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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Kathleen Parker
Apocalipsis Then


Kathleen Parker


Kathleen Parker Kathleen Parker
martes, 22 de marzo de 2011, 08:45
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SAG HARBOR, N.Y. -- Todo el mundo quiere proteger a los niños. Es el cliché que colmó el vaso que cambió el rumbo de una rara combinación de circunstancias.

Pero pocos, al margen de buenas intenciones, se levantan del sofá para ayudar a los que tienen dificultades. La mayoría de nosotros - primera persona del plural - emitimos un sonido de simpatía, puede que presionemos algún botón de PayPal, y deseamos que el hombre y los dioses no fueran tan crueles.

Y luego están esos raros individuos que dejan lo que están haciendo y se lanzan a los peores lugares del planeta a echar una mano.

Jonathan Nash Glynn, reconocido artista de un municipio antes ballenero, pertenece a esta última categoría demográfica. El 13 de enero de 2010, la jornada posterior al tremendo terremoto de Haití, Glynn iba camino de la costa metropolitana de Florida a bordo de su Cessna de motor cuando cambió de postura. Haciendo escala en Miami sólo el tiempo suficiente para encontrar un techo a su copiloto -- un salchicha manchado llamado Lily - Glynn cogió unos mapas y encaró su aparato al corazón del desastre.

Sin saber si iba a encontrar una pista, Glynn transportaba 15 galones extra de combustible, suficiente para volver de la región de Haití. En el primero de los muchos casos de ayuda providencial, encontró un lugar para aterrizar en el municipio costero de Jacmel. El "aeropuerto" era una pequeña franja de grava y asfalto, entre dos cadenas montañosas de 3 kilómetros de altura donde se estrelló un Piper bimotor poco después de llegar Glynn. Glynn sólo tenía un GPS para orientarse.

Cómo decide uno meterse en un berenjenal así no se entiende con facilidad. Para Glynn, se trataba de un simple cálculo: Él tenía una avioneta y tenía tiempo. Entonces las cosas se complicaron.

Al llegar a Haití, descubrió que miles de amputaciones se estaban practicando con sierras de carpintería y sin anestesia ni antibióticos. Durante los 19 días siguientes, Glynn se transformó en una fuerza aérea personal, trasladando antibióticos, morfina y sierras quirúrgicas a los puestos médicos.

Aquellos días de salvar vidas cambiaron la vida de Glynn y también las de 43 menores haitianos afortunados y sus familias. En el transcurso de un año, Glynn ha montado una fundación -- Wings Over Haiti (WingsOverHaiti.org) - a través de la que ha recaudado alrededor de 100.000 dólares para comida, agua y un centro escolar en Croix-des-Bouquet, al norte de Puerto Príncipe.

Dos socios, que conocieron a Glynn a través de Facebook, han sido cruciales para su éxito. Melissa McMullan, profesora de sexto en Port Jefferson Station, N.Y., es la directora del centro escolar de Wings Over Haiti. Sus estudiantes en ambos países trabajan interactivamente como parte de la misión del centro de construir sociedades de aprendizaje. El director adjunto Shad St. Louis, orientador en Middletown, N.Y., es un oriundo de Croix-des-Bouquet cuya madre dormía con un machete bajo la almohada antes de que la familia escapara de la agitación política de Haití y emigrara a Estados Unidos cuando St. Louis tenía 12 años.

El artista, la profesora y el orientador entienden que la esperanza de Haití se encuentra en sus hijos, que primero necesitan un estómago lleno y luego una escuela. Glynn, un idealista sin ilusiones, dice no poder salvar al mundo, pero calcula poder ayudar a 43 niños a tener un apoyo.

De edades comprendidas entre los tres y los seis años, estos pocos afortunados tienen ahora cinco profesores y tres ordenadores. Tienen comida, que cuesta alrededor de un dólar por niño, y agua potable, gracias a un pozo de 20 metros. Y están aprendiendo a leer y escribir.

Como todos los niños, tienen habilidades diferentes, pero una niña es "brillante", según Glynn en lo que suena mucho a orgullo paterno. "Estoy impaciente por ver lo que le pasa cuando crezca... Los seres humanos son demasiado frágiles para que pensemos en poder marcar su éxito, pero podemos tratar de darles la oportunidad de dar lo mejor de su vida".

Soltero de 59 años "por mucho tiempo" y sin hijos, Glynn ha pospuesto su carrera durante un tiempo indefinido. Será gratificante pintar y esculpir para el mundo del arte, pero incalculable es la recompensa de ver a un niño bien alimentado con una camiseta azul limpia "Wings Over Haiti" y sus deberes.

Glynn y su equipo tienen grandes planes, si bien recursos limitados. Hace poco adquirieron 40 kilómetros cuadrados sobre los que esperan levantar un centro nuevo y un ambulatorio. También esperan cultivar la tierra, proporcionando así empleo a los adultos, comida a la comunidad y la posibilidad de un futuro independiente.

Es una contribución muy pequeña. Una pequeña gota de agua dulce en un profundo océano de desesperación. Pero menos da una piedra.

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