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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Padres


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 21 de marzo de 2011, 09:26
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Todo tiene un padre, incluso la guerra. En algunos casos, como el de Libia, muchos, a modo e imagen como la de Iraq. Se está convirtiendo en una fea costumbre que para celebrar la onomástica de los reproductivos, se inicien conflictos que son muy cuestionables. Iraq, guerra comenzada un Día del Padre de hace justamente ocho años, no está precisamente en vías de normalización, sino, muy al contrario, en forma de estado fallido que sólo genera muerte, dolor, corrupción y un porvenir aún más sangriento, si es que cabe. Libia, es de temerse pues que ha sido atacado por los mismos de entonces con un programa y unas proclamas como las de entonces, parece abocada a un destino semejante. Y es que ya se sabe que si la ecuación que se aplica es la misma, los resultados inevitablemente serán idénticos.

España es una suerte de ente que no tiene muy claro su qué ni su por qué, y no hay presidente al que no le complazca encenagarnos en una guerra en la que no se nos ha perdido nada, convirtiéndonos de paso en objetivo de enemigos que no teníamos. El nefando Felipe González tuvo su guerra, la tuvo el infausto Aznar y la tiene este Zapatero que nos sonroja y aqueja, quien no sabe muy bien dónde tiene su voluntad, sus principios o su mano izquierda. Se echa de menos en estos días el discurso antiimperialista de aquél que permanecía sentado ante el paso de la enseña imperial, como se echa de menos la tangana pacifista de los hipócritas cejilleros, quién sabe si porque ya están enchufados a la teta de los privilegios.

No es que uno sea partidario o simpatizante de ese criminal que rige Libia con mano crudelísima ni nada de eso, pero ello no obsta para tener serias dudas sobre la legitimidad honorable de los agresores, pues que son precisamente éstos los que le crearon y sostuvieron, de la exacta misma forma en que a Sadam le crearon y sostuvieron los mismos que le derribaron. Las diferencias entre uno y otro caso son tan mínimas, que uno no tiene otra que considerar que aquí hay busilis. No es un acto de fe creer en las bondades de los agresores, sino un acto suicida de la credulidad misma. El dolor del pueblo libio no puede ser asumido sin escepticismo cuando, sin que nadie mueva un dedo, casi cuatro mil millones de personas languidecen y mueren en la miseria de la indigencia o entre las garras de otros dictadores no peores que Gadafi, o cuando hemos presenciado inanes sucesos atroces como las matanzas de Ruanda-Burundi o El Chad, en las que más de un millón de personas murió sin que los cruzados de la bondad se indignaran siquiera o hicieran otra cosa que venderles herramientas con las que perpetrar sus atrocidades. Sabrán ustedes perdonar mis serias dudas.

Estos padres, así las cosas, dan la impresión de que sólo son capaces de tener hijos malformados, con una genética hipócrita y un talento desquiciado. Algo que viste como un perfecto traje a este personaje que tenemos como Presidente, quien puede excusar los atropellos a su propia ideología teórica o a los programas que le condujeron tramposamente al poder, arguyendo que no es lo mismo estar en la oposición que gobernar. Esto es caradura y, lo demás, mandangas. Estos, en fin, son los socialistas, y hoy, uno, que no milita en ningún partido ni tiene simpatías especiales por ninguno de los existentes, no puede sino corroborar la colosal hipocresía que define nuestra política y a nuestros políticos. Todo son intereses, todo mentiras disfrazadas de un pomposo lenguaje concebido para engañar idiotas.

El alineamiento de España en las filas de estos irracionales agresores no deja de ser una muestra patética de infame debilidad, de sometimiento de guiñol o de instrumento de otros poderes entretanto renuncia a su soberanía. De otro modo, no tendría sentido que hace apenas unos meses se le permitiera exactamente a este mismo dictador plantar su jaima en nuestras ciudades o estar contentos como unas pascuas porque se le vendieron ingentes cantidades de armas… con las que fortaleció su régimen sanguinario, que son exactamente las mismas con las que ahora dicen quienes se las han vendido que masacra a su pueblo… y con las que ahora deben enfrentarse nuestros propios soldados.

Pero, en fin, se ve que así son los padres de la política imperial y que así gustan en celebrar su onomástica: rompiendo los juguetes que les regalaron a sus dilectos hijos.

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