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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Coda para españoles

Javier Vega
Redacción
martes, 8 de febrero de 2005, 17:08 h (CET)
Mientras estaba escribiendo sobre la imagen de 'presidente accidental' que los demócratas asociaron a Bush, tras su accidentado acceso al poder en 2000, se me hizo evidente un cierto paralelismo con la situación española en 2004. Si antes del 11 de marzo la campaña de Zapatero prohijó la imagen unitaria de Kennedy y su Nueva Frontera, la forma accidentada en que luego se produciría su acceso al poder vino a cambiar todas las estrategias. En primer término, la del Partido Popular.

No pudiendo dar crédito a la manera fortuita y totalmente inesperada en que había perdido las elecciones, el Partido Popular cayó ineluctablemente en la tentación de tratar a Zapatero como 'presidente accidental'. De pronto toda su estrategia para reconquistar el poder pareció basarse en deslegitimar al presidente y l@s ministr@s, ya fuera por sus acciones en política interior, exterior, o de 'alta sociedad'. Incluso en los asuntos de la lucha antiterrorista se insinuaba de forma insidiosa la existencia de motivaciones ulteriores en el Gobierno, mientras se alababa la actuación de las fuerzas policiales. No digamos ya las teorías conspirativas sobre conexiones ETA-PSOE-Islamistas para derrocar al Gobierno Popular, alimentadas por los sectores más duros del partido.

De forma parecidamente ineluctable, pareció que a Zapatero no le quedaba otro remedio que relegar el modelo Kennedy y adoptar (¿glup!) el modelo Bush: puesto que estaba siendo puesta en cuestión su legitimidad tenía que hacer lo necesario para cambiar la imagen de 'presidente accidental' por la de 'líder providencial'. Y, para ello, ha recurrido a la misma fórmula:

-Meterse a la gente en el bolsillo a base de simpatía y populismo.

-Hacer gestos políticos descaradamente partidistas, muy escorados hacia quienes nunca van a cuestionar sus motivaciones.

Si a Bush no le importó la antipatía exterior, ni polarizar al electorado americano en dos mitades irreconciliables, porque se garantizaba así la permanencia en el poder; a Zapatero no le importa la antipatía de EE UU, ni la de varios millones de españoles, porque está logrando lo que buscaba. No solo está ganando la legitimidad para este periodo sino que, al poner en el centro del tablero las dos obsesiones que más fatigan y fustigan al imaginario español -el terrorismo y el separatismo-, sabe que su 'solución' le ganaría, como mínimo, una segunda legislatura.

De la misma manera que con su estrategia los demócratas cayeron en manos de Bush, Zapatero había contado hasta ahora con la inestimable ayuda de los populares para salirse con la suya; pero tal parece que con el nuevo año Rajoy ha llegado a la conclusión de que a todos nos conviene que Zapatero gobierne desde el centro. Para lo cual debe centrarse, en primer lugar, el PP. Se trata de uno de esos axiomas políticos que va en contra de la intuición: no es lo mismo que el gobierno se polarice voluntariamente (en cuyo caso deja un hueco en el centro que puede ser ocupado por la oposición) a que parezca forzado a polarizarse porque la oposición ha adoptado posiciones extremas. En este segundo caso el centro se convierte en territorio intransitable para ambos partidos, so pena de parecer blando y dubitativo.

Hay una facción del PP que no se resigna e insiste en presentar a Zapatero, por un lado, como blando y dubitativo y, por el otro, como un extremista dispuesto a desintegrar el sistema y pervertir las costumbres. A parte lo difícil que resulta hacer llegar este mensaje contradictorio a electores que no sean ya votantes incondicionales del PP, hasta ahora ha producido el efecto contrario: está permitiendo al PSOE poner en práctica impunemente los aspectos maximalistas de su programa, galvanizando el voto ex-abstencionista de izquierdas y ganando popularidad en Cataluña y Vasconia, sin pérdidas aparentes entre sus bases tradicionales.

Muchos neoconservadores aún no han asimilado que si la imagen del héroe popular americano es la del cowboy puritano que 'saca' más rápido que los cuatreros, el héroe español contemporáneo se encuentra en las antípodas: es pacifista, tolerante y profano. Fantasean con que a la larga conseguirán hacer mella, pero temo que confunden la realidad con sus deseos. Si les quedara memoria para remontarse a algo más atrás, pero mucho más próximo, recordarían el estrepitoso fracaso del PSOE cuando le aplicó la medicina deslegitimadora a Aznar, en su primera legislatura, o el fracaso de Aznar como cowboy en la segunda.

Es comprensible. Si perder las elecciones de la forma que lo hicieron ya es de por sí una herida difícil de cerrar, contemplar la posibilidad de que el PSOE se ponga la medalla de terminar con ETA y los conflictos autonómicos ha de resultar una pesadilla insoportable. Máxime cuando en el PP creían que esa medalla se la iban a poner ellos y, es más, formaba parte fundamental de su estrategia para mantenerse en el poder por tiempo indefinido (en esto, PP y PSOE no se diferencian en nada).

Pero tal como se han desarrollado los acontecimientos, la postura inteligente es la de Rajoy: colaborar con el PSOE para que el fin de ETA sea definitivo y los conflictos autonómicos queden despejados por otro cuarto de siglo. Solo de este modo se podrá convencer a los españoles de que el mérito es de todos. Aún más, Rajoy debiera favorecer que CIU, ERC, PNV, IU, etc. también se apunten el tanto. Cuantos más padrinos tenga la victoria menos posibilidades de que nadie la capitalice en exclusiva. Pero, sobre todo, porque es la única forma de que se consolide esa victoria.

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