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La verdad cuántica
Ángel Ruiz Cediel
La Física Cuántica se rige por leyes y verdades que parecen someter a la otra Física. Tal es su dominio sutil que incluso parece ser que una partícula subatómica está en todos las partes del universo al mismo tiempo, a no ser que la observemos, en cuyo momento queda aprisionada en un espacio y un tiempo muy específico. Así, nuestra mera observación, nuestra atención y, tanto más, nuestra presencia, modifican la realidad física a partir de la determinación, por medio de nuestro concurso, de la interferencia en la realidad cuántica. El universo, muestro mundo y los sucesos de nuestra propia existencia, vistos desde la óptica de la Física Cuántica, no son sino un holograma que responde al estado de nuestra conciencia individual y colectiva, un holograma que construimos y reconstruimos en base a deseos, actitudes y esperanzas.
Me sabrán perdonar este preámbulo aquellos que no sienten fascinación alguna por la urdimbre profunda de nuestra realidad, que poco o nada tiene que ver con la Física y mucho con la Metafísica (aunque sinceramente me importa poco), pero quienes tienen la mente abierta al orden sublime que les rodea sabrán ver en él que buena parte o todo de cuanto nos rodea tiene mucho que ver con este planteamiento. Comenzamos a hablar de libertad y de orden global, y medio planeta se rebela contra la tiranía; abrimos de segundas el infecto melón de las energías más íntimas de la Naturaleza, y los sucesos nos regalan una catástrofe de dimensiones impredecibles. Los sucesos de Japón son, de alguna manera, la respuesta a nuestras actitudes frente a la Naturaleza, a nuestra condición de seres efímeramente transitorios y a nuestras esperanzas de beneficio, hurgando o jugando con aquello que no nos pertenece y que nos está vedado: el Árbol de la Ciencia. Nada de casualidad hay en estos sucesos, sencillamente porque la casualidad no existe en el orden de la Física, sino que todo es cuestión de causa y efecto. Todo está sometido a la Ley, incluso de esa Ley que por ahora ignoramos y no sabemos darle otro nombre que Azar.
El hombre, por mucho que avance su ciencia, debe entender que hay espacios en los que no debe intervenir… a no ser que esté dispuesto a asumir las consecuencias, y éstas distan mucho de ser agradables si el espíritu con que emprende esta aventura no está impregnado de recta conciencia. La Ciencia sin conciencia… ya se sabe adónde conduce. A veces, a la vista de estos sucesos, me sorprendo por la incapacidad de comprender de nuestros sabios, que haya quién justifique con cualquier clase de argumentos que nuestra comodidad de hoy y nuestro pretendido progreso se apoyen en el riesgo de asumir daños que persistan durante milenios, o que importen más los miles de muertos visibles en un tsunami que los miles de millones de muertos invisibles que lo serán gracias a las radiaciones de los materiales nucleares fugados o desechados. Y serán muertes atroces, como atroces y silenciosas fueron y son las muertes que produjeron y producen las bombas de Hiroshima o Nagasaki después de su detonación, como atroces y silenciosas han sido y son las incontables muertes que han causado y causan las centenas de experimentos nucleares realizados en todas las esquinas del planeta por la demencia sin límites de las llamadas potencias o los accidentes de las centrales nucleares de ayer y de hoy: cánceres, alteraciones genéticas, extinciones de especies, etc. ¿Acaso hay quién pueda jurar sobre sagrado que el cáncer o la deformación de hoy de una persona de Tomelloso, por ejemplo, no está vinculada íntimamente a las pruebas atómicas de Álamo Gordo o las Aleutianas, o al accidente de Three Mille Island o Chernóbil, verbigracia?... Miles, millones de partículas altamente radiactivas fueron liberadas como caballos de apocalipsis artificiales, y desde su invisibilidad están sembrando la muerte a diestro y siniestro sin que nadie parezca percibirlo.
Hoy volvemos a hablar de la necesidad de la energía nuclear, como siempre obviando que lo que se debería hacer sería acortar el uso de las energías a las necesidades imprescindibles, sin derroche ni mal uso, y aun desarrollar nuestra Ciencia hacia un ámbito que nos permita convivir en paz con nuestro medio, sin importarnos cuánto haya que invertir para alcanzar esa meta. Los argumentos que se blanden para defender esta siniestra energía nuclear son infantiles, absurdos y cogidos por los pelos, y se habla de una conveniencia de hoy, de un progreso de hoy o de una coyuntura de hoy cuando los efectos y los riesgos alcanzan decenios, siglos, milenios de generaciones y más generaciones de sucesores nuestros que se verán en la necesidad de enfrentar situaciones que nosotros habremos provocado con nuestra irracionalidad, porque si algo es seguro, es que lo imprevisible es perfectamente previsible que se verificará. Cuestión de Física Cuántica…. y de la otra: causa y efecto. Si nuestros deseos no son limpios de conciencia, es más que constatable que estamos construyendo un porvenir sucio; si nuestras esperanzas son egoístas, nuestro futuro es incontestablemente de dolor; y si nuestro proceder es interesadamente efímero, lo que nos espera es del mismo orden y la Naturaleza se encargará de demostrárnoslo: de lo que se siembra, se cosecha, ésta es la Ley. “El hombre,” digo en una de mis novelas, “es el muro de carne que separa el Cielo del Infierno”, y el hombre, hoy, está empeñado en mutilarse a sí mismo, en socavar ese muro, por los intereses de unos pocos. No esperemos, pues, otra cosa que las ascuas del Averno baldosen las avenidas del Paraíso en el que podríamos instalarnos. Ésta es la verdad cuántica.
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