemócrata Clegg, veremos. De hecho, un gobierno fuerte suele ser mejor para los administrados que un gobierno débil. De eso los españoles, treinta años sometidos al chantaje de la ley del belga D´Hondt y de los nacionalismos, algo deberíamos de haber aprendido.
Y, sin embargo, por tierra, mar y aire se repite, como si de un mantra inmutable se tratara, eso de lo malo malísimo que es el bipartidismo. Cuando lo malo, y lo que provoca la desafección de los españoles hacia la clase política –devenida en casta-, es la mediocre y similar oferta electoral de PSOE y PP. De ahí que de un tiempo a esta parte surjan de vez en cuando terceras vías que hablen de la siempre buscada y jamás hallada regeneración. Opciones electorales que arremeten contra los dos grandes al grito de “nosotros somos distintos”. Que sea cierto o no, depende de los casos, es otra cuestión.
Sin embargo, a punto de implosionar, como antes lo hiciera el socialismo real, ese camelo llamado Welfare State, algo deben de andarse temiéndose el partido del gobierno y el de la oposición cuando han aprobado por amplísimo consenso, al que Ayn Rand denominaba en The Objectivist Newsletter- en junio de 1965, “nuevo fascismo”, una ley electoral cuyo fin es evitar la aparición de terceras vías. Que no sea posible una alternativa liberal a la decadente socialdemocracia.
Por supuesto, añadiendo a ello el control asfixiante, totalitario, de los medios de comunicación. Públicos y privados. Y es que ahora resulta que PP y PSOE le dicen a los medios de comunicación privados de qué tienen que hablar en su empresa, qué interesa a su audiencia. Así, los telediarios de los medios privados quedan sometidos a la vigilancia y control de las Juntas Electorales, reconvertidas en juntas censoras. Editores y realizadores ya no decidirán qué entra en el noticiario. Una ley mordaza, revestida con el adjetivo pluralidad y proporcionalidad informativa. O dicho de otro modo: si Gaspar Llamazares propusiera por casualidad algo interesante y de impacto tendría derecho a ocupar medio minuto de telediario. Cualquier idiotez que se le ocurra a Rodríguez Zapatero debe ocupar cinco minutos en el mismo informativo. Las tonterías de Mariano Rajoy, cuatro minutos.
Con todo, más triste, es que los afectados no han protestado. Quién te ha visto y quién te ve, periodismo.
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