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¿Nuclear? ¡No, gracias!
Mario López
Dicen que ahora, a consecuencia de la catástrofe de Japón, se ha abierto el debate sobre la energía nuclear. Yo pensaba que ese debate llevaba abierto desde hacía varias décadas; yo mismo lucí en el pecho durante mucho tiempo, allá por los años 70 y 80 del siglo pasado, la famosa chapita amarilla del sonriente sol rojo que mostraba el lema: "¿Nuclear? ¡No, gracias!" Y hoy pensaba, seguramente en mi ignorancia, que el debate no se había cerrado nunca.
Ahora nos vienen a decir que los antinucleares nos aprovechamos de la desgracia de Japón para arrimar el ascua a nuestra sardina; como si nuestra sardina fuera otra distinta que la del conjunto de la especie humana. Pues, verdaderamente, es difícil formular una acusación más ruin. Los antinucleares, lejos de pretender aprovecharnos de nada, sufrimos el terrible varapalo de ver cómo se ha hecho realidad el peor de nuestros temores. Llevamos décadas alertando del peligro que puede suponer una central como la de Fukushima en caso de sufrir un accidente como el que acaba de sufrir. Aguantando la hostilidad de muchos medios, la incomprensión de muchos conciudadanos y, a veces, las agresiones de las fuerzas de seguridad de los estados. Se dirá que Fukushima es un caso entre mil.
No, no es un caso entre mil. Sí es el segundo caso más mortífero de la historia, desde el desastre de Chernóbil, pero ya son varias decenas de accidentes los que se han producido en centrales nucleares de todo el mundo desde su aparición, algunos de los cuales han sido extraordinariamente graves: Mayak (Rusia) en 1957, Windscale (Gran Bretaña) en 1957, Three Mile Island (EEUU) en 1979, Chernóbil (Ucrania) en1986, Goiania (Brasil) en 1987, Tokaimura (Japón) en 1999 y Kufushima (Japón) en 2011. Además, varias decenas de centrales nucleares están situadas en puntos de extraordinaria actividad sísmica (principalmente, en los mares de China y Japón) y no es descabellado pensar que más de una acabe sufriendo un percance como el de Kufushima o el de Chernóbil. Si en cada década se va a producir una catástrofe nuclear, es difícil que la especie humana llegue a fin de siglo.
Finalmente, nos aseguran que la energía nuclear es indispensable, tanto para mantener los actuales niveles de consumo como para utilizarla en terapias contra el cáncer. Muy bien, fabriquemos la energía necesaria para radioterapia, bajemos nuestro consumo a su mínima expresión y eliminemos, progresivamente, la energía nuclear para cualquier otro uso. Si se hubiera llevado a cabo un plan para la racionalización del consumo y la implantación de energías renovables cuando el debate sobre la energía nuclear se abrió (a mediados del siglo pasado), a fecha de hoy ya nos habríamos olvidado de la energía nuclear, tendríamos un consumo racional, habría mucha menos desigualdad y, con toda probabilidad, habríamos acabado con el hambre en el mundo.
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