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Pobreza enriquecedora
Octavi Pereña i Cortina
Una publicidad insulsa tiene un final que invita a la reflexión: “No es rico el que más tiene sino el que menos necesita”. De esta frase se ha hablado mucho. No creo que la Empresa que ha encargado dicha publicidad lo haya hecho por principios éticos y esté interesada en que la gente tenga espíritu ermitaño: que se conforma con una mesa y una silla rústicas, cuatro enseres para cocinar y como máxima comodidad dormir sobre un colchón de paja.
Puedo equivocarme pero no creo que esta publicidad tan ‘ética’ que paga una empresa que construye y comercializa mobiliario relativamente barato quiere hacer creer al potencial comprador que adquiera sus productos ya que no necesitando mobiliario lujoso es más rico que el que compra muebles de diseño mucho más caros. Si la interpretación que hago del anuncio es correcta resulta que, al tener el mueble barato una vida más corta tiene que renovarlo más a menudo con lo que entra a formar parte de los que más tienen.
El anuncio que comentamos se refiere a necesidades. Estamos inmersos en una sociedad de consumo que nos incita constantemente a comprar cosas que no necesitamos y a cambiar las que poseemos, a pesar de que siguen siendo útiles, por otras de última generación. Aporta satisfacción poseer la última novedad. Como la rueda de las innovaciones no se detiene se lanzan en el mercado ingenios con nuevas prestaciones. Dado que se nos hace creer que lo que poseemos son trastos viejos, a pesar que siguen siendo útiles, hemos de cambiarlos por la última novedad. Así indefinidamente.
La compra compulsiva que llena los hogares de objetos arrinconados no aporta la felicidad que en definitiva es lo que se busca al comprar por comprar. Quizás ayudaría a frenar nuestra tendencia a comprar compulsivamente si nos detuviésemos en el siguiente texto: “Cuando te sientes a comer con algún señor, considera bien lo que está delante de ti, y pon cuchillo a tu garganta, si tienes gran apetito. No codicies sus manjares delicados, porque es pan engañoso” (Proverbios 23:13).
Es muy posible que nunca comamos en la Moncloa o en la Zarzuela, pero la publicidad nos incita a desear lo que tienen los otros. La frase “Tú lo vales” nos abre el apetito para desear lo que tiene el vecino. Si él lo tiene, ¿por qué no puedo poseerlo también yo? Como no andamos sobrados de dinero, los vendedores con amplias sonrisas nos ofrecen todo tipo de facilidades para comprar el producto que de repente se nos ha hecho imprescindible, sin el cual somos unos miserables. “No empiece a pagar hasta dentro de tres meses”. “Pague durante un año sin intereses”. “Compre 2 y llévese 3”. Todo son rostros felices que venden alegría a la hora de firmar los plazos del pago. Las sonrisas se convierten en caras largas , por dos motivos: el uno porque la compra no ha satisfecho los anhelos del corazón. El otro, porque al vencimiento de los plazos no se sabe como pagarlos. El resultado de la operación es una alegría sin gozo. Lo sensato es no desear los manjares deliciosos que la publicidad pone ante nuestros ojos porque la oferta es “pan engañoso” y contentarnos con lo que verdaderamente necesitamos.
El secreto para no caer en la trampa de la compra compulsiva se encuentra en estar satisfecho con lo que se tiene, sea poco o mucho. Ahí se encuentra la dificultad. El corazón del hombre siempre almacena un punto de insatisfacción, lo cual predispone a comer “pan engañoso”. La persona insatisfecha, con más o menos intensidad, siempre pone la mirada en los otros. Desea poseer los signos externos de riqueza que poseen las personas con las que se relaciona: el coche, la segunda vivienda, el vestuario y las joyas, los viajes en países exóticos…Al no poderlo conseguir se intensifica la frustración, añadiendo a la infelicidad más angustia. Quienes viven pendientes de los bienes materiales, el salmista les dice: “No temas cuando alguien se enriquece, cuando aumenta la gloria de su casa, porque cuando muera no se llevará nada, ni descenderá tras él su gloria…El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (Salmo 49:16,17,20).
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