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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

Calendario de reuniones

Manuel Alcántara
Redacción
jueves, 10 de febrero de 2005, 00:43 h (CET)
Puede llegarse a la conclusión, notoriamente injusta, de que a los políticos lo que más les gusta es reunirse, quizá para ser alguien entre todos. Estas tormentas de cerebros encarecen el precio del agua mineral, única bebida que circula con toda libertad en sus reuniones, pero rara vez propicia acuerdos estables. Si los hubiera, no habría que reunirse en una próxima ocasión. Habrá que hacerlo, más o menos solemnemente, después del rechazo del plan Ibarretxe, que según el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, «no es el final de un plan, sino el inicio de un proyecto para Euskadi y España».

A lo que solemos llamar 'gente de la calle', le preocupa mucho sin duda esta áspera y antigua cuestión, pero están más pendientes de otras cosas, por ejemplo, la negociación de los convenios. Los señores Cuevas, Fidalgo y Méndez han fijado otro calendario intenso de reuniones para alcanzar un acuerdo en las semanas próximas. Tanto los líderes empresariales como los sindicales deben afrontar «importantes retos» en empleo y protección. Mientras otros hablaban del salario máximo de Amusátegui y Corcóstegui, ellos seguían hablando sobre la cláusula de revisión del salario mínimo interprofesional. Cada cuerdo con su tema. Siempre hay que confiar en el diálogo social, aunque sus protagonistas sean sordomudos. Se trata, nada menos, que de llegar a un acuerdo sobre los criterios que van a regir durante este año las condiciones laborales y salariales.

La verdad es que el porcentaje que se aplica como 'subida de la vida' es un camelo. Se conoce que quienes lo calculan no son los afectados por sus cálculos. Lo cierto es que mienten. La capacidad adquisitiva de las víctimas disminuye cada año. Si estuvieran más en la calle, sin disminuir el tiempo que pasan en sus despachos, los políticos sabrían que el aceite ha subido un 18% y el pollo un 16%. Ah, el pollo. Era el sueño de Carpanta. Ahora son de plástico y no aquellos atletas de paso a nivel, llamados por mal nombre picamierdas. Ni aún así tienen fácil acceso a ellos los que gozan de las ventajas del salario mínimo.

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