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Hammurabi redimido
Ángel Ruiz Cediel
Siempre tuve serias dudas sobre la estabilidad emocional y la integridad moral de los hombres que, como profesión, eligen convertirse en jueces de sus semejantes, como la tengo en esos mismos planos de los llamados abogados, ejerzan o no como fiscales, quienes pueden –y de hecho lo hacen- defender a un criminal sabiendo que lo es, o acusar a un inocente con plena conciencia de que están siendo injustos.
Bajo el eufemismo de legalidad se amparan unos y otros, convirtiendo a la Justicia en algo indecoroso y degradado, y facultando que la culpabilidad y la inocencia no lo determinen los hechos, sino las sentencias interesadas. Una barbaridad ésta que es particularmente común en un país como España, donde no hacen falta pruebas para condenar a un inocente –basta con lo que el juez entienda como indicios lo que le dé la gana-, donde es habitual que el acusado deba demostrar su inocencia y donde, como consecuencia de todo esto, las sentencias son especialmente seviciosas con los inocentes y donde las calles y los estamentos políticos, especialmente, están atiborrados de culpables impunes.
Raro es el día en que los togados no nos estremecen con sus arteras maniobras y sus sentencias indecentes, provocando en las masas un deseo concupiscente de tomarse la justicia por la propia mano –o desear que otros lo hagan- para paliar los desafueros en la aplicación de las leyes que perpetran quienes tendrían la obligación de hacerlas cumplir o castigar a quienes las infringen. Hammurabi, así, es secretamente redimido, atado al presente e impedido de caer en el olvido. Si alguien tiene el poder de condenar o perdonar, sólo y exclusivamente es la víctima, o, en su nombre, aquéllos que con el daño perpetrado fueron víctimas subsidiarias, tales como la familia o los deudos; pero es que todavía es más así, cuando la ley iguala una vida arrebatada con extrema crueldad con unos meses de prisión menor y muchas licencias, pudiendo el criminal volver a atentar contra otros y multiplicarse e infectar el mundo, mientras sus víctimas yacen el sueño eterno de los justos. Hammurabi, cada vez que se dicta una sentencia en este país de pillos, emerge de su edad remota para fomentar los deseos de justicia de las víctimas y sus deudos, y para consolarlos.
Culpable es quien perpetra un daño contra otro, pero también quien lo ampara o no castiga con la justeza que el acto requiere y exige. La ley sin justicia es tiranía, y habitamos un país de tiranos en todos los aspectos de la vida: discriminación legal, extorsión legal, hurto legal, atraco legal, impostura legal. Pero de todos los delitos atroces a los que nos hemos acostumbrado, el más terrible es aquél que se perpetra contra la vida de otro, y tanto más si la víctima es una criatura indefensa. En las mentes de todos están los numerosos casos en que niñas indefensas fueron torturadas y asesinadas con una crueldad extrema, y en la mente de todos están las dulces sentencias de sus asesinos, quienes pasean ahora por las calles cometiendo impunemente mil atrocidades más como si tal cosa. Total, los actos que manifestaron sus pervertidas almas sólo les han costado unos añitos, pocos, de estar privados de cierta libertad, pero respirando, sintiendo y hasta gozando.
La sociedad, debido a la podrida moral de los políticos, se ha convertido en una suerte de sentina donde lo más infecto es privilegiado, si es que no son ensalzados como héroes a quienes se les dedican libros y películas. Se ha demostrado incapaz, gracias a las leyes de estos infames leguleyos, de jueces, fiscales y letrados, de regenerarse, apartando de ella a quienes con su sólo respirar arrojan un baldón ignominioso sobre cualquier ser vivo con alguna clase de decencia. Pero todos estas bestias conspiran en libertad, espían en libertad, esperan en libertad su oportunidad de hacer tanto daño como les sea posible, emboscándose en su aspecto de personas, haciendo inseguras nuestras calles y aún la intimidad de los hogares, pero siempre buscando la oportunidad de poner cruento final a la paz de las vidas de los inocentes.
Cuando se dictan sentencias injustas que liberan criminales con penas parejas a las de haber hecho una gamberrada, en los corazones de los justos se reescribe con letras ígneas el Código de Hammurabi, y se desea con inusitada intensidad que una mano justa cualquiera, con la misma ley de los asesinos, compense los que lo servidores de la ley y las leyes mismas descompensaron, si es posible multiplicando el dolor extremo que los criminales produjeron a sus víctimas. Porque de justicia es multiplicar el dolor causado, siendo a la vez el castigo advertencia para otros criminales. Después de todo, los pueblos que son exiliados de la Justicia, tarde o temprano terminan tomándosela por su mano: ahí está la Historia.
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