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Sentido común
Luis del Palacio
Es, según el conocido juego de palabras, el menos común de los sentidos. Algo que puede comprobarse día a día, a la vuelta de la esquina, en las declaraciones de los políticos cuando tratan de justificar lo que no justificaban hace tan sólo unos años (me refiero, claro, a la “ilegal” guerra de Irak, frente a la “legal” de Libia) o cuando el juez Garzón decide denunciar al mismísimo Tribunal Supremo ante instancias internacionales (“alguacil alguacilado”) antes de dar su mano a torcer y admitir que se le impute por prevaricación; cosa que es muy lógico que no le guste, pero a lo que parece abocado precisamente por sus acciones pasadas.
Del sentido común -que no es sino la quintaesencia de un instinto que también tienen los animales, basado en la experiencia y en el correlato entre la causa y el efecto- parece que estamos dispuestos a renunciar nada más haber aprendido qué es y cómo funciona. Y en este aparente olvido interviene otro factor -el capricho, característica tan humana- que es el que garantiza su aniquilamiento: el sentido común es muy práctico, pero asimismo muy exigente; funcionará siempre que lo apliquemos, pero siguiendo sus leyes, no las nuestras.
Después de dos párrafos de teoría, paciente lector de esta columna, creo llegado el momento de poner un ejemplo reciente y trágico.
Se ha alabado con toda justeza la abnegación, disciplina y valentía del pueblo japonés ante la devastación que produjo el terremoto, seguido de un gigantesco tsunami, que ha sumido el norte del país nipón en un campo de desolación y muerte. La fuerza del Titán arrasó todo lo que encontró a su paso y las imágenes terribles de lo que ocurrió quedarán grabadas para siempre en nuestra retina.
Con todo, hay algo que salta a la vista: La catástrofe, inevitable y que habría tenido consecuencias mucho peores de no ser Japón un país puntero en tecnología, donde desde hace décadas se diseñan los edificios casi como si fueran de goma, ha producido la destrucción parcial de la planta nuclear de Fukushima, cuyo impacto en el medio ambiente y en la salud de las personas es todavía desconocido.
Y en este punto, queda en evidencia el carácter humano (“demasiado humano”) y, por lo tanto, dado a cometer errores, como cualquier otro pueblo, de los japoneses; y, por otro, el “capricho” que anuló el sentido común y les llevó a diseñar y construir una central nuclear a nivel del mar, en el país del mundo más dado a sufrir tsunamis (¡Hasta el propio nombre es japonés!)
Muchas tonterías se han dicho a propósito del accidente nuclear; uno de los tres más graves que ha habido hasta la fecha. Quizá la mayor -la de los defensores a ultranza de la energía atómica- haya sido afirmar que la seguridad de las centrales ha quedado demostrada en el hecho de que de las cincuenta y cuatro que existen en el archipiélago japonés, sólo ha habido una afectada ¡Como si ello no fuera más que suficiente!
Una vez más, el capricho de unos cuantos ha puesto la zancadilla al sentido común: La energía nuclear NO ES, por mucho que se insista, limpia (¿Qué se hace después con los residuos?) y las posibles consecuencias sobre el medio natural, en caso de accidente, son sobrecogedoras. Vivimos sobre un verdadero polvorín y es más que probable que ya no nos sea dado volver atrás.
No hace falta ser experto para opinar sobre la energía nuclear; tan sólo tener un poco de sentido común. Justo el que han demostrado los votantes de Baden-Würtenberg, que el pasado domingo retiraron su confianza a Agela Merkel y a su partido, vencedor en ese land desde hace casi sesenta años, empeñados en hacer la loa de las centrales nucleares pocos días antes de que fallaran los sistemas de seguridad del tercer reactor de Fukushima y el mundo quedara sembrado de incertidumbres.
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