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Pelotas
Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 4 de abril de 2011, 09:24
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Uno puede entender perfectamente que algunas personas sean partidarios de algo o de alguien, siempre que ese partidismo no les haga renunciar a su voluntad o a su propia identidad. De perderla, no serían ellos, sino ello. Por eso me sorprenden, sin poder evitarlo, las filias incondicionales que no sean a Dios.

Vale que se sea así con un hijo, que es la propia carne y la propia sangre en un orden sucesorio; pero, ¡caramba!, en lo político está uno de incondicionales, fanáticos, talibanes y dementes semejantes hasta el colodrillo, quienes no sólo renuncian a su propia dignidad y a su propia personalidad por adular al jefe, al que les sostiene, al que les proporciona el pienso o a quien les consiente el trinque, sino que también renuncian a cualquier atisbo de inteligencia y de individualidad, pasando a ser como parte de una colmena. Me refiero, naturalmente, a los pelotas.

Los pelotas son una suerte de entes que, desde los lejanos tiempos de la escuela, me producen profundas náuseas. Después de sacar a la pizarra a aquella suerte de mico en dos patas y de recitar el tema como un magistral catedrático que hubiera concebido la lección misma, le preguntó el profesor al primate en cuestión que qué nota quería por disertación semejante, y éste respondió, meciéndose como un tímido autista que se recogiera sobre sí mismo, que un cinquillo. Naturalmente, al instante, desde los pupitres le cayeron encima toda suerte de objetos inciso contundentes, desde pelotillas a cuadernos de aquellos gordos que usábamos por entonces.

Si a él, que era un empollón de toma pan y moja (¿qué otra cosa que estudiar podía hacer quien de haber salido a pasear hubiera producido pánico social?), le ponían un cinquillo por haber bordado el tema, ¿qué debían ponernos a nosotros que estábamos emparentados en lo académico con la familia de los asnos?... Por eso, cuando por entonces no teníamos tantas leyes liberticidas y memas como las que desde que están los sociatas nos conciernen y encierran, los pelotas eran distinguibles por una característica muy especial, su occipucio plano, resultado evolutivo de estárselo alicatando a collejas desde la mañana hasta la tarde durante todo el calendario lectivo. Ya se sabe que la función crea el órgano. Incluso aún hoy, si uno se fija bien, en buena parte de sus señorías parlamentarias se puede apreciar ese indeleble distintivo.

Los pelotas, en fin, siempre me parecieron una especie tan prescindible como repugnante. Es más, creo sinceramente que la humanidad dará uno de sus mayores pasos adelante el día que se anime a prescindir de ellos, bien sea por modificación genética o por estirilización de la población propensa a producirlos. Y creo que no es una opinión personal, sino que está bastante extendida. Decía Sir Francis Bacon que “la bajeza más vergonzosa es la adulación”, y su razón no le faltaba, porque cuando uno está ante un pelota sabe que está ante un miembro o un correveydile del señor de éste, de alguien que está ausente y que tiene poder para hacer tele-pupa (pupa a distancia, para sociatas). Porque el pelota, además de infame, suele ser chivato, acusica y denunciador profesional, ya que el lamedor está dispuesto a vender a su misma madre a rodajas por obtener de quien le hace sentir como ser humano (sin serlo) una caricia en el lomo o una patada en salva sea la parte.

Y esto, precisamente, es lo que siento cuando presencio a la cohorte socialista en el Congreso, o aun cuando me pongo ante el televisor para ver uno de esos programas de debate en que opinadores a sueldo de distintos partidos se baten el cobre vertiendo sus infundios. Si hay un sociata, oiga usted, es como que estuviera presente un miembro… qué se yo, de Zapatero o de Rubalcaba. No cesan de hacer guiños a sus amos repitiendo consignas y adoptando histriónicas poses de lealtad inquebrantable con los Principios del Movimiento (perdón, del partido, quiero decir).

No importa en qué mascá les hayan sorprendido a sus amados jefazos, si en los EREs de Andalucía, en el tocomocho de los sindicatos, en el escatológico desastre económico en que nos ahogamos, en sus factorías de ultras y parados o en el presumible acto más que delictivo de que, con el fin de que su amo pase a la Historia, suplicantemente hayan negociado de rodillas con ETA y les hayan ofrecido toda toda suerte de gracietas y ventajas para sus pistoleros, mientras los jefazos mentían a mansalva al país entero, a las Cámaras, a Rita la Cantaora y al Santo Misterio. Pues nada, que los pelotas permanecen leales al cacareo partidario, dispuestos a hacer donaciones de sangre a favor de la tendencia de su amo y señor, así haya fusilado con nocturnidad a la infancia de varios pueblos y se desayune con niños crudos. Están dispuestos a dar los giros que sean necesarios a la verdad para que parezca que no lo es y que la mentira más abyecta es cierta, renunciando a su condición de personas y de individuos.

Uno, claro, piensa que alguien debería quedar en ese partido con la dignidad suficiente para ver lo que hay y discrepar de la postura oficial y hasta rebelarse contra estos hechos, siquiera sea un solo justo (como en Sodoma) que salve al partido viendo lo que todos los que no somos de ese adoctrinador partido vemos; pero ellos no, por lo que parece no queda ni un solo justo y por eso les va a llover fuego del Cielo. Muy por el contrario, da la impresión de que la condición sine qua non para militar en las filas de ese partido, tanto más para ocupar un cargo, es la de ser pelotas redomados -¿lo cojen?- y consumados. Algo que, claro está, sólo puede obedecer, o a una clonación hoy por hoy prohibida por ley, o a un lavado de cerebro tal que más que partido los sociatas serían una secta, o, aun, a que en ese partido sólo se aceptan pelotas en toda regla que, o dan grasa al jefe a tutiplén y se anulan como seres, o que ya vengan así de fábrica.

En el desmedido afán de sus señorías sociatas por ser figurones -¿de qué, si no, iban a vivir con luces semejantes?-, no perciben como vemos desde fuera el espantoso ridículo que hacen al pelotear tan mezquinamente al jefe, cuando todos los hechos, las pruebas y el mismo sentido común le condenan. Cobistas, lameculos, carantoñeros, aduladores, candongueros, franeleros, lavacaras, chupamedias, comemierdas, lambiscones, quitamoscas, reverenciadores, loadores, cameladores, arrastrados, lisonjeadores, dadores de jabón, zalameros, corifeos, cepilleros, sicofantas, quitacepillos, sobones, tiralevitas y epítetos semejantes, son algunos de los idóneos calificativos que mejor definirían la profesión de fe de los pelotas adeptos sociatas.

A éstos, sin duda muy ilustrativos términos, se me ocurre añadir otros de mi propia cosecha no registrados en el DRAE, tales como baboseadores, mamasexos, placedores, besasuelas, hueleombligos, loapedos, besaculos, abanicadores, curvaespinazos, protolamedores, caretos, avientapalmas, culiagradecidos, recogecacas, untalomos y, en fin, una caterva inacabable de ellos para disponer de una mayor posibilidad de selección del más adecuado a cada gusto.

Tal es la riqueza de nuestra lengua, hoy tan denostada en nuestra propia casa y particularmente en la suya de ellos, los sociatas, si atendemos a la lamentable prosodia de su oratoria o a la incalificable gramática y ortografía de cuanto escriben algunas de estas versadas señorías en sus incalificables páginas, blogs o sitios de Internet.

 
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