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Televisión y Medios
Etiquetas:   Crítica de televisión  

El grito

Javier Esparza
Redacción
lunes, 28 de febrero de 2005, 23:50 h (CET)
Aventura en África', el 'reality-safari' de Antena 3, estaba llevando una vida más bien precaria desde su estreno, con cifras que, los martes, no superaban el 20% de 'share'. Esta semana, sin embargo, sobrepasó el 21% con casi 3,3 millones de espectadores. ¿Qué diferencia ha habido entre la sesión de este martes y las anteriores? ¿Un león se ha comido a Pocholo? ¿Alguien ha cazado a un elefante? ¿Ha aparecido Tarzán? ¿Han encontrado al doctor Livingston? ¿Paula Vázquez ha sido coronada reina de Saba? No. Sólo ha habido una diferencia: la intensidad de los gritos. Esta semana surgió el talento de Jimmy Giménez-Arnau para la bronca, y el plató se llenó de intensa vociferación entre el mentado y una señorita Abradelo. ¿Por qué gritaban? Da igual: lo importante era pasar del 20%. Misión cumplida.

La sensación que la tele transmite sería la de alguien que grita: 'El grito'. Si el pobre Munch levantara la cabeza... Cuando aquel caballero dibujó 'El grito', ese cuadro horrible que precisamente intenta transmitir horror al observador, lo que el pintor quería expresar era la zozobra de la vida, la desesperación de la existencia, la falta de sentido de todo lo que nos rodea. Por supuesto, aquello era sólo una impresión personal y el cuadro no siempre fue muy bien entendido: corría 1893, el mundo progresaba, la gente reía, aún faltaba mucho para la primera guerra mundial. Pero Munch murió en 1944, de manera que le dio tiempo a ver dos guerras mundiales y millones de gritos semejantes a los que él pintó.

Hoy, desde el punto de vista de la tele, estamos en otra cosa: ahora 'El grito' es espectáculo, circo, atracción de masas, y consumimos gritos como otros consumieron sangre en la arena. Por eso hay profesionales del grito, expertos vocingleros de los que se echa mano cuando hay que aumentar las cifras de audiencia. El grito de Jimmy, mucho más terrible que el de Tarzán, es la revisión banal del funesto presagio de Munch. La impresión que transmite al espectador es muy semejante. O peor, porque ahora hay quien ríe al verlo.

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