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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Hechos sobrepasados


Rafael Pérez Ortolá


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
lunes, 4 de abril de 2011, 09:20
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Es una gozada observar lo que ocurre con el arte; sobre todo con los artistas y el moderno gremio de los “curadores”. Lo digo por los ABSURDOS CONTRASTES surgidos en torno a dichas realidades. Por fortuna, el verdadero arte se escapa de las manos; podremos hacernos con un cuadro, una película, un libro, pero el brote artístico es inasible. Apenas significa un destello breve si rozamos la realidad de sus características señeras.

De ahí lo divertido de las situaciones creadas por quienes pretenden el control de unas obras de esa naturaleza; es chistoso y penoso a la vez. El diálogo de la obra con el observador de la misma adquiere autonomía, con vibraciones o sin ellas, con sensibilidad o con rudeza. El que unos se consideren artistas, adoren la ceja del presidente gubernativo o se agarren toscamente a las subvenciones con servilismo; se distancia rotundamente del sello artístico. Las componendas de los “curadores” disponen de grandes sumas de dinero público, urden tramoyas complejas y organizan eventos; pero no logran sustituir al verdadero meollo del arte. Artistas, curadores y políticos, establecen unos hechos cuestionables, sobrepasados en gran manera por lo evanescente de unas obras que son incapaces de controlar, van por encima de ellos.

A la hora de los pronunciamientos, ¿Quién dice la verdad? ¿Se considera tan siquiera a la verdad como un bien prioritario? Una cosa son las proclamaciones, bien diferentes resultan después las comprobaciones. En conductas de este tipo, da un poco lo mismo si hablamos de la gente común o de las altas esferas, los deslices son habituales y generalizados. No ocurrirá lo mismo con las consecuencias, según la altura en los puestos de gestión desempeñados, que se diga la verdad o se mienta, derivará en una creciente repercusión. La introducción de las falsedades en las actuaciones sociales viene a realzar el valor de la SINCERIDAD, que quizá hubiera pasado desapercibida. Si buscamos un ejemplo notorio y despreciable a la vez, valoremos una noticia de estos días; pese a lo dicho en su momento, después del grave atentado terrorista en Barajas, diás después, el gobierno negociaba el perdón de los delitos de sangre. Se proclamaba una verdad y se destruía la sinceridad. Aquella verdad falsa queda superada por el valor de la sinceridad. ¿Con qué consecuencias? ¿Cuáles son las interpretaciones extraíbles?

Han sido y son frecuentes los intentos de clasificación de las personas. Las clases sociales, los puestos de ostentación, el dinero, los orígenes, el sexo; han servido o sirven en muchos casos para el deslinde de las posiciones atribuídas. Cada época se caracteriza por el uso de unas determinadas tablas, por unos esquemas. Si se les une el poder y la fuerza, no tenemos más que abrir los ojos para contemplar las desdichas de semejantes opciones. Las etiquetas empleadas no consiguen empañar el concepto del HONOR aplicable en cada uno de los sectores. Ya sé, es un concepto menospreciado, tachado de antiguo y fuera de lugar. Pese a ello, la evidencia resurge, el honor no reside en los patrimonios, nombramientos o nacionalidades; sino en las maneras responsables de las conductas. Se presenta como honoríficos oropeles y grandezas de baja estofa; con frecuencia logrados a costa de los demás seres humanos Si consideramos anticuado el honor, el horizonte se mantendrá en cotas muy bajas.

Rafael Argullol nos plantea un dilema perenne, “El pensamiento puede permitirse un amplio abanico de posibilidades. El sentimiento sólo puede ser un príncipe o un esclavo”. No podemos separar ambas cualidades, se nos impone el buen gobierno personal, o al menos el intento esforzado para conseguirlo, de aquellas cualidades. ¿Damos rienda suelta a los sentimientos? ¿Serán intrascendentes las maneras de pensar que practiquemos? Pronto comprobamos que dicho dilema no puede permanecer en una simple espontaneidad sin cortapisas. Se plantea la exigencia de una necesidad, la que dilucide el dilema, la de una implicación en el convencimiento de que la RESPONSABILIDAD es el mejor método. Por mucho incremento de normas, códigos, leyes o castigos, la verdadera superación requiere del mencionado convencimiento, y esa es una labor inacabada, de permanente actualización; pero inesquivable.

Los sucesos de cada día nos transmiten gran cantidad de acontecimientos. Si en algo somos modernos es en esa enorme capacidad transmisora, la rapidez va pareja con el alcance de la difusión. Menos fuste se aprecia en el contenido de los mensajes, en no pocas ocasiones se emiten disvirtuados, alejados de la sensibilidad humana. Aunque a veces descubrimos realidades chocantes, ministras que no saben lo que es la guerra, ministros que lejos de resolver las maquinaciones perversas las provocan como nadie, o mensajes electoreros que ya de entrada tratan a los ciudadanos como a unos ineptos. Se acumulan las posiciones desorientadas con esas cataduras. Como decía con sorna Erasmo en referencia a los científicos, deberemos tener mayor aprecio por aquellos personajes que más se aproximen al SENTIDO COMÚN, a ver si encontramos alguno con esa cualidad.

No es la justicia la principal trama de este mundo, es una evidencia archidemostrada. Las pasiones o los simples puntos de vista divergen desde los primeros impulsos, la dispersión es asombrosa. Como es lógico los choques dolorosos se multiplican, sufrimos sus embates irremisibles. ¿Nos consideraremos desasistidos en un desierto lleno de infortunios? Tal es la apariencia cuando observamos la realidad circundante. Olvidamos con suma facilidad los puntales disponibles para transformar las penurias en la fascinante AVENTURA de una convivencia sugestiva. Por qué olvidamos con esa asiduidad las capacidades racionales, el amor o la imaginación creativa, para estas bondades; esa parece ser una pregunta sin respuesta, o bien con múltiples respuestas que nos obstinamos en desdeñar. La desdicha se enfrenta a una superación sin límites; pero, eso sí, condicionada a un replanteamiento de las mentalidades. ¿Estaremos dispuestos a ello?

La obcecación de los depredadores ofrece contrapartidas subyugantes. Como en un festín de carroñeros, se lanzan afanosos sobre lo que encuentran con una energía desmedida. Sobre ese impulso no ejercen ningún control. Sin embargo, la misma tensión obsesiva les provoca descuidos importantes que benefician al resto de seres vivos. Descuidan los SEMILLEROS de todo tipo, de otras labores más concienzudas; sus ansias del momento no se detienen en los cultivos de otras cualidades. Y tampoco se trata de una actitud exclusiva de los animales portadores de dichas características. Una actitud similar se reproduce en los humanos, y por muy variados derroteros. Aún peor, se desahogan, a veces innecesariamente, con ciertas conductas degradadas; con ellas destruyen proyectos y personas, niños y la convivencia misma.

Unas veces con violencias elaboradas por instituciones (Guerras, corrupciones), otras, pergeñadas con carácter individual o a través de agrupaciones. Confiemos en las mencionadas semillas olvidadas por aquellos ejemplares con trazas un tanto monstruosas; de ellas podrán brotar unas renovadas elaboraciones de mejores circunstancias. Con sus buenos contenidos, permitirán la ilusión que nos encamine a una superación. ¿Será eso posible? O por el contrario, ¿Seguiremos apegados a los hechos mostrencos?

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