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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
De Energéticas, Banca, Multinacionales y otras pestes


Ángel Ruiz Cediel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 16 de marzo de 2011, 08:52
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Durante muchos años de mi vida he sido un pequeño directivo de grandes multinacionales y durante otros muchos un gran directivo de pequeñas multinacionales, y sé que cuando una empresa desborda la dimensión humana y es controlada por un consejo de administración se deshumaniza, convirtiéndose en un monstruo desalmado que sólo quiere dividendos, resultados y haberes, sin importarles en absoluto a qué o a quién dañan. El medio ambiente, las personas y aún la misma posibilidad de existencia o no sobre el planeta, es algo que a los consejos de administración no les importa, si es que obtienen los dividendos que desean.

Los gobiernos, que son los únicos que podrían pararles los pies, en realidad trabajan para ellos. Son sus subordinados, porque de alguna manera ellos son los que los facilitan los medios para ser lo que son. Esta es la causa por la que las crisis, lejos de afectarles a estos monstruos, los benefician. Basta con mirar la realidad de nuestra crisis para percibir con inefable claridad cómo todas estos entes han multiplicado sus fortunas e influencias mientras las demás empresas y los ciudadanos sucumbían en su beneficio.

Así, en vez de permitir que estos monstruos cayeran por causa de las crisis como cualquier otra empresa, los gobiernos los han inyectado inmorales cantidades de dineros y los han regalado indignos beneficios. E incluso, con toda la fuerza de los medios a su disposición, los gobiernos han promovido las nucleares para que las empresas energéticas multipliquen por muchos enteros sus haberes, aun en contra del sentido común, de los intereses del medio ambiente y de los propios ciudadanos.

La muerte de los demás, en el caso de estos desalmados, es nada más que parte del juego, el cual se ve reforzado por las declaraciones tranquilizadoras en caso de catástrofe de algunos cargos que han vendido su alma por poder y dinero, y que, desde la inmoralidad de su falta de conciencia, juran y rejuran que todo está de perlas cuando vemos lo que sucede en Japón con esas mismas nucleares que quieren instalar en nuestros ámbitos.

Sin embargo, lo imprevisto es el Plan que el destino tiene dibujado para los hombres. Lo bueno como lo malo, siempre llega de improviso. En vano es que los hombres hagan cualquier clase de pruebas que prevean sismos o sucesos de esta o aquella entidad, porque lo imprevisto siempre desbordará las expectativas. Entonces, ya sabemos que estos desalmados recurrirán al consabido “quién lo iba a esperar”, pero es que precisamente lo que se debe esperar es lo inesperado.

Por ejemplo, una guerra, por ejemplo un ataque con misiles, por ejemplo la caída de un meteorito de regular tamaño o, por ejemplo, que el sol, que ahora está entrando en un ciclo de actividad desmedida y de dimensiones impredecibles, achicharre las redes eléctricas, de modo que reduzca las posibilidades de funcionamiento de las centrales nucleares y sus previsibles sistemas de seguridad a un montón de mecanismos obsoletos. La catástrofe, cuando se juega con fuego, estará siempre asegurada: es cuestión nada más que de tiempo que salgamos abrasados.

La naturaleza, como se ha visto en Japón, es de una violencia extraordinaria contra la que la tecnología del hombre sirve de bien poco. Si en un país honesto y de una capacidad tecnológica tan fuera de duda como es Japón ha sucedido lo que todos hemos visto, no quiero ni pensar qué sucedería en nuestra España donde la corrupción, la trampa y la mentira son las monedas de cambio de empresas y gobernantes, y los ciudadanos nada más que una recua de ingenuos que están para pagar los desmanes de todos estos pillos.

Lo que dicta el sentido común es aprender a vivir en el respeto con nuestros semejantes y con el medio en que nos desarrollamos, en controlar a estas pestes de Banca, multinacionales, energéticas y aun a los mismos gobiernos, y, tal vez así, nos libraríamos de sus daños. Seguro que las guerras disminuirían, seguro que no habría Bhopales o Sevesos, seguro que no tendríamos que temer a darle al interruptor de la luz (aunque sea más caro), ni trampas con las crisis o mentiras de gobiernos que juegan contra los ciudadanos. Ellos son la peste; ellos, el verdadero peligro de nuestro tiempo.

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