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Economía
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| La mirada crítica de Ángel Ruiz Cediel |
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A veces la noticia de que crecerá el desempleo es más que plausible, tal y como sucede cuando éste les va a afectar a los sociatas que han hecho de la convivencia entre ciudadanos un infierno y de la legislación un despropósito liberticida. Lo malo que acompaña a esta noticia, es que por los dañinos servicios prestados no van a recibir una subvención, sino un salario vitalicio de superlujo que les permitirá vivir a la sopa boba el resto de su existencia como premio por haber descuartizado España.
Ángel Ruiz Cediel / SIGLO XXI
 Viñeta de Pareja
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Y suma y sigue, uniéndose este tenebroso elenco a los no menos siniestros sociatas que en su anterior periodo de gobierno, cuando Felipe González, hicieron otro tanto como pudieron por la degeneración de este país, y quienes ahora mismo viven como maharajás. España, por lo que se ve, es condenadamente seviciosa con el rebaño ciudadano y extraordinariamente generosa con quienes desde la élite la destruyen o pretenden hacerlo.
España es diferente, en fin, pues que debería ser justamente al revés, protegiendo y amparando a quienes han sufrido en sus carnes, frecuentemente de una manera tramposa, la expoliación de su derecho a trabajar dignamente, tal y como garantiza nuestra Constitución, y castigando con mano de hierro a quienes han perpetrado tan enormes daños a la sociedad en pleno y al Estado mismo. No es de recibo que se premie a los pillos y se castigue a los inocentes, o que se concedan salarios vitalicios a personajes sin capacidad para otra cosa que para hacer daño o para favorecer truculentamente los intereses personales o de partido, y que aquí no pase nada.
A un pérfido rol de nombres que saquearon España y que ahora viven instalados en el lujo y la impunidad, se van a añadir otro montón de nombres que, para nuestra ignominia, deberemos mantenerlos en sus palacetes y su soberbia con buena parte de los impuestos de todos. Quienes saquearon España, reciben premio; quienes trampearon las cuentas del Estado, reciben premio; quienes conculcaron con sospechosas legislaciones los derechos civiles, reciben premio; quienes manipularon las Instituciones de Estado, como la Policía, la Justicia, la Fiscalía, etc., reciben premio; quienes usaron los dineros del Estado para engordar fortunas personales o del partido, reciben premio; quienes nos redujeron a un chiste en los ámbitos internacionales, reciben premio; quienes hicieron trampa desde antes de arribar al poder hasta que se van por la puerta de atrás, al igual que sucediera cuando gobernó el infausto Felipe González, reciben premio; y lo reciben, en fin, quienes se han declarado a sí mismos enemigos de España y de las creencias de sus ciudadanos, toda vez que ahí están las leyes, legislaciones y actos y actas que lo demuestran.
Por más que nos complazca y nos enajene la felicidad porque ministras incapaces, presidentes delirantes y toda esta suerte de militones que han saqueado al país abandonen por la fuerza de la voluntad popular el poder y los perdamos de vista, y aún que todos esos vendidos de la ceja sean relegados a las tinieblas del olvido, no deberíamos permitir que el alegrón de expulsarles del poder no cegara lo bastante como para que este tenebroso periodo se saldara con un gratificante retiro dorado, sino que sería preceptivo, primero que nada, formar un Gobierno fuerte –probablemente de concentración nacional, PSOE excluido-, analizar cada uno de los actos y cada una de las leyes que este delirante partido ha perpetrado, y prepararles un finiquito acorde a los inmensos daños que han producido, ahora con fiscales y jueces imparciales y no con los que han ido colocando a lo largo del ejercicio de su podredumbre. La cuestión, la única cuestión a resolverse, es si hay entre las demás fuerzas políticas una mano lo bastante limpia que pueda lanzar la primera piedra, si hay quórum para definir hacia dónde debe dirigirse España como país y qué rol debe cumplir en el concierto internacional, y de qué manera se blinda que los poderes del Estado sean neutrales e independientes respecto de los partidos y de los ciudadanos. Y dudo que lo haya, claro.
Como ciudadano, y en la parte que me toca, me considero arte y parte del descalabro socialista, porque no ha sido sólo por mi mano, sino también gracias a mi mano, como se ha desterrado del poder a esta recua de indignos sectarios. Me siento particularmente satisfecho de haber sido una mano más de las muchas que han empujado a este podrido árbol hasta que ha caído; pero me siento incómodo y no me resigno a que a estos pillos no se los castigue por los daños producidos, a que la ley tenga mano de algodón para los corruptos y de hierro para los inocentes. Considero que el trabajo, nuestro trabajo, nuestra justicia, no sería completa si a estos que ahora salen no se les leyera la cartilla y se les presentara el finiquito que merecen en justicia, ni más ni menos. No pueden quedar impunes las denuncias de Wikileaks que todos consideran ciertas; el sometimiento del Estado a intereses extranjeros; nuestra participación en guerras injustas como la de Libia; el no esclarecimiento del 11M; la permanente trampa legislativa que ha conculcado los derechos civiles; el saqueo del Erario mediante actos locos, irracionales o pervertidos, cuando no directamente corruptos; los saqueos que han sido las subvenciones a amiguetes y coleguis; la arbitrariedad en la adjudicación de contratos; la desindustrialización de España; el negocio del desempleo para los pérfidos sindicatos; la permisividad en el despido de trabajadores por parte de los tiburones y con el consentimiento de los podridos sindicatos; la liquidación del Estado como ente nacional único; la corrupción nacional galopante que nos aqueja; la impunidad con que han actuado; la negociación sospechosamente colaboracionista con terroristas; y el haber gobernado España como si fuera un cortijo propio. Si la Justicia debe ser rehabilitada, debe comenzarse aplicando la ley a los sociatas, quienes deben responder legal y políticamente de cada uno de sus actos. De otro modo, más que desempleo o Justicia, habrá para ellos retribución por intentar destruirnos en nuestros credos, derechos y como nación, e impunidad a manos llenas, brindándoles una nueva oportunidad de volver por tercera vez a perpetrar lo mismo. Algo que, se vea como se vea, no se debe consentir bajo ninguna excusa, a no ser que los sucesores pretendan hacer otro tanto y también gozar de impunidad a sus atracos.
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