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Una apuesta a Japón
E. J. Dionne
WASHINGTON - La primera impresión de un país es a menudo difícil de cambiar.
Bien entrada la madrugada de mi primera noche en Japón en los noventa, miraba por la ventana de mi habitación de una planta alta de un hotel en el centro de Tokio. Lo que vi fue una enorme ciudad moderna y próspera de luces parpadeantes que irradiaba energía humana y tecnológica.
Y entonces me imaginé la misma escena en 1945. En su magnífico libro "Abrazar la derrota", acerca del Japón tras la Segunda Guerra Mundial, John W. Dower cita al primer periodista extranjero en entrar en Tokio tras el armisticio.
"Todo había sido aplastado", escribe Russell Brines. "Sólo la arquitectura se levanta por encima del paisaje -- las chimeneas de los baños japoneses, los refugios fuertes y un robusto edificio puntual de persianas pesadas".
Dower parte de ahí: "Las primeras fotografías e imágenes de informativo del territorio conquistado capturan estas incesantes vistas de escombros urbanos para la audiencia estadounidense a miles de kilómetros de distancia que nunca se ha hecho a la idea de lo que significaba realmente reducir a cenizas grandes núcleos urbanos". Dower señala que a nivel nacional, cerca de 9 millones de personas quedaron sin hogar.
Lo que se me ha quedado de aquella noche es la sensación de extraordinario avance del pueblo nipón en los años transcurridos desde el final de la guerra. Sí, Japón lleva deprimido algún tiempo. Pero si el país se ha visto afectado por la parálisis, es una parálisis de un nivel bastante elevado. Cada vez que leo sobre el declive japonés, mi reacción es: "Tal vez, pero..."
A la mañana siguiente me reuní con un amigo japonés, ardiente defensor de la reforma de las costumbres y la política del país. No pude resistirme a decirle que al mirar por esa ventana, me había sorprendido lo que había hecho posible el sistema japonés de postguerra y que si yo fuera japonés, probablemente desconfiaría de los reformistas. ¿Cómo no plantearse si las promesas de reforma estarían a la altura de los avances del medio siglo anterior? Al confiarme a mi amigo el reformista, me había tropezado con uno de los principales problemas de Japón: Viene reclamando el cambio y simultáneamente preocupándose por ser contraproducente.
No es por tanto sorprendente que desde que Japón se viera afectado por el terremoto, el tsunami y el desastre nuclear, me identifique por completo con todos los comentarios sobre "la resistencia" de Japón. Si alguna vez hubo un país que supera las desgracias, desde luego es este.
Pero se ha producido un fondo de duda. ¿Desatará realmente esta catástrofe la transformación que Japón lleva tanto tiempo buscando? ¿O simbolizará más bien la inevitable decadencia de una nación otrora poderosa que termina siendo víctima de una población estancada y de un sistema político y económico alérgico a la transparencia y las reformas?
Mi apuesta es al repunte, en parte porque siempre he tenido problemas para digerir una opinión popular entre los críticos de Japón como sociedad compuesta por una masa de conformistas estrictos definida por la incomodidad con los extranjeros y por un nacionalismo latente.
Esto pasa por alto las firmes corrientes de disidencia que animan desde hace tiempo la vida nipona. Han producido experimentación cultural junto a la parálisis política y una notable capacidad de apertura y adaptación en una sociedad descrita con tanta frecuencia como cerrada. Un redactor de Foreign Policy podría hablar hace una década del "guay nacional bruto" de Japón a causa del talento del país a la hora de absorber las influencias de una cultura globalizada y a su vez influir sobre ellas.
Sin esta capacidad, Japón no se podría haber reinventado de forma tan brillante tras la derrota total en la guerra. No habría sido tan hospitalario con las influencias extranjeras, empezando por el béisbol y el jazz, el rock y la democracia liberal.
Por supuesto, esta sociedad paradójica siempre ha confundido a los forasteros. Considerada a principios de los 80 como dominadora potencial del mundo, Japón era considerado en la ruina no mucho después. Con Japón, al parecer, siempre se produce un conflicto de percepciones. Ello reviste un problema particular a los pronósticos, los optimistas y los pesimistas por igual.
Y hasta el momento, los líderes políticos y corporativos de Japón no han afrontado esta crisis, contemplando la impaciencia de su propia población y la agitación del mundo en torno a los errores de la información oficial acerca de la situación de los reactores de la central de Fukushima Daiichi.
Pero el cambio político y social viene de abajo y no sólo desde arriba. Las formas espontáneas de solidaridad y la creatividad que ha movilizado la triple tragedia de Japón sugieren una sociedad que no ha perdido ni su ingenio ni su talento organizador. Al mirar a través de esa ventana hace más de una década, me pareció difícil hacer una apuesta contra Japón. Todavía me lo sigue pareciendo.
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