|
Por qué anda obsesionado con 'el liderazgo' el partido repúblicano
E. J. Dionne
WASHINGTON - Los líderes no operan en un vacío. Cuando hacen ajustes estratégicos, sus rivales también los hacen. El Presidente Obama acaba de provocar un giro así por parte de los Republicanos.
Ellos vierten críticas no a las decisiones que ha tomado, sino a las que no ha tomado y a las que ha aplazado. Ellos le atacan no por ser un ideólogo de la izquierda, sino por resistirse a cualquier definición ideológica. Si antes decían que sus planes eran demasiado ambiciosos, ahora preguntan si tiene algún plan.
El énfasis inmediato del nuevo enfoque Republicano es el prolongado periodo de deliberaciones del presidente en torno a Libia, lloviéndole críticas desde varias franjas del espectro del Partido Republicano.
Mitt Romney, probable candidato presidencial, difundía una sarta de adjetivos de denuncia - "provisional, indecisa, tímida y matizada" - para caracterizar la política de Obama hacia Libia. (Ya me explicará alguien el motivo de que "matizar" complejas decisiones en materia de política exterior sea algo tan terrible). Newt Gingrich llamaba "inepta" a la administración.
Y muchos conservadores Republicanos se han unido a los Demócratas de centro-izquierda para preguntar el motivo de que el presidente no solicitara la autorización legislativa para emprender la acción libia. "El ejército de los Estados Unidos no es el ejército de Su Majestad", decía el congresista Roscoe Bartlett, R-Md.
Pero los Republicanos habían empezado a cambiar sus líneas de ataque a Obama antes de la polémica en torno a Libia. Lo hicieron en respuesta a las maniobras de Obama desde los comicios de 2010 diseñadas para situarle por encima del enfrentamiento partidista en el Congreso y presentarle como la voz moderada, previsora y no ideológica que trata de trasladar la razón a los políticos enfrascados en refriegas improductivas.
Desde hace algún tiempo, los asesores del presidente defienden que Washington está paralizado en medio de peleas originadas en la política de la década de los años 30 y los 60, o en las batallas entre "centristas" e "izquierdistas" que animaron las desavenencias en el seno del Partido Demócrata de los años 80 y 90.
Al ser un político de próxima generación, aducen ellos, Obama es totalmente ajeno a las viejas rencillas y está dispuesto a impulsar a la nación más allá de ellas.
La estrategia también es un esfuerzo por contrarrestar la imagen creada durante la confrontación de la reforma sanitaria de que el presidente le ha cogido el gusto al intervencionismo legislativo. Como resultado, terminó siendo considerado más un líder partidista que un líder nacional.
Obama 2.0 hacía acto de aparición en diciembre cuando concedía a los Republicanos la prórroga fiscal de dos años de las bajadas tributarias del Presidente George W. Bush, incluidas las destinadas a las rentas más altas, a cambio de otras medidas para estimular la economía. Los asesores del Presidente se complacían al ver el consiguiente incremento de su popularidad.
A medida que el nuevo estilo calaba, Republicanos y conservadores se daban cuenta de que tenían que descolgar al presidente de su posición de Dios del Olimpo y convertir en una carga su desconexión de las luchas cotidianas de Washington. De esta forma, el secretario Republicano en el Senado Mitch McConnell, durante una aparición a principios de este mes en el programa de CBS News "Face the Nation", insistía en que su formación "está dispuesta a hacer cosas difíciles" para rebajar el déficit, pero decía que el presidente ha estado ausente. "¿Dónde está el presidente?" preguntaba McConnell entonces. "¿Dónde está el liderazgo?"
Los tertulianos conservadores también se están rasgando las vestiduras con el distanciamiento de Obama. "Si usted tiene curiosidad... por el paradero del caballero más poderoso del universo en materia de Libia, las radiaciones, la probable clausura de la actividad pública, el futuro de la seguridad o el creciente precio del crudo", escribe Kimberley Strassel en el Wall Street Journal del viernes pasado , "no vaya a la Casa Blanca a preguntar. Esas preguntas son duras. Esas preguntas corren peligro de error. Esas preguntas se pueden traducir en votantes descontentos".
En su página del portal de Fox News la semana pasada, el analista Dick Morris, firmando en colaboración con la consultora Eileen McGann, resumía sucintamente el nuevo discurso conservador: "Obama: De izquierdista a invisible (y todavía demasiado izquierdista)".
A corto plazo, los asesores de Obama pueden apoyarse en las encuestas para decir que la posición del presidente frente al estilo conflictivo de la capital todavía le está beneficiando. Un nuevo sondeo dado a conocer el miércoles por el Pew Research concluye que el 47% de los electores registrados son partidarios de la reelección de Obama en 2012 mientras el 37% prefiere que gane un Republicano. La imagen positiva personal del presidente se sitúa en un saludable 58%.
Pero una cifra de reelección del 47% sigue estando a bastante distancia de una mayoría. Y con tantos legisladores Demócratas inquietos por el momento en que la Casa Blanca aborde por fin los presupuestos, el argumento Republicano sobre la capacidad de liderazgo de Obama bien puede granjearse aceptación entre su propio partido. Es difícil que un presidente permanezca por encima de las batallas, incluso en un país que afirma despreciar las reyertas de Washington.
|