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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Juegos de guerra


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 23 de marzo de 2011, 09:03
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Para las potencias que nuevamente se han regalado el Día del Padre –como hace ocho años con Iraq- la guerra contra Libia, Gadafi no es un objetivo a batir, o, lo que vale lo mismo, la guerra para ellos es un juego en el que no tratan de derrotar al enemigo, sino sólo comerle algunos peones. Tal vez, pasado este embate y algún tiempo –una década o así, como en Iraq-, le inviten a Gadafi a otra manita, diciéndole como en la célebre película War Games: “¿Otra partidita, profesor Falken?...” Y sí, entonces, como en ese Iraq hoy convertido en un colosal matadero donde todos luchan contra todos como en un Pandemónium, liarán una Tormenta del Desierto II o así que tenga entretenidas a las potencias y ocupados a los fabricantes de armas inteligentes (incompatibilidad semántica ésta donde las haya).

Para mí que los chulescos defensores de los derechos humanos no saben ni lo que quieren. Digo, porque de querer evitar que se conculquen esos derechos humanos no hubieran estado tejiendo calceta mientras se masacraban millones de personas en Ruanda-Burundi o en Dafur, o siquiera sea, estarían combatiendo dictadores en vez de sostenerlos. Y lo digo porque este ahora renombrado tirano no llegó al poder ayer, precisamente, ni ha sido ignorado siquiera, sino que todos, comenzando por nuestro infausto Zapatero y nuestros impresentables socialistas, le han permitido montar su excéntrica jaima en sus predios, le han besado las manos y le han vendido toda suerte de armas con las que masacrar a su pueblo mientras ellos tejían a su socorrida calceta. El negocio, ya se sabe, es el negocio. Vamos, que no se entiende, como no se entendió que cuando tenían a huevo a Sadam le permitieran seguir en sus matanzas diez añitos más a la vez que ponían en sus siniestras manos a quienes, agitados desde Pentágonos y Casas Blancas con falsas promesas, habían puesto sus vidas en juego para derrocarle. Y las perdieron, claro.

Ya me complacería que la humanidad en su conjunto se embarcara en la tarea de poner freno y mordaza a todos los dictadores, pero me temo que, hoy por hoy, no estamos todavía maduros para eso. Ítem más, considero que quienes nos dirigen y comandan o no saben lo que quieren, o quieren lo que no sabemos. Lo de las revueltas hiede, como atufan estas guerras domingueras. Para ellos, a la vista de estos hechos, la guerra es un juego, un ir y dar matarile a unos cuantos y romper algunos juguetes, mientras dejan otros pocos y algunos otros juguetes para una siguiente batalla en la que consumir ingentes recursos bélicos que den trabajo a sus armamentísticas y generen impúdicos beneficios a éstas y a sus petroleras. Esto no es que tenga busilis, sino que apesta, que tiene un hedor a negocio que produce náuseas.

Juegos de guerra, en fin. Unos juegos en los que derribar al genocida no entra en los planes bélicos, quién sabe si con razón, a tenor de lo sucedido con el mimético caso de Iraq, en el que tengo más que claro que ha sido peor, mucho peor, el remedio que la enfermedad, toda vez que se siguió torturando y asesinando a destajo, lo que estaba unido se dividió y lo que estaba derecho se torció. Sólo obtuvieron beneficio los fabricantes de armas, las empresas privadas de reconstrucción, las multinacionales de la energía y los chorizos de antigüedades históricas.

Libia, por su parte, carece, que se sepa, de una historia única como la sumeria, y se podría decir que su única riqueza es el gas y el petróleo. Aquí, en consecuencia, hay poco que ganar, a no ser las multinacionales de la energía y los encargados de obtener las licitaciones de reconstrucción. Bueno, ésos y los de antes, los que fabrican los ingenios de muerte, quienes tendrán que rellenar el vacío de las santabárbaras de las potencias. Si uno se pregunta, como consecuencia de las cuestiones que plantean resoluciones uneras y los chulescos agresores-defensores-de-derechos-humanos, si esto es un juego de guerra para hacer negocio ya que el dictador está a salvo de castigo alguno, pues debe concluir que sí, que es un juego de guerra con el único propósito de hacer caja, ni más ni menos. Un juego que nos pone en el punto de mira de enemigos que no teníamos, y cuyos potenciales actos de terrorismo serán también negocio para los mismos defensores.

Pero ya se sabe que así funciona la economía de nuestros tiempos. Así, por supuesto, para ellos, los que organizan estas fallas con sus tracas y todo; para nosotros, los que las padecemos, representa una tragedia, un sinsentido que nos lleva a decir como en la película War Games: “Curioso juego éste, en el que la única manera de ganar es no participar. ¿Qué tal una partidita de ajedrez?...”

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