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El déficit de audacia que sufre Obama con las armas de fuego
E. J. Dionne
WASHINGTON - "Mi administración no ha restringido los derechos de los propietarios de armas de fuego", se jactaba el presidente, "los ha ampliado, hasta permitir que la gente lleve sus armas en reservas naturales y parques nacionales".
No, no es George W. Bush el que habla. Es el Presidente Obama en un artículo publicado el domingo en el Arizona Daily Star en el que prácticamente suplica al lobby de las armas que apoye modestas reformas en nuestras relajadas leyes de control.
Ni siquiera pedía la prohibición de esos grandes cargadores, que casi seguro habría salvado vidas aquel día de enero en Tucson en el que seis personas perdieron la vida y la congresista Gabrielle Giffords se contó entre los 13 heridos por arma de fuego.
Lo que Obama aprueba son, bueno, pequeños pasos hacia el fortalecimiento de la comprobación de antecedentes para alejar las armas de las manos de "fugitivos y delincuentes peligrosos" y aquellos que están "desequilibrados". Es buena idea, aunque sus propuestas concretas -- "implantar leyes que ya están en vigor", "recompensar a los estados que proporcionen los datos más fiables", "dinamizar y agilizar el sistema" -- no son para nada cuestiones que requieran valor político.
Pero si Obama carecía de audacia, estaba rebosante de esperanza y diálogo. "Estoy dispuesto a apostar", escribía, "a que los propietarios responsables respetuosos con la ley convienen en que deberíamos impedir a los pocos irresponsables que violan la ley... poner sus manos en un arma de fuego desde el principio".
Y el tibio enfoque del presidente se encontraba puntualmente con el bofetón de Wayne LaPierre, de la Asociación Nacional del Rifle: "¿Por qué deberíamos la Asociación o yo sentarnos a negociar con un grupo de personas que ha dedicado una vida a tratar de destruir la Segunda Enmienda de los Estados Unidos?"
Inasequible al desaliento, la Casa Blanca quiere seguir presentando al Presidente como la voz de la razón en el clima de gente desagradable que, en palabras de Obama en su columna, "se gritan entre sí".
Dan Pfeiffer, responsable de comunicación de la Casa Blanca, me explica el enfoque en un correo electrónico. "Existen verdaderos problemas que necesitan de solución, de forma que podríamos retroceder simplemente a las posturas tradicionales y desempolvar las viejas excusas hasta quedarnos afónicos, pero llevamos haciendo eso el último par de décadas", dice. "O podemos intentar algo diferente -- sacar parte de la política de esto y buscar terrenos en los que podamos hacer algo realmente".
Una idea encantadora, y si nos da leyes de control de armas más racionales, voy a ser el primero en admitirlo. Pero el creciente afecto de la administración por las falsas equivalencias que sitúan aquello en lo que Obama conviene supuestamente al mismo nivel de las posturas de aquello a lo que se opone se está volviendo insidioso.
Esto dice el presidente en su columna:
"El hecho es que casi todos los propietarios de armas de fuego en América son muy responsables... Adquieren armas de fuego de forma legal y las utilizan con seguridad, ya sea de caza o en competición deportiva, coleccionismo o protección. Y eso es algo que los defensores de las leyes estrictas de control de armas tienen que aceptar. Del mismo modo, los defensores de la tenencia legal de armas de fuego deben aceptar la desagradable realidad de que la violencia armada afecta a los estadounidenses de todas partes, ya sea en las calles de Chicago o en un supermercado de Tucson".
Perdone, pero los defensores del control de armas no "tienen" que aceptar que la mayoría de los propietarios de armas de fuego son personas responsables. Siempre lo hemos aceptado, como reconoce más o menos el presidente en su columna. ¿Cómo va a ayudar a este debate repetir la propaganda de la Asociación Nacional del Rifle contra los defensores de unas leyes de control de armas de fuego cuerdas? Era un Obama más audaz el que en 2001 decía: "Sé que la Asociación Nacional del Rifle está segura de que la gente no debe encontrar ningún obstáculo ni regulación a la titularidad de un arma de fuego. Yo discrepo". Nítido, claro y acertado.
"Las armas de asalto no son de caza", decía Obama en 2004. "Son las armas predilectas de los pandilleros, los camellos y los terroristas". Correcto de nuevo.
Pero en su columna, el presidente escribe: "Hay quien dirá que todo lo que no sea la legislación contra las armas de fuego más radical equivale a la capitulación al lobby de las armas. Otros presentarán previsiblemente cualquier debate como la salva de apertura de un plan conspirativo para quitar las armas a todo hijo de vecino".
La primera oración es una distorsión radical de la postura de los defensores reales de las leyes de control de armas. Ellos no aspiran a tener la "legislación contra las armas de fuego más radical". Impulsan medidas que rechazan LaPierre y sus lobistas -- la comprobación de los antecedentes de quien solicita la licencia de armas y la prohibición de la venta de los cargadores de munición extra grandes. Sí, reimplantar la prohibición altamente eficaz de la venta de armas de asalto sería bueno. Pero eso es la propia postura de Obama. ¿No?
Obama destacaba la pasada semana que "el acoso escolar puede tener consecuencias destructivas para nuestros jóvenes". También puede tener consecuencias destructivas para los políticos. El presidente podría sentar un buen ejemplo enfrentándose a los matones de la Asociación Nacional del Rifle.
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