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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

Demasiados rechazos

Manuel Alcántara
Redacción
martes, 8 de febrero de 2005, 17:08 h (CET)
Hay que sentarse a la mesa con todo el que no eructe. A la mesa, no en la mesa, que es de tan mala educación como poner los pies en ella. Hay que sentarse a la mesa para comer y callar lo que diferencia a los comensales y para hablar de lo que les une, pero cada vez hay más incompatibilidades y mucha gente se niega a compartir el pan y la sal y la lubina con otra que no comparte sus ideas, o más bien su ideología política. Rajoy rechaza compartir estrado con Schröder y Chirac por haber «quitado poder a España» en la Unión Europea. Quizá sea la mejor estrategia para que no nos lo devuelvan. Llamazares acusa a Zapatero de «relacionarse con la extrema derecha». Parece como si nadie quisiera entenderse con nadie.

No es que uno crea que hablando se entiende la gente: es que está convencido de que si no se habla no hay entendimiento posible. De las discusiones y controversias rara vez sale la luz, ya que lo normal es que salgan chispas, pero a menudo se produce un pequeño acercamiento al otro, incluso algo parecido a la comprensión de sus posibles razones. El liberalismo consiste, entre otras cosas, en no descartar que el de enfrente pueda tener razón. No hay que tener miedo a debatir y a negociar. Lo que hay que temer en la misma proporción es el mutismo y la mentira. Muchos políticos y muchos 'mâitres' de grandes restaurantes están convencidos, como Talleyrand, de que Dios nos ha dado el divino don de la palabra para poder ocultar nuestros pensamientos, pero no podrán utilizar esa maravillosa facultad si no hablan.

Hay demasiados rechazos a sentarse a la mesa. No quieren abrir la boca ni para hablar ni para comer. Han elegido el enquistamiento y el mutismo. El mosqueo cerril de los unos con los otros y de los otros con los de más allá les conduce a tener las bocas cerradas para que no les entren más moscas. Vivimos la apoteosis de la inflexibilidad y la rigidez se considera una virtud, pero los políticos y los defensas centrales están obligados a tener eso que llaman cintura. Doblarse no es doblegarse. Ni romperse.

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