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Etiquetas:   La vida desde dentro   -   Sección:   Opinión

Keynesianos

Santiago González
Redacción
sábado, 12 de febrero de 2005, 00:22 h (CET)
John Maynard Keynes, primer barón de Tilton, explicó la receta económica para salir de la Gran Depresión que utilizó con acierto el presidente Roosevelt. Se trataba de confiar en el tirón del gasto público para impulsar la demanda agregada. Un suponer, venía a decir el maestro, «abrir zanjas». ¿Y con qué fin? «Con el de volver a llenarlas», respondía, porque la cuestión era fomentar el consumo familiar para salir del hoyo.

Quién podría suponer que años después, Maragall y los suyos adaptarían el procedimiento a la construcción de los túneles del metro en Barcelona a su paso por el barrio del Carmelo, uno de esos barrios charnegos tan implacablemente descritos por Juan Marsé, «barrios de solares en ruinas y geranios tronchados, cruzados de punta a punta por silbidos de afilador».

El doble hundimiento registrado en uno de los túneles de ampliación de la línea 5 del metro barcelonés ha sorprendido a la Generalitat dándole vueltas a la reforma de su Estatut. Hace nueve años que en Madrid se había desterrado el método austriaco de construcción de túneles, que confía su estabilidad a la resistencia de los propios materiales del subsuelo y sólo entiba cuando dichos materiales son débiles. El surrealismo felizmente gobernante en Cataluña pensó que no era para tanto y ordenó la vuelta a sus domicilios de 355 desalojados, que tuvieron que abandonar sus casas otra vez al producirse el segundo socavón. Y entre desalojo y desalojo, han empezado a rellenar el túnel con 18.000 metros cúbicos de cemento, en una actitud inspirada a medias por Keynes y por Penélope, la santa (y sobre todo, paciente) mujer de Ulises.

El conseller Nadal ha admitido que tal vez ha habido un exceso de confianza en el modelo austriaco. No tanta. Su antecesor pujolista desvió el trazado para que no pasara por la Sagrada Familia. Creyeron que era suficientemente seguro para pasar bajo un barrio charnego, pero no para poner en peligro lo sagrado. Afortunadamente todas las víctimas via- jaban en tercera clase. Maragall, que en afortunada greguería de Calleja, es un señor que habla en borrador, ha sentenciado: «Es una desgracia, como lo del chapapote». ¿Querrá decir que la culpa es del PP?

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