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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Mar adentro, caos afuera

Roberto Carbajal
Redacción
martes, 8 de febrero de 2005, 17:08 h (CET)
PEDRO ALMODÓVAR necesita desesperadamente un secuestro o quizá una lapidación en la plaza pública para ganar un premio en España, pero estoy seguro de que con ser doloroso nunca le infligirían tanto sufrimiento como no ver reconocido su extraordinario talento año tras año por sus compañeros de profesión.

¿Qué ha hecho para merecer esto alguien como él? Tal vez se confiese culpable por haber sido responsable de que desde hace algún tiempo el cine español comience a ser venerado fuera de España, dejando en evidencia a muchos de sus homólogos. Buscar paralelismos entre la obra de este manchego genial y los inefables subproductos que ponen en circulación algunos de sus pretendidos colegas es un insulto a la inteligencia animal. Almodóvar ha lanzado estrellas al firmamento europeo de la talla de Javier Bardem o de Antonio Banderas, ha hecho renacer el interés foráneo por nuestro cine en teatros estadounidenses o franceses, pero da la sensación de que le aqueja el síndrome de Spielberg. Como al cineasta español, al autor de 'La lista de Schindler' los premios Nobel del cine le dieron la espalda durante años en su país, hasta que la excepcional puesta en imágenes del genocidio nazi acabó por vencer toda resistencia.

Recientemente, los Goya han situado en su olimpo a otro de nuestros estandartes cinematográficos. Con catorce 'cabezones', Alejandro Amenábar salió del Palacio de Congresos como una apisonadora. Y no sin cierta justicia. Su 'Mar adentro' cuenta con todas las bendiciones en nuestro país y en otros, pero quizá hemos de preguntarnos si el tema central de la película rinde al ser humano más frío y relaja las neuronas más allá de lo deseable. Amenábar lleva dos días escribiendo películas, pero el joven cineasta despliega un talento tan portentoso que es difícil no ver en él a un creador en el que nuestro cine ha de mirarse ineludiblemente. Se queja Almodóvar del mecanismo de votación vigente en la Academia de Cine para elegir a los propuestos para los premios. Desde el 2002, el sistema se celebra a dos vueltas: en la primera, solo los miembros de cada oficio sacan adelante cuatro candidaturas de su profesión, que posteriormente son votados por todos los miembros en una segunda ronda. Almodóvar sostiene que es una forma perversa que da lugar a poner de largo nuestro defecto más lacerante, la envidia.

Tal vez el sistema de votaciones no sea el más acertado, pero nuestra cinematografía tiene asuntos capitales que resolver y el de los premios constituye un asunto irrelevante en comparación con lo que nos jugamos. Lo que algunos llaman industria, se queja de que tres millones de espectadores han dado la espalda a nuestras cintas. Echan la culpa a la arrolladora presencia de la maquinaria estadounidense y piden la excepción cultural para que el Gobierno español preserve con más subvenciones nuestro cine. Quizá estos genios llamen cine a torrentes, isidisís o pocholos salidos de la factoría del otrora lumpen proletario Santiago Segura; ahora, gente como Fernando Trueba reclama de las autoridades la protección extrema al estilo francés, ante lo que juzgan una amenaza intolerable de los estudios americanos que, por cierto, le concedieron un Oscar. Pero la historia de la humanidad nos ha enseñado que solo desde la adversidad y la ambición es posible sacar a la superficie lo mejor de la creatividad humana. A Amenábar nadie le ha regalado nada y sostiene que en nuestro país hay una crisis en la creación patente. Y sabe de lo que habla. En primer lugar, el cine ha de tener forma de industria, abandonar el ombliguismo y apartar a reinonas que llevan años cargando de lastre este arte maravilloso con guiones infames, que aunque alguien se empeñe no pueden calificarse como cultura. De las 124 películas que se rodaron en España en el 2004, una inmensa mayoría aparecerán en vídeo sin haber sido estrenadas. Buscar chivos expiatorios en este asunto está fuera de lugar. Veamos si no cómo la ficción española ha arrinconado en el gueto a las teleseries americanas, con las armas de ideas brillantes magníficamente interpretadas y ambientadas. Este debe ser el referente, el ingenio, y nuestro país en eso es toda una autoridad.

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