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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Regreso al pasado

Alfonso Callejo
Redacción
viernes, 11 de febrero de 2005, 04:25 h (CET)
ALGUNAS personas encuentran una rara satisfacción desplazándose hacia delante o hacia atrás en el tiempo, convencidos de que el presente es depositario de los hastíos con los que debemos conducirnos sin remedio. El presente está muy visto, porque siempre es presente. A mí me suele pasar esto y algunas veces intento salir despedido de la vorágine aquí-ahora cual satélite fuera de su órbita. Hace poco, en una de estas incursiones alejadas del presente, me he reencontrado con aquella estantería color caoba que sigue atesorando parte de mis fantasías juveniles en forma de libros de lomos ya ajados y páginas amarillentas, más de lo que ya debían serlo hace alrededor de treinta años. En efecto, he vuelto a estar frente a frente con Herman Melville, quien me ha recordado en silencio aquellos placenteros días en los que Moby Dick llenaba un alto porcentaje de mis intereses. Encontrar los tres tomos de Tarzán de los Monos ha constituido igualmente un nostálgico descubrimiento; aquella edición de 1956 que de forma maquinal me ha llevado a abrir un ejemplar y meter literalmente la nariz entre sus páginas: el poder evocador del olfato es asombroso. Cerrando los ojos, olía a lo mismo que entonces, un presente ilusionante que tuvo lugar hace 35 años.

También he saludado de nuevo a Emilio Salgari, volviendo a tener entre mis incrédulas manos a Madonna Paola, uno de los primeros amores platónicos de mi infancia. He visto a Sandokán, referente masculino de los catorce años, y al Hombre de Fuego, que asaltó reiteradamente mis sueños durante semanas. Julio Verne es un caso especial, pues me ha acompañado durante sucesivos presentes como un fiel compañero en uno de sus inimaginables viajes. El verano del 71 recuerdo que fue totalmente distinto a los demás gracias a Daniel Defoe, que me convirtió en Robinson Crusoe para los restos, pues no solo estoy convencido de tener algo de náufrago, sino que suelo identificarme también con quienes naufragan en la vida... Otras memorables tardes adolescentes fueron rellenadas por Edgar Allan Poe con su "escarabajo de oro", educando el intelecto en ese surrealismo tan necesario para estar a la altura en los peores momentos.

La afición paterna por la novela policíaca propició un inesperado encuentro con la intriga y el crimen como aditamentos negros de la existencia que tomaban cuerpo en las lecturas de Ágata Christie: "Asesinato en Mesopotamia", "Un cadáver en la biblioteca". Aquella estantería de color caoba, manantial inagotable de sueños y fantasías también sigue albergando ejemplares que resumen escenas en blanco y negro, evocación visual de dos rombos blanquecinos en una primitiva y redondeada pantalla de TV. Marconi: las novelas de Leslie Charteris sobre "El Santo" y las de Gardner sobre "Perry Mason". Finalmente, la estantería color caoba me ha llevado también a las páginas de un álbum de cromos de futbolistas: Pirri, Zoco, Amancio, Velázquez y Macanás por un lado y Sadurní, Rifé, Gallego, Rexach y Asensi por otro debían conformar, igual que ahora, el necesario contrapeso de realidad a toda la fantasía de los libros.

En este placentero viaje al pasado he recordado que fui actor en cientos de tramas. Nuestros hijos son más bien espectadores ante los eventos de la Play Station, pues tal vez no sea suficiente con cinco tochos de Harry Potter. Guardaré la estantería color caoba por si algún día deciden viajar a lo desconocido.

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