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Opinión
Etiquetas:   Con la mano en el corazn  

El futuro

F.L. Chivite
Redacción
martes, 8 de febrero de 2005, 17:08 h (CET)
El futuro nos pertenece a los vascos y lo escribiremos de nuestro puño y letra, dijo Ibarretxe. ¿El futuro nos pertenece? De acuerdo, no seré yo quien lo niegue. En cierto modo, es bonito que los políticos se expresen así, con esa ya tan familiar 'retórica parda', si se me permite la expresión. Pero lo que sean Euskadi, España, Europa en el futuro no tendrá nada que ver con los viejos sueños. Ni siquiera con las viejas realidades. Sino quizá con una especie de ambición bastante menos romántica. Por desgracia, los viejos sueños son eso: sueños viejos. Y no nos ayudan, siento decirlo. Al contrario, nos retienen. Nos confunden con sus entrañables melodías. Y nos pueden jugar malas pasadas.

El viejo sueño del nacionalismo vasco, el 'zazpiak bat', se podría ver reducido a un 'irurak bat' hecho trizas, a poco que el empecinamiento se anude sobre sí mismo. Porque (ya lo escribí una vez) dividir un país por la mitad no es partirlo en dos trozos sino hacerlo añicos. Un corte dolorosamente reproducido en el interior de cada familia. Conviene tener cuidado con los sueños porque a menudo se cumplen como si únicamente lo hicieran para burlarse con sarcasmo de nosotros. Recuerden las palabras de Santa Teresa que tanto citó Truman Capote: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas». ¿Sería posible sacar un poco la cabeza del agujero? El futuro está ahí. Es cierto. A veces parece incluso que viene a toda velocidad a nuestro encuentro. Como su tuviera la intención de darnos la primera en la frente. Porque prestamos muy poca atención a un fenómeno que aquí aún es nuevo pero que en el resto de Europa ya no lo es. Me refiero al hecho de que la sociedad que se está creando a nuestro alrededor es multirracial. A menudo nos ponemos pesados hablando de nuestras pequeñas y ridículas diferencias. Las adornamos, las buscamos con lupa, las inventamos. Hacemos verdaderos esfuerzos para creérnoslas. Pero basta con echar una ojeada a la plaza para toparse con las auténticas diferencias en todos los sentidos. La sociedad que viene no será sólo políticamente plural, sino también multicultural y multiétnica. Una sociedad donde el color de tu piel, el origen de tus antepasados o tu propia historia personal no tendrán ninguna relevancia especial ante las instituciones. Espero que así sea. En la escuela pública de mi pueblo hay actualmente niños cuyos padres proceden de quince países distintos, casi todos extracomunitarios. Pasear por la calle es muy ameno por el simple hecho de tratar de averiguar en qué idioma habla la gente que pasa. El pasado ya sabemos cómo es: triste y violento. Puede que el futuro también lo sea. O puede que no.

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