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La toga del verdugo
Ángel Ruiz Cediel
Miguel Francisco Montes Neiro lleva treinta y cinco años en la cárcel, lo que le otorga el dudoso y aberrantemente injusto título de ser el preso más antiguo de una España, cuya Constitución pone un límite de estadía en la cárcel de 30 años. Un día, cuando contaba con 16 años, le acusaron de robar un paquete de cigarrillos en un estanco, fue condenado por ello e ingresó por primera vez un penal.
Una pena justa: cárcel por un paquete de cigarrillos. Miguel siempre negó aquel hecho, castigado con una sevicia tal que al juez y al fiscal que le impusieron tal pena bien les estaría pagar el ciento por uno en la caldera más tórrida del Infierno, y, de ahí en más, todo fue en cadena. La justicia le había marcado, su país le había marcado, la sociedad le había marcado. ¿Por qué servir a un país que le había robado su libertad y marcado su vida?... Desertó de la milicia obligatoria, y fue nuevamente condenado.
Lo demás, veinticuatro delitos menores y cinco intentos de fuga, han sido sólo acumulación de penas por intentar mantener su dignidad de hombre y recobrar una libertad que le robaron con mentiras y con una crueldad que bien merecería el implacable y durísimo enjuiciamiento de quienes le condenaron injustamente. ¿Acaso existe alguien no se rebelaría contra la injusticia e intentaría escapar?... Los que le convirtieron en lo que dio, fueron precisamente quienes le impusieron aquella desmedida primera pena, cosa que en un adolescente de 16 años no fue precisamente como irse de vacaciones.
Así funciona la Justicia en España. Tétrica, cruel, seviciosa e injusta como ninguna otra, se ceba con inusitada fiereza en un chaval y lo retiene durante treinta y cinco años entre toda suerte de excrecencias sociales, entretanto el país entero anda manga por hombro con las calles y los poderes atiborrados de delincuentes de guante blanco y de los otros, y de terroristas excarcelados con las manos tintas de sangre. La Justicia, bien se ve, encontró en Miguel Francisco Montes Neiro una buena cabeza turco con que mostrar sus mandíbulas de hierro para con los débiles y de algodón para con los poderosos, como cuando cumplen cuotas de condenas con inocentes para justificar que éste o aquél delito se ha castigado en tantos reos: “queda demostrado…”, dicen, aunque no sólo no se haya demostrado nada, sino que haya sido el propio acusado el que ha tenido que justificar inocencia, y, si no podía, es que era culpable. Y eso, claro, si es que no bastó con los indicios, que en España son causa penal suficiente para condenar.
Miguel Francisco Montes Neiro intentó suicidarse en alguna ocasión y se fugó o intentó hacerlo en otras. Un paquete de cigarrillos -léanlo bien: un puto paquete de cigarrillos- abrió para Miguel las puertas del Infierno mientras aún vivía. La muerte era más libertad que aquella injusticia, escupir su vida a sus verdugos fue una justificación de vida. ¿Cuánta desesperación vale un paquete de cigarrillos?..., ¿qué delitos justifica tal cantidad de sufrimiento?... El infecto hedor del presidio fue aleándose con el aroma de su piel joven mientras envejecía, mientras fumaba un canuto tras otro que le hacía más liviano su infierno o mientras en las noches de angustia y desolación echaba por entre las rejas del ventanuco sus ojos a un cielo bajo el que su sombra no cabía. “¿Por qué a mí?..., ¿tanto vale un paquete de cigarrillos que no robé?...” Los días y las noches se sucedieron iguales en su crueldad, idénticos en su tiniebla, infames en su desesperación mientras envejecía, mientras el cuerpo se le llenaba de arrugas y de su piel manaba a borbotones hedentina a presidia y del alma odio, un odio ajeno que no era suyo. Las manos de Miguel están limpias de sangre, pero ya están avejentadas de sufrimiento y de pesar, inútiles porque jamás pudieron servirle para ganarse su vida empleándolas en otro trabajo que los carcelarios. ¿Qué juez dictó aquella sentencia?..., ¿quién será el fiscal de limpio corazón que lo busque y lo encause por sevicia?... Una vida es demasiado castigo, aunque fuera cierto, por robar un puto paquete de cigarrillos, por huir de un Ejército que servía al país que lo condenó sin pruebas porque alguien dijo que había robado aquel puto paquete de cigarrillos.
En alguna ocasión, como escritor, he sido invitado a dar una charla en la cárcel de Alcalá-Meco porque allá algunos de los reclusos habían leído mis novelas. Tal vez mis mejores lectores, porque habían desmenuzado los argumentos y el estilo con una precisión que jamás tuvieron los críticos. A lo mejor no eran los más peligrosos, pero en la mayoría de ellos, los que asistieron a la charla y después coloquiaron conmigo, no vi a más culpables que a hombres o mujeres acorralados por la necesidad, ésa que en Justicia no es delito porque les forzó a cometer faltas que procuraban un bien mayor, que era su supervivencia o la de los suyos. Cierto que entre ellos no había psicópatas o asesinos, sino hombres o mujeres que habían cometido un delito sobre los demás: haber nacido donde lo habían hecho, en el ambiente que lo habían hecho y con los modelos que lo habían hecho. Allí había muchos Migueles, ésos con los que la Justicia se desfoga para tranquilidad de la conciencia ciudadana, mientras los grandes delincuentes siguen en sus andadas: me refiero al GAL, me refiero al 11M, me refiero a la corrupción, me refiero a todos esos que todos sabemos y que callamos para no meternos en líos.
La justicia es la conveniencia del más fuerte, decía Platón, y a alguien le convino que Miguel pagara con toda una vida de sufrimiento aquel puto paquete de cigarrillos que no robó. Había que ejemplarizar, seguro. Y, ahora que se reúne el Supremo para revisar esta tropelía, no lo puede poner en libertad porque le faltan datos y no sabe si ha cumplido ya todas las condenas que contenía aquel puto paquete de cigarrillos. No ha habido tiempo en treinta y cinco años para tener recopilados todos esos datos tan necesarios, y su libertad debe posponerse. No es un preso importante, no puso bombas para una organización terrorista ni fue condenado por haber quebrado ningún banco. Puede continuar preso, acaso hasta que el cáncer o la hepatitis que ha obsequiado su injusta condena terminen con él, dando así satisfacción a la Justicia, quien entonces tal vez considere que fue debidamente castigado el hurto de aquel puto paquete de cigarrillos.
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