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Opinión
· Artículo de opinión
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| Cáncer |
| Ángel Ruiz Cediel |
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A la vista de lo sucedido con Three Mille Island, Chernóbil, Fukushima o con los cientos de ensayos nucleares realizados por las potencias en todo el mundo, ustedes sabrán comprender que echarle la culpa íntegra del cáncer al tabaco no deja de ser algo jocoso, en el mejor de los casos. No digo yo que el tabaco sea inocuo, ni mucho menos, pero que obviamente ingentes cantidades de radiación han sido vertidas a la atmósfera y se han depositado en suelos, lechos fluviales, capas freáticas y huertas de todo el mundo, es algo más que un hecho, y si a eso le añadimos que esos isótopos radiactivos tardan milenios en descomponerse, pues queda claro que el cáncer de mama de esa mujer de cualquier rincón del planeta o esa leucemia de cualquier infante el mundo no son sino una consecuencia más que directa de lo que llamamos energía nuclear, se use ésta con fines bélicos o de los mal llamados pacíficos.
A menudo, el certificado de defunción de las personas se remite al último mal del finado –un fallo cardiaco, por ejemplo-, desconsiderando que todo el mundo muere porque le falla el corazón, independiente de la enfermedad que padeciera. Con el cáncer sucede algo parecido, y nadie en su sano juicio, por estúpido que sea, puede achacarle sin equívoco la causa de ese mal al tabaco y negar la influencia del agua contaminada, los tomates de Palomares, la radiactividad que ha arrastrado el aire desde Japón o Rusia o los isótopos radiactivos que estaban fluctuando en la atmósfera desde que se hicieron tales o cuales pruebas nucleares. Y con las malformaciones congénitas, cómo no, se puede argüir otro tanto.
Muchas veces, las causas oficiales de las muertes enmascaran las verdaderas causas de las muertes que se producen. Lo del tabaco, con todo, suena a excusa para tontos. Es como el asunto de la contaminación, que sólo parece preocuparles a las autoridades cuando la boina de polución es bien visible en las ciudades o cuando en un lugar concreto se detecta –siempre tramposamente- una cantidad insana de ésta. Uno, naturalmente, puede escalar el Kilimanjaro o irse a la profundidad más salvaje de la selva brasileña, medir, y comprobar que allí también existen grados intolerables de polución, por más que en cientos de kilómetros a la redonda no haya un solo coche o que la industria más próxima vierta su muerte líquida o gaseosa a miles de kilómetros de aquel punto. La polución no se descompone sino en decenas o en cientos de años, entretanto sólo sucede que se la lleva el viento de acá para allá, a imagen y réplica cómo los isótopos radiactivos no se hacen inocuos sino en decenas de miles de años, y mientras el viento se los lleva de acá para allá, sembrándolos por todo lugar y dejándolos aprisionados en un alimento de huerta, en las ubres de una vaca o en el agua de un río cualquiera.
El cáncer, es obvio que es un invento de las potencias. Cierto que existía antes de que estas potencias fueran otra cosa que proyectos en formación en la mente de Dios sabrá qué desquiciados, pero no lo es menos que sólo existía el cáncer de una forma… natural, digamos, porque un individuo había estado expuesto a radiaciones naturales. Hoy, sin embargo, es un mal de nuestro tiempo demasiado común, y echarle la culpa a los cigarrillos no deja de ser una cortina de humo –nunca mejor dicho- para tapar lo irracional de nuestro estúpido proceder como sociedad y de la falta de escrúpulos de algunos –casi todos- poderosos.
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