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La verdad sospechosa
Ángel Ruiz Cediel
La mitomanía no tiene nada que ver con la manía de algunos individuos por los mitos, y, por el contrario, todo que ver con esas personas que flashean la realidad, usando la mentira como un artificio para hacerla más soportable a su propio ego. Un trastorno severo de la personalidad que, por lo que se ve, está más que arraigado entre buena parte de los políticos que conforman nuestro actual Gobierno. Mentirosos compulsivos, ignoran que las mentiras casi siempre terminan por ser descubiertas, pues es casi imposible mantener un secreto cuando intervienen en él más de dos individuos, y, aún así, es casi imposible que se sostenga en el tiempo.
La mitomanía está muy emparentada con la paranoia, pues que los personajes que la padecen suelen, además, sentirse perseguidos cuando los demás dudan de sus mentirosos argumentos o delirantes razonamientos. Incapaces de comprender que están mintiendo o deformando la realidad, prefieren creer –y creen- que son los demás quienes les odian, les acosan o los persiguen porque, ¡qué curioso!, ellos están en lo cierto. Los mitómanos casi siempre se inventan la realidad, su realidad, y le conceden a sus mentiras una carta de naturaleza que le niegan a la realidad, de modo que pierden por completo todo contacto con ella. El delirio en que se instalan está urdido, a menudo inconscientemente, para soportar las verdades que son incómodas o insoportables para su egocentrismo, porque, sobre todo, el mitómano es una criatura que se considera a sí mismo un iluminado, un ungido, un ser especial elegido por el destino para llevar a cabo tareas colosales propias de los más memorables avatares. Su carácter hipertímico, al que frecuentemente están asociadas estas patologías, les facultan para ser crédulos hasta en el límite del delirio en que sus capacidades son extraordinarias, obviando que tienen en realidad conductas inestables, frívolas y equívocas, con inusitada frecuencia proyectando en los demás los graves defectos de sus propias personalidades.
Mentirosos compulsivos, la realidad se adapta a su ánimo de cada momento mediante la manipulación mentirosa, de modo que el mitómano puede defender como única y loable realidad una posición determinada y, un momento después, defender la contraria con el mismo aplomo, incluso sorprendiéndose de que los demás no entiendan con prístina claridad su clarividente juicio. Esta conducta errática, cuando al que la padece se le asocia al poder, convierte al individuo en un elemento particularmente peligroso por cuanto puede conducir a los gobernados a situaciones límite, si es que no a conflictos nacionales o internacionales de impredecible alcance. Y eso, por supuesto, por no hablar de los asuntos cotidianos como la convivencia social o la economía nacional, en los que lo mismo pueden enfrentar a la población por causa de sus delirios que quebrar la riqueza o proyección de un Estado. Buena parte –si es que no todos- los conflictos nacionales o internacionales severos han sido perpetrados casi exclusivamente por mitómanos que fueron elevados al poder, especialmente en esta nuestra modernidad en que hasta los idiotas votan y lo hacen más con el hígado que con el cerebro, por cuanto más valoran la imagen, pe subyugante discurso (que en realidad es la manifestación mitómana del delirio de grandeza inherente al mitómano) o la locuacidad del enfermo para culpar al adversario de sus propios fracasos o errores. La verdad del mitómano, en consecuencia, siempre es tan relativa a su estado de ánimo momentáneo como inconexa con la realidad. Incluso lo peor y más deplorable es para él aceptable, si es que se sale con su encanto y puede satisfacer su egolatría delirante, para lo cual no duda en recurrir a la mentira o los ardides más punibles, que son para él un arte.
Hoy sabemos con absoluta certeza moral que el Gobierno nos miente de forma cotidiana como una herramienta de uso, que en buena medida está conformado por mitómanos al servicio de un mitómano delirante. Lo sucedido con lo llamado negociación con ETA no puede sino ser considerado como una praxis mitómana en la que no han dudado, por alcanzar el bien mayor de satisfacer egos descontrolados que consideraban que si se alcanzaba un acuerdo pasarían a la Historia, en presentar como loable que el fin justifica cualquier medio, aun cuando éste haya sido mentir en el Parlamento, engañar a los ciudadanos y arrodillar a España ante unos simples pistoleros. Naturalmente, excusas no les faltarán a los mitómanos para justificarse, presentándolo como un bien mayor para la Nación; pero todo ello serán, nuevamente, verdades sospechosas que encubren severos trastornos de la personalidad y muy graves paranoias. Algo que ignorarán a propia intención, obviando que forman parte del problema y no de la solución, y, quién sabe si como don García en la obra de Ruíz de Alarcón, La Verdad Sospechosa, dirá el mitómano: “Quien vive sin ser sentido, / quien sólo el número aumenta, / y hace lo que todos hacen, / ¿en qué difiere de bestia? / Ser famosos es gran cosa, / el medio cual fuere sea; / nómbrenme a mí en todas partes, / y murmúrenme siquiera; / pues uno, por ganar nombre / abrasó el templo de Efesia: / y al fin es éste mi gusto, / que es la razón de más fuerza.” La culpa de todo, seguro, la tendrá la intolerancia y la persecución de los demás, y él /ellos, claro, son pobres incomprendidos que han trasgredido la ley, tal vez delinquido, en pro del bien común. Y no dimitirán, como es preceptivo y moralmente exigible, claro: ellos son la verdad y el mundo está equivocado.
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