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Etiquetas:   Crtica de cine  

'Largo domingo de noviazgo', de Jean-Pierre Jeunet

Almudena Muñoz Pérez
Redacción
sábado, 5 de marzo de 2005, 18:59 h (CET)
Aprender a tocar un instrumento es un proceso tan delicado y repleto de matices como preparar el alma de una película, y el más sincero intento de Largo domingo de noviazgo es tratar de conseguir con una humilde tuba el llamamiento hacia un tipo de construcción fílmica que no sé muy bien dónde colocar. Por momentos, Jeunet parece estar reivindicando un cine más sentimental y cercano a esos personajes inocentes de los dramas de los cuarenta. En otros, la ambientación bélica raya la más cruda denuncia de actualidad; e, incluso, para quien quiera reírse con ello, la episódica inclinación al humor anecdótico rememora de alguna forma las esquinas arrugadas del mudo blanco y negro. Lo cierto es que, entre variación y variación, la melodía base de la cinta parte de unas notas demasiado altas: ese costosísimo presupuesto que ni en Francia se desliga del más puro comercialismo.

La sensación que despierta Largo domingo de noviazgo desde sus créditos de arranque es que el espíritu de Amélie no es su precedente, sino un fantasma muy lejano en el tiempo. Esta sería la película lógica en la carrera de Jeunet diez o veinte años después de la heroína del Montmartre. Como inmediata seguidora, despierta la pregunta de qué le ha pasado a Jeunet para que su mirada se haya vuelto tan melancólica, tan parda y tan añorante con respecto a Audrey Tatou. No es una cuestión de innecesaria continuidad, sino de explicación formal. La historia hereda esos rasgos que ensalzaron a Amélie entre el público: chica inocente y emprendedora, supersticiones cotidianas, giros del destino, narrador en off, mini biografías de los secundarios. Pero, antes de toda esa -excesiva- familiaridad, Jeunet dibuja sin clemencia el marco de sangre, dolor e injusticia que rodea a un cuento en apariencia tan dulce. Esa dicotomía, de ser menos extrema, facilitaría al espectador inclinarse por un lado u otro. Cuando uno de los parajes es inhóspito, marrón, lloroso, y el otro romántico, bruñido, glaseado, la decisión se vuelve imposible con un poco de realismo en los ojos. Los irredentos del amor sin barreras y de las intrigas de guerra entre legajos lo tendrán mucho más fácil.

Esa es la razón por la que me resulta tan complicado situar la película. Aun siendo inevitable -¿manipulado?- el regocijo de ciertos momentos mágicos (ese cortejo entre cerillas que se encienden y apagan), la siempre envolvente música de Baladamenti y el formidable uso del color que Jeunet consigue a pesar de reducir su paleta, siguen pesando los grandilocuentes compases que resultan de una historia con tintes épicos (sobre todo si hablamos de Guerra Mundial y franceses), desacordes con unos trazos de intimidad diáfana. Así habrá quien, al oír tocar la tuba frente al mar, piense que el sonido es espantoso, y quien, por el contrario, crea que su música es capaz de gritar auxilio, como los barcos, hacia el pasado.

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