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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
Demos un respiro al programa de rescate hipotecario


Robert J. Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
martes, 29 de marzo de 2011, 08:42
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WASHINGTON - No pasa a menudo que la administración ponga en marcha un programa sustancial que logra sus principales objetivos a una pequeña fracción de su coste estimado. Ése es el mérito del TARP - el Programa de Ayuda a Activos sin Liquidez.

Creado en octubre de 2008 en el apogeo de la crisis económica, ayudó a estabilizar la economía, consumió sólo 410.000 millones de dólares de los 700.000 millones asignados y la mayoría de ese importe será reembolsado. La Oficina Presupuestaria del Congreso, que en tiempos proyectó la factura final del TARP en los 356.000 millones de dólares, ahora habla de 19.000 millones. Podría ser menos.

Nunca lo hubiera dicho

A casi todo hijo de vecino le encanta odiar el TARP. Es el deporte político favorito de izquierdistas, conservadores, Republicanos, Demócratas -- y de la opinión pública. Una encuesta Bloomberg llevada a cabo el pasado octubre preguntaba hasta qué punto había afectado negativamente el TARP a la situación económica. El resultado: el 43% dice que debilita la economía; el 21% dijo que no supuso ninguna diferencia; sólo el 24% dijo que era de provecho, con el 12% inseguro en un sentido u otro. Los columnistas del Wall Street Journal al New York Times menosprecian el TARP.

Error

Una moraleja de la crisis económica es la siguiente: cuando el sistema financiero entero es presa del pánico, sólo la administración pública es lo bastante fuerte como para evitar el colapso integral. Los episodios de pánico denotan el triunfo de la incertidumbre. El programa TARP era parte del mecanismo en virtud del cual se superó el miedo. No fue la única parte, pero fue parte esencial. Sin el TARP, hoy estaríamos peor. Nadie puede decir si el paro se situaría en el 11% ó en el 14%; desde luego en el 8,9% no estaría.

Eso benefició a todos los estadounidenses. El TARP, dice Douglas Elliott, de la Brookings Institution, "es el mejor de los grandes programas federales en ser despreciado por la opinión pública".

El origen de la indignación no es ningún secreto. Los banqueros son culpados de la crisis e injuriados. El rescate de la banca -- finalidad principal y más importante del programa TARP - fue impopular instantáneamente. La mayoría de los estadounidenses, dice Elliott, "piensa que el contribuyente gastó 700.000 millones de dólares a cambio de nada".

Lo que se deja esto -- al margen de ser factualmente incorrecto -- es que la alternativa promovida en aquel momento era la nacionalización generalizada de las instituciones bancarias. La factura habría sido varios órdenes mayor; los problemas prácticos habrían sido tremendos. En esta tesitura, el programa TARP invirtió 245.000 millones de dólares en instituciones bancarias (y alrededor de 165.000 millones en otros programas). El capital adicional ayudó a recuperar la confianza. Mientras tanto, la Reserva Federal elevó su préstamo; la Corporación Federal de Protección de Depósitos garantizó 350.000 millones de dólares en préstamos al sector. Los bancos reanudaron la actividad de préstamo interbancario porque recuperaron la confianza en que las deudas iban a ser extinguidas.

De los 245.000 millones de dólares invertidos en instituciones bancarias, el Tesoro ya ha recuperado alrededor de 244.000 millones, incluyendo intereses, dividendos y líquido procedente de opciones de participación vendidas. De forma que el rescate bancario ha obtenido lo comido por lo servido. Cuando se extingan el resto de obligaciones del TARP, el Tesoro espera una rentabilidad total de alrededor de 20.000 millones.

Casi todas las actividades del TARP han sido desagradables. Desde luego fue el caso del rescate de General Motors y de Chrysler. Pero la quiebra de los fabricantes de vehículos habría agravado claramente un paro ya siniestro. ¿En serio queríamos que estas empresas cerraran vendiendo parte de las plantas a fabricantes extranjeros? De los 80.000 millones destinados al rescate del automóvil, el Tesoro espera un reintegro en torno a los 65.000 millones. La administración sigue siendo titular de alrededor del 33% de GM y el 9% de Chrysler. En contraste, la venta de su participación del 92% en AIG, el gigante asegurador, podría obtener un beneficio limitado.

Hemos de recordar que el TARP fue un programa delicado para momentos delicados. Ha cometido sus errores: los pronósticos de la administración Obama de que proporcionaría margen de pago de las letras de la hipoteca a entre 3 y 4 millones de titulares de una hipoteca se han quedado muy cortos (la cifra actual ronda los 600.000). Pero la finalidad más amplia de ayudas a tranquilizar los mercados se cumplió. El coste ha sido inferior a lo previsto porque la ayuda se tendió de forma comparable al pánico, cuando las proyecciones de pérdidas estaban en su apogeo. A medida que la economía se recuperaba, las predicciones más pesimistas demostraron ser exageradas.

Algunas críticas vertidas contra el programa TARP son reflejo de la supervisión deseable por parte del Congreso, la Agencia de Responsabilidad Pública y el preboste general del Tesoro. Pero ciertas críticas son generalidades vagas que, examinadas de cerca, resultan muy sospechosas. Una alegación frecuente es que el TARP alentará a asumir más riesgos de forma imprudente porque las grandes empresas financieras ahora serán rescatadas si sus inversiones salen por la culata -- un problema que los economistas denominan "riesgo moral". El banquero mantiene su beneficio pero está protegido frente a las pérdidas, que asume la opinión pública.

Se trata de un tema grave, pero la herencia del TARP es en realidad la opuesta. Durante la crisis, los inversores en bancos e instituciones financieras sufrieron grandes pérdidas. No era previsible cuáles sobrevivirían y cuáles no - ni en qué condiciones. Es el mismo caso del futuro. De hecho, la extrema impopularidad del programa TARP agrava la incertidumbre de forma soterrada, porque sugiere que los políticos se abstendrán de hacer más rescates. El riesgo moral es más imaginario que real.

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