|
Tentaciones del pasado, osadías del futuro
Ángel Ruiz Cediel
“¿De manera que ahora te quieres divorciar de mí?... Y, dime: ¿quién estuvo fielmente a tu lado cuando te quedaste sin empleo, quién veló por ti con tanto amor cuando tuviste aquel accidente de automóvil, quién estuvo a tu lado cuando te quebraste la espalda, quién soportó aquellos dos años de intervenciones continuas cuando te detectaron aquel cáncer y quién no se movió de tu lecho cuando agarraste aquellas fiebres que te dejaron como un vegetal durante casi cinco años?...”, se quejó lastimosamente ella. Él, hundiendo en ella una lastimosa mirada carneril, no tuvo más remedio que admitir como verídicos sus lamentos, y dijo: “Tú, mi amor, porque eres muy buena…; pero, compréndelo, mujer, es que me traes muy mala suerte.”
Ahora que Zapatero ha dimitido pueden algunos tener la tentación de pensar que el tiempo regresa al pasado y salda mágicamente los agravios y las cuentas, olvidando a propósito, tal vez, que no fue sólo Zapatero, sino el PSOE en su conjunto, el que por segunda vez ha convertido a España en un cortijo de sus delirantes desvaríos. ¡Por segunda vez! Dos veces que eliminan por completo la posibilidad de casualidad o de circunstancia adversa, descollando en su lugar la enorme capacidad de este partido para podrir lo sano y torcer lo derecho. O tal vez sea que como en el cuento que da inicio a este artículo, en el mejor de los casos –que no lo es-, nos trae mucha, pero que mucha mala suerte. Cinco millones de desempleados (y otro millón escondido o ignorado) es demasiada mala suerte; la perversión liberticida de las leyes, es excesiva mala suerte; la quiebra económica del país, es mucha mala suerte; la imposición de tributos y cánones mafiosos y de sindicatos perversos que sisan la pasta a los trabajadores y desempleados, es un montón de mala suerte; la culpabilización legal y sin pruebas de la mitad masculina de la población, convirtiendo el Estado de Derecho en estado de firmes, es cantidad de mala suerte; el entrometerse en la vida personal y familiar de los ciudadanos, es una pasada de mala suerte; los EREs tramposos, el colocar a sus bichos en las tetas del Estado, los contratos a dedo, las oposiciones trucadas, el birle-birli-birlo-que generalizado en una exageración de mala suerte; el negociar con pistoleros y hacerles regalitos y concesiones, es la tira de mala suerte; stalinizar el Estado bajo las siniestras alas de murciélago de Rubalcaba, es una barbaridad de mala suerte; convertir al Ejército en algo obsoleto que puede ser robado incluso por chorizos comunes, es la torta de mala suerte; meternos en guerras que ni nos van ni nos vienen, como botijeros del Imperio, es una pasada de mala suerte; y descuartizar España y la convivencia entre los ciudadanos, resucitando los fantasmas arquetípicos del pasado, en fin, es una tan exagerada como sospechosa cantidad de mala suerte. Siquiera sea porque nos trae tanta y tan mala suerte, deberíamos prescindir del PSOE… para siempre, aunque nos quiera mucho.
El pasado, la Historia, nos alecciona en que los que nombramos como "la izquierda" es un remanente caduco y obsoleto de una tenebrosa y corta etapa ya vencida de la misma. Fue incapaz de tener éxito alguno con o sin revoluciones, con poder y sin él. Ha tenido todas las oportunidades y ha sido un fiasco en todas, sin excepción. Es una rémora, un aire pútrido que, fantasmal y anacrónico, aún deambula por los corredores de la sociedad, aventado por personajes anclados en el pasado. Lo mismo que los nazionalismos, en fin, esas tendencias de algunos carpetovetónicos decimonónicos que sueñan con patrias chicas y oriflamas nacionales que flamean sobre los mástiles del inmovilismo de sus clases nobles o pudientes, al modo y manera feudal, siquiera sea actualizada en la indumentaria aparente de los portadores de las sangres azules degeneradas. Algo que, como el PSOE, está fuera de lugar y de espacio, algo que pertenece al ayer, al XIX o anterior, si es que no a un tribalismo propio de cuando los primeros monos se pusieron en dos patas.
Tal vez sea la hora, aprovechando la dura lección que nos ha regalado la crisis y la Historia, de aprender, de osar, de dar un paso adelante. Tal vez sea la hora de considerar mirar al futuro y comenzar a comprender que, o vivimos en los tiempos que nos corresponde, o repetiremos los fracasos del pasado. Hoy no tienen sentido alguno las derechas o las izquierdas, porque todo, los hechos y el pensamiento, han cambiado y en nada se parecen a las tesituras que favorecieron siglos atrás el florecimiento de esas posturas hoy anacrónicas. Es el momento de mirar hacia delante, de tener la osadía de comprender que hay que cambiar los modos para adaptarnos a nuestros propios tiempos, con nuevos valores y nuevas aspiraciones, de la misma manera que tenemos nuevas inquietudes y nos servimos de nuevas tecnologías. Tal vez sea el momento de unificar, de acompasar las andaduras y desprendernos de los residuos de los ya inútiles ayeres.
Votar PSOE o PP, Ciudadanos o IU, Verdes o Nacionalismos, es votar ayer. Es preciso votar a personas íntegras, moralmente sólidas, capaces, sin complejos o deudas con ningún pasado vencido. Es la hora de que elijamos entre los mejores y no entre partidos que esconden y amamantan pillos, golfos, mafiosos o tramposos que sólo están interesados en sí mismos y en sus partidos, atados bien cortitos por las sólidas cadenas de su secta. Quizás sea ya la hora de dirigirnos al siglo en que vivimos con otras reglas más honestas y limpias, no votando a una tendencia, sino a una personalidad, a unos principios que nos conduzcan a un porvenir en el que quepamos todos, sin distinciones, y se promocione lo mejor, lo que nos hace mejores, lo que nos empujará a dar lo mejor de nosotros mismos. Tal vez sea el momento de de tener la osadía de implantar la Deontocracia.
Plank explicó que cuando un electrón cambiaba de órbita lo hacía de forma instantánea, sin consideración de salvar espacios ni a velocidades que consideraran ningún tiempo, simplemente emitiendo una radiación para desaparecer de una órbita y aparecer en otra. Es un salto cuántico, un milagro habitual de la Física Cuántica. Y así, precisamente, es como los hombres evolucionamos: un suceso, un trauma o un golpe de conciencia, nos hacen sufrir o gozar y, automática e instantáneamente, nos transformamos, saltamos de nuestro estado cuántico habitual a una nueva forma de ver la vida y entender el mundo. Evolución, lo llamamos. Y tal vez sea el momento de evolucionar y dar un salto a un nuevo nivel de conciencia. Ya hemos visto adónde nos conducen las viejas posturas, hemos sufrido y hemos emitido nuestro aullido como una radiación: es la hora de dar el salto y cambiar de órbita, instalándonos en el porvenir.
|