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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

Nosotros pecadores

Manuel Alcántara
Redacción
martes, 1 de febrero de 2005, 00:26 h (CET)
Monseñor Rouco Varela, al que por cierto le sientan fatal las gafas oscuras, ve pecadores por todas partes. Por la que a mí me toca no puedo llevarle la contraria, pero le agradecería una mayor precisión. La definición de pecado que ofrece el diccionario deja libre a mucha gente: «hecho, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios y sus preceptos». Quedan amnistiados quienes no tienen muy claro que haya un Ser Supremo que se peine con la raya en medio, tal y como nos lo representaban en los libros escolares, ni que se haya ocupado de dictar su ley. La segunda acepción de la palabra pecado puede abarcar a más gente: «cualquier cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido». ¿A qué pecadores alude mi respetado monseñor Rouco? ¿Somos los pecadores de la pradera a los que recrimina Chiquito de la Calzada? ¿Quizá los pecadores de la pradera de San Isidro? No sé. Quizá seamos los frecuentadores de lo que para Kierkegaard era el verdadero pecado: no el desarreglo de la carne y de la sangre, sino el consentimiento Monseñor Rouco Varela, al que por cierto le sientan fatal las gafas oscuras, ve pecadores por todas partes. Por la que a mí me toca no puedo llevarle la contraria, pero le agradecería una mayor precisión. La definición de pecado que ofrece el diccionario deja libre a mucha gente: «hecho, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios y sus preceptos». Quedan amnistiados quienes no tienen muy claro que haya un Ser Supremo que se peine con la raya en medio, tal y como nos lo representaban en los libros escolares, ni que se haya ocupado de dictar su ley. La segunda acepción de la palabra pecado puede abarcar a más gente: «cualquier cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido». ¿A qué pecadores alude mi respetado monseñor Rouco? ¿Somos los pecadores de la pradera a los que recrimina Chiquito de la Calzada? ¿Quizá los pecadores de la pradera de San Isidro? No sé. Quizá seamos los frecuentadores de lo que para Kierkegaard era el verdadero pecado: no el desarreglo de la carne y de la sangre, sino el consentimiento del espíritu a ese desarreglo. espíritu a ese desarreglo.

Por otra parte, lo descubrió Álvaro de la Iglesia, hay pecados capitales y pecados provinciales. El mérito está en descubrir alguno nuevo. Están todos registrados desde hace mucho tiempo y ya se sabe que el caudal de la invención es muy exiguo. No hay que reprocharle al Papa que se meta en las cosas que sí le importan, pero no todos los españoles pueden estar de acuerdo con su denuncia de que el Gobierno alienta el desprecio hacia la religión. Lo religioso, que no hay que confundir con lo pío, es una dimensión capital del ser humano. Seguirá siéndolo mientras el mundo sea ininteligible y parece que eso va para rato. Lo que acaso ocurra es que se ha producido un distanciamiento de los intermediarios. Existe una desconexión evidente entre estos señores ataviadísimos y la gente normal. Para colmo, observamos claras señales de que asistimos al combate de revancha del Vaticano II. Los designios divinos son inescrutables no sólo para nosotros, los pobres pecadores, sino para los cardenales, que como se sabe no han pecado nunca.

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