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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Million dollar baby', de Clint Eastwood

Almudena Muñoz Pérez
Redacción
lunes, 21 de marzo de 2005, 04:01 h (CET)
Para quienes digan que el boxeo sólo entra en cine de deportes, Million Dollar Baby es el mayor golpe a los aún vigentes prejuicios fílmicos y la demostración de que Clint Eastwood sabe reducir los pilares básicos de la realidad entre las cuatro esquinas del ring, exponiendo sin escalofríos novatos que es una de las miradas más límpidas del actual panorama norteamericano.

Si su principal logro es crear ambientes acogedores y cercanos ante personajes que distancian sus métodos de la presunción de inocencia del espectador, en su última película Eastwood añade la más sincera de sus alegorías, un impremeditado canto de cisne a la cumbre que ha alcanzado ya su carrera como director. Con el boxeo como excusa para la historia, nunca al contrario, asoman tres almas de un realismo casi cruel para la cámara, tres vidas que se enfundan ante una lucha que promete tanto despiadada como hermosa. Un entrenador que pelea con guantes de falso escepticismo, una joven promesa que presume de guantes de valentía, y un excombatiente que ha decidido hacer frente a sus derrotas con las manos despellejadas. Dos hombres y una mujer que dibujan un triángulo atípico y ya necesario para el cinéfilo hambriento. Sin duda alguna la mano que disparase décadas atrás en los desiertos de Almería ha ablandado su carácter de forma irreconocible, pero tampoco cabe duda en cuanto a su firmeza, su decisión en hacernos ver la zona no alumbrada por el sol en aquellos caloríficos westerns.

Puede que las dos partes en que se desdobla Million Dollar Baby, en lo emocional, lo rítmico y lo interpretativo, confundan a quien no escuche bien las frases de aviso de Morgan Freeman: el baile del boxeo y de la vida, pasos hacia delante y hacia atrás, protección constante, vigilancia extrema, un compás que ni el más preciso de los diapasones podría medir, y que terminan con el duro derechazo del juego sucio y las heridas abiertas contra las que es imposible encajar golpe alguno. El ascenso dramático que hace varios años empuja Eastwood, y que alcanzó sobresalientemente con Mystic River en el plano del silencio y el dolor, roza aquí una brutalidad visual y oral que mantiene la vista fija y la mejilla presta para el tortazo que nos abre los ojos.

Una preciosa oda a los perdedores y ganadores cotidianos, al punto muerto de los que no son ninguna de las dos cosas, a todos los padres e hijas que nunca se han dado un abrazo. Una verdadera historia de vida y muerte, por muchos goyas que quieran encaminarnos hacia otras veredas.

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