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Opinión
Etiquetas:   A sangre fría  

Negros días de enero

Jesús Nieto Jurado
Redacción
viernes, 4 de febrero de 2005, 23:39 h (CET)
Madrid vivía en primera persona como los cimientos de la Transición cimbreaban ante el empuje de los fanáticos, en aquel frío enero de 1977, en el que los vientos de libertad y los que de ultratumba provenían del Valle de los Caídos, creaban en mi Madrid una tormenta de bíblicas dimensiones, en la que la tragedia y el odio estaban a la orden del día. Un 27 de aquel mes, un grupo de fanáticos, salvapatrias y ultracatólicos, penetraban en el interior de un despacho de abogados en el número 55 de la madrileña calle de Atocha para atentar contra los sueños de libertad de unos abogados que con su modesto trabajo, y con su férrea militancia pretendían que España se liberase por fín del yugo del aguilucho que durante mucho tiempo había aniquilado las inquietudes sociales y políticas de una España progresista, que bajo fosas o desde los Pirineos era defendida.

28 años después, Madrid vuelve a experimentar el dolor del odio en su propia piel, casi tres décadas después de los asesinatos y de la ejemplar reacción del comunismo español, el mismo espectro intolerante y canalla de nuestro país, amparado por esa bandera que nos pertenece a todos, vuelve a emplear la violencia contra los representantes públicos en una manifestación que aunque en un principio era de rechazo a la violencia, se convirtió, por obra y gracia ya saben ustedes de quién, en un “contubernio” contra la legitimidad del gobierno y en contra de la libertad.

Quizá, veintiocho años después, viejas convicciones y pensamientos cerriles no hayan pasado, quizá, la España del progreso y la libertad no sea más que una quimera condenada a desparecer por nuestros “defensores de la unidad de España”, que combaten el independentismo vasco o catalán, defendible desde perspectivas constitucionales, con esa bandera imperial que con “su sola presencia, prendados nos dejó de su negrura”.

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